Por Vanessa Dourado

11 de Octubre de 2018

Brasil vive un capítulo triste de su historia. La inesperada ascensión del Bolsonaro es resultado de un de un deterioro de político-social sintomático que se observa no solo en Brasil, pero que se manifiesta también en Europa y, en cierta medida, también en Latinoamérica. Esto se evidencia con el triunfo de Trump y con las olas neofascistas europeas y también con la negación de la política por parte de las sociedades descontentas con los modos operandi de la democracia burguesa.

El descontento con la clase política pavimenta el camino para que otras formas de organización social salgan a disputar los espacios de poder. Los grupos mejor organizados ganan fuerza por ofrecer una supuesta alternativa al malestar social. En el caso de Argentina fue la alianza Cambiemos que logró dialogar con las mayorías y, al revés de lo que pasó en Brasil, su triunfo se dio por la vía democrática. Tanto en Brasil como en Argentina, los gobiernos constituidos –el primero vía golpe palaciego y el segundo vía voto popular– develan el verdadero proyecto que está íntimamente relacionado a los intereses del gran capital y actúa a servicio de la impronta estadunidense.

Tanto en Brasil como en Argentina, también hay un fuerte elemento negativo que es el combate al progresismo que se traduce en la forma de elegir a los representantes políticos. Sin embrago, es importante notar que también hay una ofensiva a las izquierdas en su conjunto. Asimismo, el marcatismo latinoamericano está marcado por una inercia de las organizaciones de izquierda –especialmente de las partidarias– que no supieron comprender el momento histórico y que ahora presentan dificultades para reubicarse y presentar alternativas hacia la sociedad. En lugar de la disputa de conciencia, prefirieron disputar el poder. La fragilidad es notoria y el proyecto de sociedad no logra dialogar con las masas, sino más bien es visto como una amenaza también por otros sectores de la propia izquierda –sobre todo por los movimientos sociales–.

La crisis institucional es el aliado de otros sectores que canalizan el descontento. En Brasil, las iglesias evangelistas cumplen un rol central de contención hacia las capas más empobrecidas –históricamente abandonadas por el Estado, irresponsablemente instrumentalizadas por el proyecto del PT y olvidadas por la izquierda–. La Iglesia Universal, que es aliada estratégica del proyecto bolsonarista, no solo actúa dentro de las iglesias sino que también logra tener un impacto importante en la agenda política. Dueña de uno de los principales medios televisivos de comunicación, la Iglesia Universal cumplió un rol importante en la construcción de la figura de Bolsonaro. El movimiento neopentecostal no puede ser menospreciado, tienen un nítido proyecto de poder que, más allá de que puede no sostenerse en el tiempo, logra implantar un ideario conservador y neoliberal sobre el tejido social, respondiendo directamente a líderes que defienden la moral, la familia tradicional y la meritocracia.

Las protestas #EleNão, organizadas y protagonizadas por el movimiento de mujeres y el movimiento feminista, fueron contestadas en las urnas. Las acuestas daban cuenta de que hubo un aumento de un 6% en los votos femeninos después que las mujeres salieron a rechazar al candidato. Es una nítida respuesta del sector conservador, que no solo se manifiesta en la clase media brasilera, sino también en los sectores pauperizados. Las iglesias evangelistas tienen una presencia importante en todas las clases sociales, incluso en las favelas.

Hasta la última elección, la banca evangelista en el parlamento brasileño ocupa 87 cargos, entre diputados y senadores. Estos parlamentarios actúan activamente contra la descriminalización del aborto, el matrimonio igualitario, de las leyes contra la homofobia, apoyan la baja de la edad de imputabilidad penal y combaten la implantación de debates acerca del concepto de género defendiendo el rol sumiso, servil y procreador de las mujeres cis. También buscan beneficios a través de aprobación de leyes de exención  fiscal a las iglesias, donaciones de terrenos para la construcción de templos y articulación para concesiones de redes de radio y televisión. En el proceso de impeachment que ha destituido a Dilma Rousseff en 2016, el 93% de la banca evangelista votó en  favor del golpe palaciego. Asimismo, el 70% votó en favor de la reforma laboral que fue la más importante en términos de precarización y retirada de derechos de clase trabajadora en la historia del país.

Ya en la segunda vuelta, el proyecto bolsonarista cuenta con el apoyo de los medios de comunicación hegemónicos, de la banca terrateniente, del la derecha y del sector financiero, más allá del respaldo del judiciario brasilero que es está politizado y que busca aniquilar el PT. Con esta situación, la probabilidad de que haya una salida electoral es pequeña. Aunque gane Haddad, con un congreso conservador y anti-PT, la posibilidad de una profundización de un modelo neoliberal es enorme. Para garantizar mantenerse en el gobierno, el PT tendría que hacer alianzas que, al fin y al cabo, incorporaría la agenda del sector conservador.

Sin embrago, la realidad brasilera cobra mucha responsabilidad. La figura de Bolsonaro, caracterizado como neofascista, tiene un impacto real en la sociedad. El discurso del odio y la persecución hacia las minorías, su desprecio por los derechos humanos, su carácter autoritario, racista, xenófobo, misógino y homofóbico valida hechos de violencia y lleva a la barbarie. En la última semana, una persona fue asesinada y por lo menos otras cincuenta fueron agredidas por electores de Bolsonaro, muchas de ellas las personas agredidas son LGBTs.

Un análisis sobre lo que significa el proyecto bolsonarista en términos de garantías de los derechos humanos es fundamental para diferenciarlo del PT –cuyo compromiso con esta agenda es un hecho– es decir, Bolsonaro nos es lo mismo que Haddad, tampoco el PT es lo mismo que el PSL (Partido Social Liberal).

Una mirada hacia el racismo estructural e institucional presentes en Brasil es clave para comprender lo que significaría para la población negra e indígena la elección de Bolsonaro. Una profundización del discurso “bandido bueno es bandido muerto” y el armamento de la población tendrá consecuencias drásticas a estos sectores que son sistemáticamente criminalizados y excluidos de la sociedad.

Más allá de lo que pueda suceder en estas elecciones, el fenómeno Bolsonaro interpela la izquierda y logra que esta se reorganice. Las protestas #EleNão marcan agenda y construyen un foco de resistencia novedoso con mucha probabilidad de transformarse en un frente de lucha radicalizado y permanente que abarca no solo el feminismo clásico e institucionalizado, sino que también el feminismo popular y la cultura de la favela. El levantamiento de las mujeres indígenas en defensa de su territorio también se une a este movimiento que, siguiendo la tendencia mundial, debe ser el actor central en la lucha contra el autoritarismo y por los derechos humanos.

El frente único contra el proyecto con rasgos fascistas también señala un nuevo momento en la izquerda brasilera, donde la apertura al dialogo y a la autocritica deben diseñar nuevos proyectos para hacer frente al enorme desafío que se impone en el próximo período. 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Sobre Revista Intersecciones

Revista INTERSECCIONES es una publicación colaborativa porque se nutre de aportes y reflexiones diversas, de disciplinas y proveniencias heterogéneas con un horizonte común: aportar en la búsqueda de intersección entre todxs aquellxs que hoy pensamos que no hay recetas preconcebidas y que el camino hacia la superación de las múltiples opresiones está por construirse.