José Correa (Insurgencia – PSOL)

El presente documento fue elaborado por José Correa, dirigente de la recientemente conformada organización Insurgencia, tendencia interna del PSOL de Brasil. Más allá de situarse en una coyuntura nacional específica, el texto establece muy logradamente los contornos generales del trabajo de redefinición programática y estratégica que requiere el proyecto socialista para América Latina. Traducción de Martín Mosquera para www.democraciasocialista.org. 

Introducción: la centralidad de la idea de revolución

La idea de revolución es central para pensar la transformación social. Desde los procesos que llevaron al derrocamiento del orden feudal hasta las iniciativas que realizaron esfuerzos de superación del capitalismo, pasando por las luchas que condujeron a la emancipación de naciones, las revoluciones simbolizan el rechazo intransigente al estado de cosas establecido y el compromiso con la estructuración de un orden social y político distinto. Ellas son, por la amplitud de los cambios que promueves cuando corresponden a necesidades profundamente sentidas por las sociedades, las “locomotoras de la historia”.

Estigmatizadas por los conservadores, ellas sintetizan – frente a la banalización del término socialismo – la identidad de izquierda radical, de las corrientes que buscan las vías para una alternativa efectiva al sistema capitalista. En esta idea fuerza, se combinan tres dimensiones esenciales de la transformación social: una simbólica, otra social y otra político-estratégica.

La revolución corresponde, en primer lugar, a la idea de un cambio radical de la sociedad. No se trata solamente de superar al capitalismo (esto es, el valor considerado como una abstracción de la riqueza social y el sistema impersonal de apropiación y acumulación de riquezas por una pequeña minoría de la sociedad a partir de la explotación del trabajo de las mayorías explotadas y oprimidas), sino también de construir otra civilización que supere las muchas opresiones heredadas de sociedades pre-capitalistas (patriarcado, racismo, castas…) que fueron refuncionalizadas por el capitalismo. Se trata, hoy, de ir mucho más lejos, superando los aspectos destructivos de la modernidad que no pueden ser directamente ligados al capitalismo, aunque hayan sido potencializados por él (en especial la relación predatoria de la sociedad con la naturaleza teorizada por la ciencia experimental y después profundizada por la tecnociencia). Se busca una civilización regida por valores muy distantes de los hoy hegemónicos.

La revolución significa, en segundo lugar, la idea de auto-emancipación del conjunto de la población. Una nueva civilización no emergerá de procesos políticos tutelados por líderes, caudillos o partidos, sino surgirá solamente si la mayoría de la población supera la atomización y alienación y asume en sus manos, colectivamente, la gestión política y económica de todas las dimensiones de la vida social, suprimiendo en este proceso la usurpación del poder por cualquier tipo de minoría (capitalistas, burócratas, sacerdotes…)

La idea de revolución corresponde, finalmente, a la construcción de un camino político a ser conscientemente perseguido para alcanzar estos objetivos. Este propósito pasa a orientar la intervención política cotidiana de la izquierda radical, la formulación de las ideas que defienden y buscan difundir y las herramientas que buscan construir. Debe existir una intencionalidad no particularista, no pragmática, en su actuación, sin que eso signifique el rechazo de las demandas propias de cada sector social explotado y oprimido o de cada región o territorio, ni que se deje de aprovechar las oportunidades que se presentarán para avanzar en objetivos estratégicos. Pero el interés general deberá prevalecer sobre los intereses particulares a lo largo de una extensa trayectoria de disputas y modificaciones de la correlación de fuerzas hasta que se pueda colocar la cuestión de la conquista del poder por la mayoría trabajadora de la población.

La revolución es, con todo, una forma sin contenido fuera de su carne histórica. Había una coherencia en la forma integrada en como la tradición socialista revolucionaria abordaba los temas de programa, estrategia y sujeto después de Octubre de 1917 y durante buena parte del siglo pasado. Pero esta coherencia articulada por la estrategia se perdió cuando el capitalismo entró en la etapa de la globalización neoliberal y reabsorbió a la ex Unión Soviética, a China y sus periferias,  desarticulando parte de los fundamentos anteriores de la concepción hegemónica de socialismo y de revolución y retirando la estrategia de la actividad política cotidiana de la izquierda.

Es fundamental reconstruir los lazos entre estos elementos a partir de las experiencias prácticas contemporáneas, volviendo a dar vida a la idea de revolución, para restaurar la credibilidad de la actividad política de izquierda y reintroducir la idea de que otro mundo es posible. Pero es igualmente central para establecer mecanismos colectivos de producción de sentido para la humanidad en el mundo actual. La desaparición del horizonte de una alternativa al capitalismo, antes existente, llevó prácticamente a la supresión de la perspectiva utópica y de las filosofías políticas a ella ligadas que ofrecían significado inmanente para la existencia de los seres humanos en la historia – creando un vacío existencial donde se establece el consumismo y que los fundamentalismos religiosos intentar volver a ocupar.

Un gran número de problemas tienen que ser enfrentados para dar cuenta del desafío de reestablecer el nexo entre programa, estrategia y sujeto. Lo que procuro desarrollar abajo es un mapa de estos temas, redactado – dado los límites de este texto – en forma de apuntes frecuentemente no desarrollados.

I. De la coherencia estratégica a la desarticulación de las luchas: la trayectoria de la izquierda en el siglo XX

Para dar la medida del problema, es importante recuperar la forma cómo se articuló programa, estrategia y sujetos, en el siglo XX. Una manera práctica de abordar el tema es recuperar el tratamiento dado a la cuestión por Daniel Bensaïd, el pensador contemporáneo que más debatió este tema.

Revolución, crisis revolucionaria y necesidad de la estratégia

Marx emprende de forma muy clara ya en El Manifiesto Comunista (1848), una disolución de lo político en lo social. La revolución socialista – teniendo como telón de fondo a la Gran Revolución de 1789 – emerge del fortalecimiento social del proletariado por el desarrollo del capitalismo industrial. En la medida en que la gran industria concentra operarios en grandes unidades de producción, la burguesía está creando y fortaleciendo una clase social antagónica a ella, está produciendo sus propios sepultureros. La Revolución de 1848 mostró que ella prefería, ahora, aliarse a sus antiguos adversarios de la nobleza antes que arriesgarse con las nuevas “clases peligrosas”. Y la Comuna de Paris muestra, en 1871, el potencial de auto-organización para la acción política autónoma de clase de los asalariados.

En paralelo, se estructuraba una institucionalidad burguesa y las fuerzas conservadoras se apropiaban del principio nacional, abriendo espacio para el desarrollo del moderno régimen representativo, en parlamentos y elecciones donde diferentes partidos de masas disputaban la adhesión de los electores. Expresión orgánica y mayoritaria de la clase obrera (excluyendo a los anarquistas que rechazaban la actividad parlamentaria), la Segunda Internacional se consolidaba como federación de estos partidos de masas de la clase trabajadores que se formaban en Europa.

Pero Engels extrae de la derrota de la Comuna y de la reurbanización de Paris por Haussmann la conclusión de la obsolescencia de la estrategia de la insurrección como camino para el poder. Y formula para la Segunda Internacional la estratégia de la conquista de la mayoría electoral, luego inserta por Kautsky en el horizonte de lo que Bensaïd llama “un socialismo sin tiempo”.

Es la experiencia de la Revolución Rusa de 1905 la que da señales del inicio de una “era de guerras y revoluciones”. Rosa Luxemburgo recoloca, con la discusión sobre la huelga de masa, el tema de la revolución, pero no en el mismo horizonte estratégico con el que trabajaba Marx. Es en el marxismo ruso que una reflexión nueva va a restructurar el universo conceptual de la política socialista: Lenin y los bolcheviques van a sustentar la existencia de una separación entre lo social y lo político inexistente en Marx y defender la necesidad de construcción del partido como herramienta de actuación en una esfera específicamente política, centrada en la lucha por el poder del Estado. Pasas a tener sentido, ahora, hablar de estrategia revolucionaria.

La revolución leninista en la política: concepto y vocabulario de la política moderna.

Lenin es el más importante teórico de la política después de Maquiavelo. Él articula la actividad práctica para la superación de la sociedad capitalista con un nuevo universo conceptual, una concepción abierta al aprendizaje del programa, a la apropiación de las ideas de estrategia y táctica del terreno militar, al análisis de la correlación de fuerzas, a las política de alianzas para los diferentes momentos de la lucha, a la distinción entre agitación y propaganda y entre actividad sindical y actividad política, la articulación entre independencia de clase y frente único, la idea de crisis nacional, dualidad de poderes y muchas otras. El partido es el dispositivo clave de la actividad política, la institución que permite acumular para disputar el poder y promover modificaciones estructurales en la sociedad en una formación social – el “príncipe moderno” en la caracterización de Gramsci. El conjunto de los partidos políticos, inclusive burgueses, tienen, a lo largo del siglo XX, que adoptar conceptos creados por Lenin y difundidos a partir de la victoria bolchevique en la Revolución Rusa.

La actividad política cotidiana, desarrollada en situaciones no revolucionaria, comprende a la lucha social, la lucha de partidos y la lucha en torno de las cuestiones políticas nacionales, que materializan las disputas de rumbo de la sociedad. Es solo en momentos excepcionales que emerge una situación revolucionaria, usualmente de forma espontánea. En caso de que exista una alternativa real a los partidos del orden, puede crearse una crisis revolucionaria, un momento oportuno para luchar por el poder, estableciendo una dualidad de poderes – que debe ser resuelta en favor de la revolución o de la contra-revolución. La estrategia es la búsqueda de la constitución consciente y planeada de este escenario por parte de las fuerzas contra-hegemónicas. La existencia del partido tiene sentido en función de su capacidad de desempeñar esta tarea, colocar en práctica una estrategia revolucionaria, y no acomodarse a la rutina parlamentaria. Es por eso que Lukács llamó a su biografía política de Lenin “la actualidad de la revolución”.

Es claro que el balance del periodo agudo de lucha de la primera mitad del siglo XX es muy complejo, incluyendo el entendimiento del lugar histórico del capitalismo y de su legado (Lenin era particularmente ciego al carácter tiránico de la disciplina fabril que el capitalismo imponía a las masas trabajadoras manteniendo el optimismo del análisis expresado por Marx en el “Manifiesto”) y del problema de la burocracia, que había generado no solo la integración de la social-democracia al estado burgués, sino también la fusión entre partido y Estado en la Unión Soviética, produciendo al estalinismo. Pero el periodo inicial de la Internacional Comunista comprende la mayor acumulación de debates estratégicos de la trayectoria del movimiento socialista, que tiene que ser revisitado por cualquier discusión seria de política revolucionaria: las reivindicaciones de transición como alternativa a la separación reformista entre programa mínimo y programa máximo, el carácter internacional de la revolución, la articulación de luchas sociales y lucha partidaria, las tácticas de frente único, el carácter de la revolución en los países “atrasados”, etc.

Hipótesis estratégicas en el siglo XX

El periodo de tres décadas de guerras y revoluciones que culmina en la conquista del poder por la revolución china de 1948 condensa también lo que Daniel Bensaïd va a denominar las dos hipótesis estratégicas del siglo XX, la huelga general insurreccional (el “modelo” ruso de 1917) y la guerra popular prolongada (el “modelo” chino de guerra de guerrillas y de dualidad territorial de poderes). Las experiencias posteriores pueden, en buena medida, ser analizadas a partir de estos dos parámetros – desde las luchas de guerrilla de los movimientos de liberación nacional hasta las insurrecciones urbanas.

Pero no hay forma pura y la estrategia es reflexiva, evolucionando siempre: depende del periodo, de la correlación de fuerzas, de la situación nacional e internacional, de lo aprendido por el enemigo de las experiencias pasadas, etc. Ejemplos como los de las revoluciones cubana y nicaragüense, en 1959 y 1979, muestras que las dos hipótesis pueden combinarse. Y una tercera hipótesis emerge del debate de la experiencia chilena, con fuerzas revolucionarias conquistando el poder a través de elecciones y teniendo, en consecuencia, que prepararse para enfrentar la contra-revolución (donde, por ejemplo, Allende fracasa en 1973, pero Chavez tiene éxito en 2002).

Pero las grandes luchas del periodo de guerras y revoluciones también legaron los presupuestos programáticos del socialismo revolucionario posterior. Las corrientes de izquierda se dividirán en torno de las “lecciones de Octubre”, pero todas revenciarán la fuerza ejemplar de la revolución rusa. Compartirán la convicción de que se sabía perfectamente bien lo que sería el socialismo (industrialización, electrificación más soviets, desarrollo de las fuerzas productivas para ir más allá de la anarquía del mercado capitalista…) disputaban la adhesión de la clase obrera organizada en partidos y sindicatos – normalmente controlados por “comunistas” o “social-demócratas – que sería la fuerza social fundamental del avance al socialismo.

El “campo” geopolítico nucleado por la Unión Soviética era reivindicado pragmáticamente por todas las fuerzas anti-imperialistas que necesitaban apoyo material y político – inconscientes del alto precio que pagaban por eso. Pero una nueva realidad comienza a desbordar este campismo que se mostraba cada vez más conservador a partir de los años 1960, articulando las luchas de liberación nacional, los movimientos de carácter socialista en los países imperialistas y las luchas anti-burocráticas en Europa Oriental. Para el trotskismo la delimitación frente al “socialismo realmente existente” era más precisa: degeneración burocrática del proceso revolucionario, existencia de un estado obrero burocratizado, acción revolucionaria en sociedades de transición entre el capitalismo y el socialismo en el que el avance de la revolución estaba bloqueado por la burocracia y que debería ser derrumbada del poder por la auto-organización de masas populares. Si eso después se reveló insuficiente para analizar la rápida “restauración del capitalismo” en los años 1990, no elimina el hecho de que era una clave interpretativa bastante operacional para moverse en el mundo que entonces existía, el que era incorrectamente llamado de “socialismo realmente existente”. Y revela la fuerza del paradigma imaginativo de “Octubre”.

La nueva izquierda revolucionaria y el acuerdo sobre quien es el sujeto revolucionario

La izquierda socialista revolucionaria revigorizada por el ascenso de luchas de los años 1960 se reapropia de los debates de los treinta años de guerras y revoluciones que habían sido vividos por sus padres y abuelos. Vuelve a trabajar proyectos políticos de largo plazo comprendiendo la necesidad de educar cuadros con base en una comprensión común de las experiencias y de los objetivos estratégicos. Frente a los partidos comunistas corroídos por décadas de pragmatismo y burocratización, rescata un telón de fondo “programático” común que incluía independencia de clase, reivindicaciones de transición, las tácticas de frente único, la revolución permanente, la perspectiva de establecer una dualidad de poderes, la lucha anti-burocrática. Disputa también con los partidos comunistas el legado de Gramsci y de su análisis de un Estado ampliado; la discusión sobre la hegemonía, presente en Lenin, vuelve a entrar en el vocabulario político de la izquierda.

1968 abre también, para las corrientes que se revelaron más abiertas y duraderas, un nuevo tipo de aprendizaje, como la idea de un programa en evolución. Nuevas cuestiones emergen: el papel de los estudiantes y de la juventud, la discusión de la democracia socialista, la lucha por la liberación de las mujeres y el feminismo, la lucha anti-racista, las movilizaciones de gays y lesbianas, la crítica del consumismo, el debate ambiental y del movimiento ecologista. Pero el debate permanece, en sentido estratégico, esencialmente referenciado por la experiencia rusa de 1917 y por las guerras de guerrilla.

La década de 1970 es también el auge de la industrialización fordista. El régimen de gran industria estructurado alrededor de las línea de producción se expande por el planeta con los procesos de industrialización periférica. El “agente” (en sentido sociológico del termino) de cambio histórico, el actor central, continua siendo el proletariado, particularmente de los trabajadores industriales, en alianza con otros explotados y oprimidos (movimientos de liberación nacional, campesinos, pequeña burguesía progresista, estudiantes y movimientos de juventud, movimientos de mujeres, etc.). Esta premisa permanece inamovible y es mismo reforzada por un gran número de situaciones: Chile, Portugal, Polonia, Irak, Brasil, Corea del Sur, Sudáfrica. El peso social del proletariado hace de él el centro de gravedad de los movimientos populares de estos procesos de lucha y de la hipótesis estratégica de huelga general insurreccional el horizonte político de la izquierda revolucionaria.

La filosofía de la historia subyacente a esta concepción continúa siendo la de una trayectoria ascendente del progreso humano: más capitalismo crea mejores condiciones para un futuro proceso revolucionario, una futura emancipación humana. Este optimismo histórico, cuyo mejor ejemplo es la obra de Ernst Mandel, visualizaba un futuro comunismo de abundancia, un mundo altamente industrializado en el que las fuerzas productivas, conscientemente dominadas por la sociedad de los trabajadores auto-organizados, permitirían la reducción radical de la jornada de trabajo y el pleno desarrollo de las potencialidades humanas.

5- La globalización neoliberal como nuevo periodo histórico del capitalismo

Un cambio radical de escenario y de época histórica se da a lo largo de la década de 1980, comprendiendo el periodo entre los gobiernos Reagan y Thatcher que implementan a partir de 1979, las políticas neoliberales (estímulo a la financiarización, desregulación, privatización, apertura económica…) y la caída del Muro de Berlin y el colapso de la Unión Soviética, entre 1989 y 1991. En la guerra del Golfo, en 1991, ya estamos en una situación totalmente nueva

De la misma forma que el pasaje del capitalismo competitivo del siglo XIX hacia el capitalismo monopolista e imperialista del siglo XX, reconfigura las condiciones de lucha socialista en siglo pasado, el pasaje del capitalismo keynesiano-fordista que emerge de la Segunda Guerra mundial hacia la globalización neoliberal nos coloca en una etapa histórica bastante distinta.

Es muy interesante leer en 2013 el texto de Daniel Bensaïd publicado en Brasil con el título “Una nueva época histórica”, de 1995, en el que el procura establecer la medida de profundidad del cambio. Afirma que se trata de “evaluar los cambios ocurridos desde una década en lugar de acomodarnos en una idea rutinaria de alternancia de los ciclos económicos y de los ciclos de luchas. Estamos envueltos en una transición global (económica, social, institucional, cultural). Esta reorganización de las fuerzas sociales fundamentales y de su representación política pasa por un largo proceso en curso del cual nuevas formas de lucha y de organización se desarrollaran en función de conmociones estructurales (de una amplitud comparable, si se quiere, a las que sacudieron al movimiento obrero al inicio del siglo frente al imperialismo y a la guerra) y de la evolución de las formaciones sociales. Esto implica una renovación de las experiencias y de las generaciones”. Y que es necesario verificar la existencia de un acuerdo fundamental sobre los acontecimientos y las tareas y emprender un trabajo de redefinición programática.

El cambio de época reconfigura el conjunto de los elementos. Mirar hacia atrás ahora nos permite ver la alternancia de coyunturas al interior de esta nueva era: la normalización neoliberal de los años 1990, el periodo de “pensamiento único”, con el aplastamiento de buena parte de la vieja izquierda y el surgimiento de nuevas posiciones que abandonan la cuestión del poder del Estado (subcomandante Marcos, Holloway, Negri); la crisis de “burbuja” llamada “nueva economía” en 2000 y el desarrollo de un nuevo activismo en las protestas de Seattle contra la OMC en 1999 (altermundialismo y el Foro Social) hasta las movilizaciones de Génova en 2001; la posterior recuperación económica con base en una burbuja inmobiliaria y la militarización de las relaciones internacionales bajo Bush Jr. como respuesta a los ataques de 11 de septiembre; la crisis estructural de 2008, la más grave del capitalismo desde 1929, cuyos efectos perduran todavía hoy.

La crisis detrás de un nuevo gran cambio, que vuelve a introducir la idea de la revolución en escena, la llamada “primavera árabe”. Pero es también una crisis capitalista clásica, estructural y muy grave. Lo decisivo es, todavía, que ella se configura también como una inédita convergencia de crisis, una crisis de civilización que condensa nuevas determinaciones profundizadas por los cambios ocurridos en las últimas décadas, la crisis de un modelo de sociedad que se está revelando insustentable y tendencialmente suicida para buena parte de la humanidad, tornando ingenuo todo optimismo histórico previo.

Asistimos a la emergencia de una nueva generación política (en Magreb y Mashrek, en los Occupies e Indignados, en los movimientos estudiantiles que surgen en muchos países…), pero también una ruptura de la línea de continuidad de la experiencia política inclusive de la izquierda revolucionaria que había resistido al surgimiento de la globalización neoliberal. Ella es ahora desafiada por nuevos procesos políticos (de los movimientos horizontales hasta las iniciativas de recomposición política de tipo Syriza, Bloco de Esquerda, CUP en Catalunya…) o crisis de organizaciones que resistieron al periodo anterior (Liga/NPA, SWP inglés). Llegar rápidamente a un acuerdo sobre los acontecimientos y las tareas y emprender el trabajo de redefinición programática se torna crucial y urgente.

II. Los cambios en curso y como ellos romperán la coherencia anterior entre programa, estrategia y sujeto

Una fotografía de la globalización neoliberal, aunque importante, no es operativa para la acción política. Una visión más penetrante se torna indispensable para mapear el terreno, localizar oportunidades y riesgos. Hay por lo menos seis categorías de transformaciones en curso, que cambian las reglas del juego y debemos destacar aquí.

Cambios en la morfología del capitalismo

Hay una profunda transformación en la dinámica del capitalismo después de la década de 1970. Varios analistas van a enfatizar cómo la dominación financiera (Chesnais, Husson, Dumenil y Levy) articulada con la globalización de las actividades económicas desestructura el padrón keynesiano-fordista del capitalismo. Internet, las tecnologías digitales y el perfeccionamiento de logística, de una parte, y la apertura de los mercados, de otra, permitirán que las cadenas productivas se estructuren globalmente, propiciando la deslocalización de la industria en función de los salarios y de los precios de los insumos y de las materias primas. Varias interpretaciones van a destacar estas nuevas características del capitalismo: capitalismo de flujos y de redes (Manuel Castells, Zygmunt Bauman), acumulación por desposesión (David Harvey), flexibilidad estructural (Luc Botanski).

El flujo libre de capitales y mercaderías sobre la égida del capital financiero en condiciones donde la fuerza de trabajo continua inmovilizada en terreno nacional genera una correlación de fuerzas desfavorable a los trabajadores. La desregulación corresponde al abandono voluntario de la posibilidad de control político de los estados sobre el capital y la constitución de una nueva forma de regulación, entregado ahora a las finanzas globales. Una investigación global sobre control corporativo abarcando a 43 mil empresas mostró, en 2011, que 80% de su valor era controlado por 737 actores articulados entre si y, entre estos, un núcleo de 147 empresas transnacionales controlan el 40% de las corporaciones del mundo – Barclay, Chase, JPMorgan, Goldman Sachs…

La nueva división internacional del trabajo produce una disputa por los recursos naturales y un fuerte ataque a territorios antes intactos de América Latina (donde alimenta un “Consenso de las Commodities” entre gobiernos de diferentes matices), África y Asia – nuevas tierras para la agricultura, el abastecimiento de materias primas, generación de energía o para obras de infra-estructura de exportación. Eso produce un giro “ecoterritorial” de los movimientos sociales y destaca la lucha de los pueblos indígenas. Al mismo tiempo hay un ataque a las condiciones de vida del campesinado por el gran agro-negocio.

La última onda de innovaciones tecnológicas del capitalismo, la digital, crea parte de la infraestructura para la globalización y genera un impacto avasallador sobre la sociabilidad de las nuevas generaciones. Estamos en el universo de las redes sociales y de la generación Facebook, de la cultura del celular, de la cibersociabilidad y del narcisismo. Pero lo digital ofrece también nuevas herramientas para la extensión de las consultas democráticas, la movilización colaborativa, la descentralización de los procesos productivos…

Los años neoliberales y la expansión de la economía capitalista producen un consumismo creciente. Para las poblaciones ricas, 1,5 billones de siete billones de habitantes del mundo, el consumismo se torna un ideal de felicidad; se vive para consumir y no se consume para vivir: para el resto del mundo, un objetivo a ser alcanzado. Hay una colonización del tiempo libre por el mercado. Pero la mayoría de la población continua excluida del mercado de consumo, sin acceso a las demandas elementales – inclusive un billón sin garantía de alimentos y más de dos billones sin saneamiento.

Cambios en la relación entre la sociedad y la biosfera: la gran aceleración de la crisis ecológica

En las últimas décadas ocurrió una enorme subversión en las relaciones entre la “sociedad” y la “naturaleza”: el impacto acumulativo de la actividad humana sobre la biosfera del planeta creció al punto de desestabilizar los principales ciclos biofisicoquímicos de la Tierra. Cualquier esfuerzo de aplicar el materialismo histórico exige hoy incorporar el análisis de las ciencias de la Tierra y de la ecología para comprender las condiciones de existencia materiales de la humanidad.

El capitalismo industrial nos llevó desde el Holoceno, el periodo de relativa estabilidad climática de los últimos diez mil años, hacia una nueva era geológica, el Antropoceno, en el que la humanidad se torna la principal fuerza de la configuración del planeta. Pero los cientistas que formularon este concepto de Antropoceno también localizaron una Gran Aceleración. “El emprendimiento humano se aceleró súbitamente después del final de la Segunda Guerra Mundial. La poblaicón se duplicó en apenas cincuenta años… pero la economía global aumento más de 15 veces. El consumo de petróleo creció por un factor de 3.5 desde 1960 y el número de vehículos motorizados aumentó dramáticamente desde cerca de 40 millones en el final de la Guerra hacia casi 700 millones en 1996… la presión sobre el ambiente global de este floreciente emprendimiento humano se está intensificando de forma aguda… La Tierra está “calentándose” rápidamente. Más nitrógeno es ahora vertido en la atmosfera en formas reactivas por la producción de fertilizantes y la quema de combustibles que por todos los procesos naturales en los ecosistemas terrestres juntos. La notable explosión del emprendimiento humano… marca el segundo estadio del Antropoceno – La Gran Aceleración” (Steffen, Crutzen y McNeill).

La percepción del impacto humano sobre los procesos del Sistema Tierra genera la idea de fronteras planetarias. La transgresión de una o más fronteras planetarias desencadenaría cambios abruptos, no lineales, en sistemas de escala continental o planetaria. Tres fronteras ya fueron cruzadas: la pérdida de biodiversidad por la extinción de especies; el cambio climático por el calentamiento global (que debería ser estabilizada en 350 partes por millón de CO2 o equivalente, pero ya “atinge” 400 ppm); el enorme desequilibrio del ciclo de nitrógeno por la agricultura y ganadería industriales produciendo vastas zonas muertas en los ríos y mares. Pero el manejo de agua, uso de la tierra y tala de bosques, desertificación, destrucción del ozono y la acidificación de los mares caminan en la misma dirección.

La imposibilidad del crecimiento económico ilimitado cuestiona también el imaginario socialista. No se puede imaginar más un futuro donde prioridades no tienen que ser definidas y decisiones no tendrán que tomarse, estos es, imaginar la desaparición de la política. Las decisiones deben ser tomadas desde hoy. Es emblemático que en el Foro Social Mundial de 2009, en Belém, tuviésemos de un lado a los indígenas reivindicando el fin de las represas y de otro a los sindicalistas de la CUT cargando una maqueta de la Hidroeléctrica de Belo Monte, presentada como desarrollo. Estaba en juego la ruptura de la ideología de progreso como desarrollo de las fuerzas productivas y la necesidad de adopción de otra relación con la naturaleza, la biodiversidad, los ecosistemas y los territorios. Pero lo mismo se da en TIPNIS, en Bolivia, en Yasumi en Ecuador, en Conga en Perú, en Notre-Dame-des-Landes en Francia, en Heathrow en Inglaterra. El curso extractivista de las mega-obras de infraestructura las más de las veces no son portadoras de progreso, sino de regresión social y ambiental. Si las poblaciones de India o de África demandan expansión de las fuerzas productivas o redistribución de la riqueza, en muchos casos es necesario decrecer: en el uso del automóvil, de los combustibles fósiles y fertilizantes industriales, en el consumo global de energía, en la expansión de las mega-ciudades, en el uso de materias-primas, en los residuos producidos. La sociedad de crecimiento desenfrenado, de la obsolescencia planificada y de la descartabilidad debe ser dejada atrás como un momento de locura de la humanidad.

Pero el capitalismo no ayudará a superar el sistema vigente. El campesinado continúa siendo un componente central en cualquier proyecto de superación del capitalismo. Y Mariategui tenía razón: en nuestro continente los pueblos indígenas y las poblaciones tradicionales acosadas por la expansión del capital son centrales para la constitución de un bloque alternativo de poder, cargando una sensibilidad socio-ambiental muy importante.

El diálogo con los pueblos indígenas produce una serie de conceptos que están entre los más útiles para la izquierda contemporánea: el buen vivir, “traducción” del quechua Sumak Kawsay, como alternativa al consumismo; la defensa de estados plurinacionales como alternativa a los estados nacionales y a un soberanismo ciego ante el chauvinismo nacionalista; la revalorización de la disputa en defensa de lo común, de los “bienes comunes”, que no son bienes, sino relaciones sociales de colaboración y cuidado; etc.

Cambios en la estructura de clases de la sociedad contemporánea

Uno de los más importantes avances teóricos de la izquierda en el último medio siglo fue la operacionalización, por E.P. Thompson, de un concepto no esencialista y relacional de clase: “la clase se forma en la lucha de clases”.

Hay expansión global del proletariado (incluido el industrial), pero con una gran deslocalización y reconcentración de la industrialización hacia Asia y una desindustrialización de muchos países del mundo. Observamos, al mismo tiempo, la ampliación por casi todas partes del proletariado del sector de servicios y de un pobretariado (Michael Lowy) o precariado (Ruy Braga), así como su feminización – con grandes impactos sobre las posibilidades de autonomía de las mujeres, pero también en la generación de doble jornada de trabajo. Eso produce un gran aumento de la heterogeneidad social de la clase trabajadora. Este proceso es acompañado de la rápida urbanización de la humanidad. El papel de los pobres urbanos puede ser observado en las revueltas árabes.

Internet propicia la deslocalización del proceso productivo manteniendo la centralización del control y provocando una alteración de los métodos de gestión del capital: no es más necesario, como antes, concentrar a los trabajadores en grandes unidades de producción, las empresas se relocalizan hacia donde los trabajadores están menos organizados. La deslocalización afecta también al sector de servicios y el nuevo infoproletariado, como proliferación de outsourcings, destinados a la prestación de servicios de telemarketing, contabilidad, etc.

El resultado es una pérdida de identidad y cohesión ideológica y social del proletariado. Pero este proceso es agravado por las gigantescas dificultades del movimiento sindical para lidiar con las nuevas realidades del mundo del trabajo. El sindicalismo se formó en un proceso contemporáneo a la industrialización. La industrialización representaba la expropiación de las capacidades y saberes del obrero. El fordismo, como destaca Braverman, es el auge del despotismo del capital, su encadenamiento a la máquina. El sindicalismo acompaño no solo la expansión obrera sino también de los funcionarios de los servicios públicos. Pero el movimiento sindical tiene enorme dificultades para representar a la clase trabajadora de conjunto; la tendencia de la burocracia sindical es a apegarse a los grupos de interés de los estados nacionales. La financiarización de los fondos de pensión profundiza la burocratización y la corrupción del movimiento sindical y acelera su integración. Con la globalización, un nuevo sindicalismo, igualmente internacionalizado, se hace necesario, un sindicalismo capaz también de soldar alianzas con las luchas “ecoterritoriales” de campesinos y de poblaciones tradicionales, capaz de romper con la ideología del progreso capitalista y tejer lazos de solidaridad con el conjunto de los explotados y oprimidos.

Alternativas en este terreno ya fueron presentadas por el propio capital en busca de mayor productividad a través de formas de trabajo en equipo: formas de auto-organización por los trabajadores de su proceso de “producción”. La expansión del trabajo intelectual y de la posibilidad del trabajo a domicilio también coloca nuevos desafíos a las organizaciones de los trabajadores, exigiendo nuevas formas de responder a la asimilación de los intereses del capital por los trabajadores como suyo propio, una actualización de los debates sobre alienación.

Una conclusión política se impone en este terreno: difícilmente se pueda concebir una superación del capitalismo sin una movilización de clase de aquellos que viven de su trabajo. Pero los desafíos de organización aquí colocados son inmensos  y tienen que ser superados por nuevas formas de organización y por nuevas corrientes políticas socialistas.

Las transformaciones en la morfología del capitalismo modifican también la estructura de otras clases sociales, como el campesinado y las capas medias, así como de poblaciones que viven fuera de la estructura social capitalista, como las comunidades indígenas y de poblaciones tradicionales. Todas las capas de población se encuentran hoy mucho más conectadas que en el pasado a las dinámicas que sobrepasan el ámbito local, de modo que la conformación de alianzas y bloques de clases capaces de unificar parcelas mucho mayores de la población se tornan potencialmente más fáciles. Y repercuten sobre movimientos poli-clasistas como el ecológico y el de mujeres, gays y lesbianas, negros y negras y estudiantil. Todo eso hace referencia a la centralidad de las herramientas capaces de promover la articulación política de las luchas.

9. Cambios en la racionalidad del capitalismo y la desmedida del valor

La formación del valor que antes se daba en marcos nacionales, se da hoy en escala global, pero sujeta a deformaciones cada vez mayores, ya que la fuerza de trabajo continua presa en fronteras nacionales. Son los países que se establecen para competir entre si, presionados por las corporaciones a reducir el “costo país” (salarios, gastos sociales, tributos, costo de infra-estructura…), nivelándose por los precios y condiciones más bajos del mercado mundial.

Aquello que puede ser objeto de comercialización y generación de lucro siempre fue solamente una parte de lo necesario a la reproducción social. La familia que educa sus hijos o cuida parientes enfermos no es remunerada por sus actividades, pero no por eso dejan de ser esencial. Por otra parte, el estado fue asumiendo la obligación de ofrecer una serie de servicios que coinciden con derechos sociales sin que tuviesen que pasar por el mercado. Así, aplicar las reglas y criterios de mercado a actividades fuera del proceso industrial capitalista, como viene siendo hecho bajo el neoliberalismo, introduce una irracionalidad suplementaria en la valorización económica capitalista, ya limitada por reducir todo a “valores monetarios”.

Se profundiza la desmedida del valor; la irracionalidad de la organización capitalista de la economía crece en la medida en que la mercantilización avanza sobre todos los terrenos: educación, salud, providencia, conocimiento, naturaleza, vida. Esto es particularmente visible en relación con bosques, fuentes de agua, glaciares, océanos y atmósfera. Aquello que, en la naturaleza, puede ser fuente inmediata de lucro es privatizado y lo que no es privatizado tiende a ser destruido por las externalidades del crecimiento descargadas en la biosfera terrestre (polución de aire y de aguas, desiertos verdes, acidificación de los mares, modificación de los climas, destrucción de ecosistemas y extinción de las especies…).

De otro lado, la “revolución digital” produce el abaratamiento de los costos de bienes culturales, información y entretenimiento, así como de los costos y posibilidades de la investigación científica. Las corporaciones de la industria cultural, farmacéutica o de software resisten a estas tendencias desmercantilizadoras y se aferran a la defensa de la propiedad intelectual. Pero pierde sentido que tenga como remuneración del creador y se transforma en un peaje que la población tiene que pagar a los monopolios de esas corporaciones – al costo de no tener acceso libre a los medicamentos esenciales por sus altos precios o a la producción cultural. Están hoy dadas las condiciones para la desmercantilización radical de todas las áreas relacionadas con el conocimiento, la cultura y la investigación y para el establecimiento de nuevos espacios de gratuidad.

Las normas de propiedad capitalista – que tenían sentido para medir las formas de riqueza industrial – pierden su funcionalidad para asignar los recursos de la sociedad y estimular la productividad del trabajo cuando el conocimiento científico de la sociedad  (aquello que Marx llamo en los Grundisse el “General Intellect”) se transforma en una fuerza productiva fundamental, tornando urgente liberar a la ciencia de la tutela del capital. La organización de la economía a partir de la ley del valor se torna cada vez más irracional y destructiva. O la humanidad la supera o ella conducirá al colapso de la civilización moderna.

10. Cambios en el sistema internacional

La globalización de las corporaciones crea cadenas productiva alrededor de todo el mundo. Las escalas de producción necesarias para disputar posiciones en el mercado mundial estimulan procesos de centralización y concentración de capitales que llevan a que algunas pocas mega-empresas controlen cada uno de los principales ramos de la economía. Pero, en este proceso, las corporaciones se extienden por la superficie del globo, industrializando nuevas regiones y desindustrializando viejas.

Estamos frente al pasaje de un sistema internacional unipolar hacia un sistema multipolar más complejo, en el que nuevas formas de disputas inter-imperialistas pueden emerger. La decadencia (relativa) de los viejos poderes europeos abre espacio para otros actores estatales. A largo plazo, la crisis actual generará una escalada de conflictos económicos.

La concentración de poderes avanza en el sistema internacional. Las potencias emergentes son países continentales nuevos y viejos, dotados de vastos recursos naturales, grandes poblaciones, Estados capaces de sostener iniciativas políticas y, potencialmente estructurar grandes mercados. Donde eso no existe, como en Europa, avanzan procesos de unificación política bajo la batuta del capital (y son estos obstáculos los que explican la pérdida de protagonismo europeo – para alivio de los pueblos sojuzgados). El siglo XXI se delinea como una “era de gigantes”, donde pueden proponerse un protagonismo en el sistema internacional solo los países o bloques de países que presentan escalas para pesar sobre el mercado mundial: Estados Unidos, China, Unión Europea y, potencialmente, Rusia, India y Brasil (solo Japón todavía diverge de esta realidad).

En el caso de América del Sur, un sub-imperialismo brasilero avanzó en articulación del sistema Mercosur-Unasur, una continentalización económica y política todavía inicial pero funcional para buena parte de los países de la región que buscan descolgarse de la tutela directa norteamericana – iniciativa a la que se oponen los países de la Alianza del Pacífico. Este proceso es, todavía, frenado por la desindustrialización relativa de la región y el retorno de condiciones de economías primario-exportadoras – irónicamente bautizado neodesarrollismo. Se trata mucho más de la sustitución del Consenso de Washington por el Consenso de las Commodities; los países de la región atan su destino al de China.

La nueva agenda global del sistema internacional tiene que lidiar con temas que sobrepasan lo que se comprendía como soberanía nacional: regulación financiera mundial, proliferación nuclear, ecología, derechos humanos. Al mismo tiempo, la dictadura de las finanzas sobre la economía mundial crea un escenario donde apenas una desglobalización relativa y la emergencia de estructuras políticas continentales puede permitir una nueva regulación de la economía vuelta hacia los intereses populares. Una desglobalización entendida como la aplicación del principio de subsidiariedad, en que aquello que puede ser producido continental, nacional o regionalmente lo sea. Pero asociada a una continentalización que profundice los procesos de integración y consolide los avances de escala capaces de hacer valer las posiciones de sus actores.

11· Cambios en los sistemas políticos

En los marcos del neoliberalismo, los procesos electorales permiten la expresión en las urnas de los electores, pero como elecciones condicionadas y conducidas por el dinero y por los medios del capital. Eso provoca una pérdida de legitimidad de los partidos y de los sistemas políticos. Después de 2008, las respuestas conservadoras a la crisis y sus consecuencias sociales terribles para la población han actuado como aceleradoras de este proceso, en especial en Europa.

Al mismo tiempo la cuestión democrática continua siendo central en buena parte del mundo. La aspiración a la democracia continua generando movilización populares, ya sea en manifestación por derechos (de las mujeres, de gays y lesbianas, de minorías nacionales o religiosas), ya sea por libertades civiles y políticas (desde los EUA a China, pasando por Rusia y Arabia Saudita), ya sea en lucha contra dictaduras (Primavera Árabe), ya sea en busqueda de formas de democracia participativa donde se busca superar sistemas políticos corrompidos por el mercado (movimientos de estudiantes, indignados, Occupies). Hay, así,  una pluralidad de actores sociales y de demandas que se mueven en torno a reivindicaciones democráticas.

Pero las discusiones sobre la naturaleza de clase del Estado prácticamente desaparecen en la izquierda, como podemos observar en relación con los gobiernos “progresistas” sudamericanos o en la defensa de dictaduras sanguinarias cuando ellas se ubican criticas del imperialismo. De la misma manera, la discusión sobre la manera como un partido antagónico debe hacer frente a las instituciones de la democracia liberal – decisiva, por ejemplo, en la evolución histórica de la social-democracia o para la degeneración del PT como partido de izquierda. Son cuestiones decisivas para una izquierda que pretenda dirigirse a la nueva generación política.

Hay, por todas parte, una gran debilidad de las organizaciones de izquierda, demostrando dificultades para lidiar con la perdida de las referencias pasadas (con casos grotescos como la defensa del “estado obrero norcoreano”!) y falta de apertura hacia las experiencias contemporáneas. La fragmentación de la izquierda es un factor importante que dificulta la reconstrucción de alternativas socialistas revolucionarias dotadas de credibilidad ante la población. De la misma forma, la relación manipuladora con las luchas y los movimientos sociales dificulta que ella cree contra-pesos a las tendencias de integración a las instituciones del orden.

A pesar de eso, ejemplos como el de Syriza en Grecia muestran que es posible construir, en condiciones adversas, alternativas políticas capaces de disputar rumbos y salidas. Muestran la centralidad del liderazgo político y la necesidad de formación de nuevas organizaciones y movimientos políticos de izquierda.

12. Una primera conclusión

Estamos frente a una crisis profunda, una crisis de civilización capitalista y del mundo moderno. Es frente a ella que se delinea un nuevo ciclo de conflictos sociales donde surge una nueva generación política que no carga ni las referencias anteriores (excepto por el rechazo del mundo establecido, incluyendo a la izquierda establecida), ni el peso de las derrotas pasadas. En estos emergen nuevos actores, se elaboran nuevos escenarios y se crean nuevas oportunidades para la reconstrucción de proyectos socialistas. Situaciones revolucionarias vuelven a colocarse al orden del día. ¿Pero con cuál agenciamiento, programa y estrategia intervendrán en ellas los revolucionarios?

III. Reconstruyendo los lazos entre estrategia, programa y sujeto revolucionario

Las transformaciones ocurridas en las últimas tres décadas debilitaron la coherencia estratégica de la izquierda, tornándola empírica, en la mas de las veces polarizadas por las tendencias pragmáticas de adaptación a la correlación de fuerzas. Pero eso representa la negación de la estrategia, el camino para lograr las condiciones para un cambio radical del poder y de la sociedad.

Reconstruir los nexos entre estrategia, programa y sujeto es el desafío central para que el movimiento socialista revolucionario sea capaz de presentarse como portador de una alternativa de sociedad capaz de superar la crisis de civilización y el camino hacia un colapso ecológico.

El desafío de reconstrucción es enorme. Las tendencias que apuntamos a continuación son líneas de fuerza cuya coherencia se refuerzan mutuamente. En algunos casos, son abordajes tentativos, aproximaciones que exigen discusiones mucho más desarrolladas. Lo que señalamos son directrices para la reconstitución de la coherencia global del proyecto estratégico.

13. Directrices estratégicas: partir de las contradicciones reales del mundo contemporáneo

Interpretar para transformar. La gran revolución que el marxismo emprendió en las ciencias sociales fue comprender que la realidad social es contradictoria y que para cambiar la sociedad es necesario incidir sobre estas contradicciones objetivas. Como afirmaba Marx, “Los filósofos hasta ahora han interpretado el mundo de maneras diferentes; pero de lo que se trata es de transformarlo”. La dialéctica histórica se torna, así, parcialmente consciente, reflexiva. Eso refuerza la validez de otra tesis igualmente clásica: “sin teoría revolucionaria, no existe práctica revolucionaria”.

La importancia de las respuestas a la crisis del neoliberalismo. El capitalismo keynesiano-fordista incorporó la demanda de consumo de la población, y eso es hoy – sin la correspondiente transformación en la economía y en las estructuras de poder – la fuerza de economías emergentes como el Brasil. Pero algunos sectores capitalistas (en especial la burguesía alemana) están aplicado políticas neoliberales de austeridad que corresponden a un gran ataque a los derechos conquistados por los trabajadores. Como la crisis capitalista es global, estructural y de larga duración, las respuestas a la crisis constituyen un terreno de disputa decisivo- adecuadas a las condiciones específicas de cada país.

Un programa de superación del desarrollismo. El capitalismo periférico ambicionó, en el siglo XX, emparejarse a las potencias centrales, alcanzando un desarrollo nacional autónomo. Estas políticas caducaron con la globalización neoliberal. Los países de la periferia abandonaron las veleidades de autonomía y se contentaron con tímidas políticas redistributivas de los ingresos obtenidos por economías reprimarizadas y dependientes, en muchos casos como apéndices de la economía china. Hay, en muchos aspectos, una regresión de estas economías, que se tornan menos integradas, autónomas y complejas; no hay desarrollo de proyecto nacional capaz de conmover a la nación. En las condiciones actuales del Brasil, construir una crítica y alternativa al curso extractivista es condición para cualquier fuerza política con pretensión contra-hegemónica.

Un programa de supuración del capitalismo. Sustentar políticas anticíclicas, redistributivas y de manutención y expansión de la demanda no significa reafirmar el status quo o ceder a intereses corporativos. Inversiones para mantener el nivel de actividad económica son una cosa, mantener la rentabilidad de los bancos o estimular la compra de automóviles es otra completamente diferente. El programa de superación de la crisis y del desarrollismo es un programa de transición al socialismo, que parte de las grandes cuestiones de la sociedad – democráticas, populares, ambientales, libertarias y clasistas -, prefigura las líneas de otra sociedad y proyecta estas alternativas, partiendo del nivel de percepción política vigente, en dinámicas de confrontación con la lógica capitalista. El programa es una herramienta para formar un nuevo bloque histórico.

Enraizamiento social y presencia estratégica. Disputar las respuestas a las cuestiones más sentidas de las masas exige fuerza social y política, exige adhesión de partes significativas de la población a proyectos políticos críticos del capitalismo y la existencia de herramientas políticas para visibilizarlos. Un programa revolucionarios es inocuo sin el respaldo de las mayorías nacionales, aunque los sujetos sociales con potencialidades anti-sistémicas se tornan conservadores en ausencia de un programa de transformación social. Una estrategia es en primer lugar la definición de prioridades de inserción geográfica (grandes concentraciones urbanas, regiones de conflictos de gran visibilidad) y sectorial (grupos que luchan, grupos que pueden hacerse eco de las propuestas socialistas), de enraizamiento de las organizaciones revolucionarias en los sectores y lugares estratégicos para aprovechar la lucha política.

(Re)conquistar la independencia de clase. Ninguna transformación social duradera podrá ocurrir sin el protagonismo activo y consciente de la mayoría de la población compuesta por asalariados explotados por el capital. Si pensamos en una clase trabajadora amplia, compuesta por aquellos que viven de su trabajo (y que incorpora también a los campesinos, artesanos, comunidades tradicionales, trabajadores informales), junto a vastos contingentes de jóvenes de todos los segmentos, podemos tener la medida de la importancia de que este campo social conquiste una identidad propia frente al capital. En los países centrales, corrientes social-demócratas y comunistas han abandonado cualquier política independiente. En nuestra región, el petismo y el peronismo expresan tendencia similar. Establecer un campo político independiente, identificado con la clase trabajadora y anclado en los luchadores sociales y en la juventud, es un requisito para intervenir en las grandes disputas nacionales.

Múltiples conflictos donde nace una nueva generación política. Las mayorías populares son atravesadas por múltiples contradicciones, más allá de aquellas de clase. Género, raza y/o etnia, sexualidad, juventud, vejez son categorías sociales generadoras de contradicciones y luchas. La cuestión ambiental es, igualmente, una contradicción critica para el capitalismo. De ellas emergen múltiples conflictos que componen y recomponen campos, delimitados también por la forma como estos conflictos condicionan respuestas diferentes a las cuestiones de sociedad (urbana, agraria, energética, de movilidad, de los derechos, de reconocimiento…) Nuevas oportunidades de actuación emergen de estos conflictos y de la fragilidad de las formaciones políticas existentes – que tienen muy poca adhesión en las juventudes. Un vasto campo de construcción se abre para las corrientes revolucionarias.

Expresar la radicalidad de las luchas: afirmas los intereses generales y universales. Una tensión permanente es inherente a la actividad política que tiene un proyecto de liberación. Es la tensión entre los particularismos (nacional, regional, local, sectorial), que expresan conflictos y procesos reales, pero localizados y/o específicos y/o sectoriales, y la universalidad del proyecto revolucionario, que busca una proyección internacional, la disputa política, la verbalización de los intereses generales y estratégicos de la emancipación. Su gestión remite a la autonomía de la esfera política frente a lo social, a la capacidad de construir herramientas políticas útiles para las luchas.

14. Directrices organizativas: recomponer el movimiento socialista

La distinción entre sujetos sociales y políticos y el método democrático. El universo conceptual del leninismo, eminentemente político, debe ser revisitado no para ser imitado, sino para inspirar nuevos procesos y formas de organización que tienen hoy que darse de forma radicalmente democrática – un déficit del pensamiento de Lenin y de sus contemporáneos.

La democracia es una cuestión fundamental, de método, en la construcción de nuevas herramientas, empezando por partidos y organizaciones de lucha. Y estas condiciones se profundizaran en la actualidad, con tecnologías que agilizan el acceso a la información y la posibilidad de participación en posicionamientos y deliberaciones. Pero estas organizaciones de frente único, de lucha, son de naturaleza distinta a las organizaciones de partidos políticos. Como la propia clase es una formación relacional, resultado de las experiencias prácticas, que no se restringen a su ámbito, es en la esfera propiamente política que se sedimenta la construcción y adhesión a un programa y a una estrategia de lucha nacional e internacional, esto es, lucha por el poder (del Estado, de la economía, de los medios) y por su transformación. Y la revolución es la democratización radical de la política en el ámbito de toda la sociedad, el proceso por el cual las mayorías se tornan activas en la esfera política.

Redes y partidos; ¿pero qué partidos? La multiplicidad de redes torna la información accesible para muchos y propicia el surgimiento de nuevas formas de acción política; las redes se han convertido en una forma común de participación política. Pero cambiar la relación de fuerzas exige la formulación colectiva de políticas y concentrar voluntad militante para llevar adelante iniciativas prácticas. De ahí el sustento de la centralidad de la organización y de la disputa política y la acumulación en el terreno de la organización para disputar el poder. Eso exige, en la actualidad, desarrollar una actividad política demarcada de lo que es entendido, por el sentido común, como política y como partido. Un partido con la ambición de impulsar una revolución, no puede ser una maquina electoral o parlamentaria, aunque deba participar de elecciones y parlamentos. La relegitimación de la actividad política de la izquierda revolucionaria solamente se dará como parte de una reapropiación de la política por las mayorías, destacando la necesidad de coherencia y ejemplaridad en la práctica política de los revolucionarios.

Una recomposición de conjunto del movimiento socialista. La organización independiente se expresa en múltiples esferas: político-partidaria, entidades de frente único de masas y las confederaciones de ellas, movimientos sectoriales o temáticos, think-tanks, medios, organizaciones de jóvenes, intelectuales, movimientos culturales, etc. La recomposición del movimiento socialista es, pues, un proceso polimorfo, que palpita en las más diversas esferas. La organización política tiene un papel de columna vertebral, pero el énfasis, frecuentemente unilateral, dada a ella es una falta de visión del proceso de reorganización – un cuerpo necesita no solo columna, sino cerebro, corazón, tejidos, etc. ¿Cómo pensar, por ejemplo, una alternativa al PT en Brasil sin alternativas en el movimiento sindical, en las luchas populares, en las cuestiones ambientales, en la juventud? Es necesario un serie de nuevas herramientas de acción política, organización social y producción y difusión de ideas. Es necesario la formación de movimientos que den cuenta de las cuestiones de sociedad, y de la incorporación de estas experiencias en un discurso coherente.

Hegemonía y construcción de una nueva narrativa común. La política socialista, e incluso más la revolucionaria, no es solo política. Ella tiene, desde su formación, una visión alternativa del mundo, una forma de conocimiento y una ideología capaz de responder a necesidades humana de sentido y de significado. Compitió con las ideologías y doctrinas de la burguesía (liberalismo, conservadorismo, nacionalismo) y con las religiones. Se afirmó como una ciencia de la sociedad y una filosofía política, heredera del humanismo y del Iluminismo, capaz de disputar hegemonía cultural frente a sus rivales. No hay recomposición victoriosa de un movimiento de contestación al capitalismo sin articular estas dimensiones en un cuerpo de pensamientos coherente. El fracaso del socialismo del siglo XX, con su burocratismo, su incomprensión de la democracia y su ideología de progreso llevó no solo al colapso de la URSS burocratizada, sino que también abrió el espacio por donde penetraron los fundamentalismos de mercado y religiosos. Una propuesta revolucionaria exige la afirmación de un discurso radical en la denuncia del orden, pero también un proyecto y un horizonte utópico ambicioso, capaz de inspirar las acciones cotidianas. Exige la afirmación de una nueva narrativa del mundo, que rescate elementos del movimiento socialista del pasado, pero que se demarque de él, integrando respuestas a las cuestiones candentes del presente.

El papel central de la juventud. La disputa de las nuevas generaciones políticas es un problema fundamental de la recomposición del movimiento socialista, de la construcción de herramientas políticas y de la construcción de una nueva hegemonía. La juventud siempre encabezó todos los procesos revolucionarios, inclusive las revoluciones francesa y rusa. Ella es, de todas las camadas de la sociedad, la más susceptible a adherir a proyectos de cambios, a perspectiva de futuro ambiciosas y proyectos generosos. Una corriente de izquierda aislada de la juventud es una corriente marginalizada de la política revolucionaria.

15. Las condiciones brasileras y la dimensión regional.

La tradición de conciliación de clases. El Brasil es un país clave en el mundo, un “gigante” incidiendo políticamente sobre toda América del Sur. Un país de dimensiones continentales, con una vasta población y diversidad regional, es una nación formada a partir del Estado, con una tradición de conciliación entre las elites y de cooptación de los neófitos por la política estatal. Incluso el Getulismo, el proyecto político más exitoso de la burguesía, acabó siendo tragado por la dinámica conservadora de las clases dominantes brasileras. Hasta la formación del PT no había conocido ninguna inserción institucional exitosa de movimientos de fuera del orden, pero él también fue rápidamente tragado por el Estado, transformándose en una dirección política de la burguesía brasilera eficiente para operar en el mundo globalizado.

El problema de escala. La construcción de un nuevo proyecto político, de carácter socialista, como el que se propone la mayoría del PSOL, presenta, en primer lugar, un problema de escala. Es necesario una acumulación inicial de fuerzas grande para una mínima intervención en la política nacional. El problema de la unidad es crucial para alcanzar esta escala es difícil, siempre agravado por diferenciaciones regionales. En un país con 85% de la población urbana, con 15 regiones metropolitanas con más de un millón de habitantes, la inserción de los revolucionarios en los grandes centros urbanos del país se torna un imperativo estratégico. Y la escala local también es muy desafiante: pesar políticamente en una región urbana con muchos millones de personas es bastantes difícil.

El espacio para una alternativa al lulismo. El petismo y su mayor expresión, Lula, cosechan los resultados de dos décadas de luchas, construyendo una legitimidad ante la mayoría de la población – incluso cuando adhieran a un proyecto reformista diluido, después de conquistar el gobierno federal, en 2002. Pero hay un tejido asociativo compuesto por centenas de millares de organizaciones en Brasil, desde la CUT y el MST hasta pequeñas entidades de barrio o asociativas, que continua referenciado en el lulismo y es beneficiado por la acción estatal. Eso hace que el tejido social en Brasil esté ya ocupado por un proyecto duradero. Pero hay un pasivo de cuestiones nacionales históricamente no resueltas que crean una conflictividad social permanente en el país y que continúan bajo los gobiernos Lula y Dilma. Hay, pues, espacio para que un proyecto revolucionario fructifique en Brasil – aunque no, en un horizonte previsible, como proyecto mayoritario.

Repensar el desarrollismo. La cuestión central en disputa en Brasil, desde los años 1920, fue la del desarrollismo. El Brasil crece 7% al año entre 1930 y 1980, pasando de un país eminentemente agrícola, hacia la octava economía industrial del mundo. La discusión permanece como el horizonte dominante inclusive en los años neoliberales. Cuando el Consenso de Wahshington fue sustituido por el Consenso de las Commodities, la adhesión al extractivismo fue presentada como “pos-neoliberalismo” o “neodesarrollismo” – tesis reforzada por los desinformados por las políticas redistributivas. Aunque el neoliberalismo continúa el marco de la política económica y de las cadenas productivas están internacionalizadas, provocando una desindustrialización relativa del país (cuya participación en la industria mundial cayo desde el 3% en 1980 hacia el 1,7% hoy), este discurso tiene adhesión en tanto el boom chino sustenta el extractivismo. La crítica a eso se torna una delimitación fundamental frente a la izquierda reformista. Pero para acreditarse como alternativa, el PSOL y cualquier proyecto a la izquierda del PT debe repensar las ideas de desarrollismo y del crecimiento, debe repensar qué puede ser una “sociedad desarrollada”.

Mapear las luchas y los actores estratégicos para una alternativa revolucionaria. Localizar los espacios de construcción de una alternativa al lulismo no deriva solo de las cuestiones programáticas, sino de una evaluación de los sectores que pueden desgarrarse del petismo para un proyecto a su izquierda. Hay un claro énfasis en la juventud de las grandes ciudades. Y en el papel central de las “víctimas del progreso” y de aquellos que luchan por la ampliación de derechos. Hay también sectores que pueden radicalizarse a partir de consideraciones vinculadas a la crisis global, como el ambientalismo. Pero es estratégico la inserción de un proyecto revolucionario en sectores de la clase trabajadora. Como esta debe ser una definición política y no sociológica, debe ser el resultado de una cartografía de las luchas y de los actores reales que en ella se mueven. Construir estas definiciones es un avance para la intervención de los revolucionarios y para la construcción de las herramientas políticas de la recomposición socialista.

La integración sudamericana como imperativo estratégico. En la medida en que el capitalismo promueve, de manera desigual, la integración objetiva de las formaciones sociales de América del Sur, cualquier alternativa progresista debe ser capaz de proyectarse en ese escenario. La integración del conteniente se torna un imperativo estratégico. Pero eso se torna efectivo a partir de la articulación entre dinámicas nacionales y regionales /continentales. La política puede y debe ser internacionalista de manera concreta, en la solidaridad en las luchas, en el intercambio practico de experiencias, en la constitución de proyectos políticos e iniciativas comunes entre los revolucionarios de diferentes países. Hoy están dadas las condiciones objetivas para eso.

16. Una hipótesis estratégica aproximativa para el PSOL en Brasil

Las condiciones políticas actuales, en Brasil y en la mayoría de América Latina, no permiten colocar la cuestión de un cambio revolucionario del poder en el orden del día; los regímenes políticos establecidos en la región parecen estables (con la excepción de Venezuela, donde la derecha explora la situación creada por la muerte de Chávez). Mas allá de eso, la existencia de corrientes democráticas progresistas da al sistema capitalista alternativas ante los escenarios de radicalización política. Y, en Brasil, el país clave de la región, la hegemonía burguesa ejercida a través del personal político coordinado por el PT da a la clase capitalista una legitimidad sólida. Pero el marco de crisis de civilización repercute también en el continente y en nuestro país; envuelve la crisis estructural del capitalismo global, las cuestiones ambiental, energética, alimentaria, etc., y la movilización internacional de la juventud. Y cuatro años después de la crisis de 2008, el inicio de la desaceleración de China preanuncia años difíciles para las economías de América Latina y del Brasil. Un partido político de izquierda precisa, para moverse con coherencia, definir para si una hipótesis estratégica, un camino por el cual ambiciona conquistar el poder e impulsar el cambio social.

América Latina fue la única región del mundo donde, después de 1999, movimientos políticos de corte progresistas llegaron al gobierno, tomando iniciativas democratizadoras y redistributivas. Esta tendencia recupera no solo las experiencias populistas, sino también aquella vivida por el Chile bajo Allende – interrumpida por el golpe de 1973,  entonces la respuesta estándar de los EUA a los avances progresistas en la región. En el ciclo actual, asistimos a lo mismo contra los gobiernos de Chavez y Evo, pero ahora fueron derrotados por la movilización popular y por el alineamiento de la mayoría de las fuerzas armadas con los gobiernos electos, más allá de contar como “guardaespaldas” ambiguo al gobierno brasilero. En los casos de Argentina y de Ecuador, políticos “rosas” como Kirchner y Correa llegaron al gobierno después de profundas crisis de los gobiernos neoliberales.

Globalmente, la difusión de regímenes liberales y la reducción de los golpes militares puede ser asociada a las condiciones del neoliberalismo mundializado y a la ausencia de alternativas al capitalismo dotadas de credibilidad popular; pero la institucionalidad burguesa extendió mucho su capilaridad,. Las instituciones y procesos del estado burgués no pueden simplemente ser ignorados; gran parte de la lucha por los derechos pasa por disputarlas.

En Europa y EUA, por otro lado, la ausencia de alternativas reales disputando procesos electorales retira legitimidad a los sistemas políticos, como evidencias los Occupies o Indignados. Todavía, en el único país donde se acumula una alternativa creíble a las políticas de austeridad, en Grecia a través de Syriza, tenemos un partido político que proyecta estratégicamente como alternativa de gobierno por la participación electoral. En las revoluciones democráticas en el mundo árabe, poderosas insurrecciones populares urbanas, también dieron lugar a regímenes parlamentarios, con la izquierda y los movimientos populares continuando la disputa con los gobiernos electos a través de la continuidad de la movilización social.

Lo que todo eso parece apuntar es que un movimiento revolucionario que busque el poder tiene que equilibrarse entre dos polos, actuando dentro del sistema político y fuera de él, dentro de las instituciones del Estado y contra ellas, procurando sobrepasarlas, redefinirlas y superarlas. Pero las tendencias cooptadoras son, en nuestro continente, por demás evidentes para no transformarse en un problema clave de la estrategia revolucionaria; la estrategia no puede restringirse a participar, sino participar del Estado para desbordarlo por la reapropiación de la actividad política directamente por las masas. Un gobierno popular debe estar ante todo en la calle, si quiere ayudar a crear condiciones de desarrollo de cambios estructurales.

En este sentido, un partido revolucionario amplio debe ser la expresión política de un movimiento igualmente político más extendido, capaz de irradiarse por los diferentes sectores y crear legitimidad para esta reapropiación, dialogando permanentemente con los movimientos sociales, de los más moderados a los más radicales, con la juventud y la intelectualidad crítica. Pero un proceso político de este tipo solo puede ser constituido en caliente, a partir de una serie de experiencias “formadoras”, anclada en movimientos fuertes e independientes.

El problema clave en la actual coyuntura, en el caso de Brasil, es desarrollar una política consistente de construcción del PSOL, como este tipo de partido capaz de ser expresión de los luchadores sociales, sin renunciar a la intervención en el terreno parlamentário-institucional y resistendo a la fuerza de atracción y de descaracterización que el PT y su cultura política ejercen. Un desafío que se torna mayor si observamos que el liderazgo mayoritario del PSOL todavía no hizo un ajuste de cuenta con su experiencia petista y se mueve con el mismo programa que el PT de los años 1990 – un anacronismo que las condiciones del presente y del futuro arrollará de manera implacable.

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Revista INTERSECCIONES es una publicación colaborativa porque se nutre de aportes y reflexiones diversas, de disciplinas y proveniencias heterogéneas con un horizonte común: aportar en la búsqueda de intersección entre todxs aquellxs que hoy pensamos que no hay recetas preconcebidas y que el camino hacia la superación de las múltiples opresiones está por construirse.