Facundo Nahuel Martín

La hipótesis de un “leninismo libertario” sigue siendo un desafío de nuestro tiempo

Daniel Bensaïd

¿Nuevos y viejos formatos organizativos?

La búsqueda de nuevos formatos organizativos a distancia de los partidos de izquierda tradicionales ha sido una importante marca de la experimentación de izquierda en los últimos años, en particular en América Latina y Argentina. Con consignas como la autonomía, la autodeterminación, la horizontalidad o la construcción de poder popular, se reafirmó de diferentes maneras que sólo el protagonismo directo de la clase trabajadora y los sectores populares en la conducción de los procesos de cambio puede propulsar la radicalización política y evitar la deriva burocrática. La creación de poder popular como lineamiento estratégico-programático remite a la organización autónoma de los desposeídos en órganos basados en la participación directa, y ha sido una consigna y guía para la acción de gran importancia en los últimos años.

Haciendo un balance de los años que nos separan ya del alzamiento zapatista o las jornadas del año 2001 en Argentina, se impone extraer algunas conclusiones programáticas sobre los nuevos formatos organizativos ensayados en una izquierda no sólo latinoamericana, sino también mundial, que busca reinventarse y repensarse a sí misma. Por un lado, hemos visto que los movimientos horizontalistas suelen rechazar la disputa en las instituciones del Estado, privilegiando la lucha callejera y la auto-organización en ámbitos temporalmente separados de la lógica capitalista. Sin embargo ha quedado en evidencia que, tras algunos períodos pasajeros de fuerte actividad social espontánea, las crisis abiertas por las luchas desde abajo tendieron a canalizarse en el plano institucional y en relación con la democracia representativa. Esto impone construir organizaciones preparadas también para intervenir en esas instancias de resolución, capaces de responder a tiempos y formas que poco tienen que ver con el asambleísmo y la horizontalidad. Este es un primer debate en términos de eficacia, centrado en los límites de las políticas autónomas u horizontalistas a la hora de encarar la cuestión del poder y el Estado. Ya se ha escrito y debatido bastante al respecto en los últimos años.

Sin embargo, también se hace necesario apurar un balance autocrítico más profundo, que excede el debate sobre la disputa del Estado o el poder y concierne en cambio a la naturaleza de la organización política y su relación con la espontaneidad de la clase trabajadora y los sectores populares. Tradicionalmente, el partido político es considerado como una realidad artificial, que no brota espontáneamente de la vida popular y que se da por tarea representar políticamente a los sectores subalternos y la clase trabajadora. Al calor de la resistencia al neoliberalismo surgieron diversas organizaciones, no necesariamente horizontalistas o autonomistas, que rechazaron la concepción del partido como una realidad artificial y relativamente separada del espontaneísmo desde abajo. Emergieron entonces “organizaciones de nuevo tipo” (movimientos populares, coordinadoras de organizaciones de base y otras articulaciones político-sociales intermedias) que reivindican un tipo de política pretendidamente más cercano al espontaneísmo de la masa. Una serie de significaciones positivas se asociaron a esas “nuevas” formas políticas: democracia de base, participación popular, protagonismo de los de abajo, poder popular; al tiempo que los “viejos” partidos fueron investidos negativamente (antidemocráticos, verticalistas, vanguardistas, artificiales).

En el contexto descrito se tendió a pensar la organización política en términos de “sábana corta”: no se podría tener a la vez democracia y eficacia, autodeterminación y dirección, espontaneidad y vanguardismo. Era preciso habitar los tiempos largos y lentos de la construcción desde abajo, el asambleísmo y la escucha de todas las voces o bien construir “aparatos” verticalistas, voraces de poder y representación, estructurados como máquinas de ganar votos, asambleas o conciencias. Algunas organizaciones (los autonomistas más puros) sostuvieron en términos principistas la primera serie de opciones, lo que las condujo a la parálisis y, con el reflujo de la lucha social, la simple desaparición o la insignificancia política. Otras, más dúctiles, intentaron complementar aspiraciones espontaneístas y consideraciones de eficacia (vistas como antagónicas) alcanzando soluciones de compromiso que redundaron en movimientos populares, coordinadoras de organizaciones de base y otros formatos organizativos que podemos llamar “intermedios”, esto es, político-sociales a la vez. Estas organizaciones construyeron formas diversas de centralización sectorial basadas en procedimientos de delegación escalonada. Tal forma de centralización generó orgánicas político-sociales que toman decisiones tácticas y estratégicas, intentan caracterizar los cambios de etapa y los movimientos coyunturales (tareas estrictamente políticas), etc.; pero lo hacen “ancladas” desde espacios de base diversos (territoriales, sindicales, estudiantiles, etc.).

Intentaremos elaborar una discusión con las “orgánicas intermedias” gestadas en el ciclo de luchas heredado para recuperar un argumento libertario en favor de la concepción de partido de vanguardia. Es necesario impugnar la oposición construida entre la forma-partido como portadora presunta de todos los vicios del dirigismo vertical y la burocratización, de un lado, y las formas movimientistas o intermedias como presuntos resguardos de una política más democrática y horizontal, del otro. Creemos que la forma-partido no sólo no es como tal responsable de la burocratización y el verticalismo de algunos partidos heredados sino que hay fenómenos burocráticos de nuevo tipo que se enquistan en las organizaciones intermedias o los movimientos populares y que podrían ser combatidos mediante una vuelta a la concepción leninista del partido. No se trata de defender la concepción de partido solamente porque es más eficaz para la lucha por el poder sino también porque es más honesta en cuanto a su propia condición artificial y eso, mientras sea bien entendido, expone a menos riesgos burocráticos.

Organización política y auto-actividad de la clase

“Crear poder popular” ha sido la máxima política de la nueva izquierda argentina (y tal vez lationamericana) en los últimos lustros. Pero queda un debate abierto sobre la relación entre poder popular y organización política. Las nuevas organizaciones de la izquierda, ¿tienen por tarea crear poder popular? ¿o bien “son” poder popular?

Sostenemos que una organización política no puede ni debe ser la coagulación orgánica del poder popular. Si el poder popular se construye en ámbitos de participación directa de la clase trabajadora, sea en los territorios, lugares de trabajo, universidades, etc., entonces las organizaciones políticas permanecen necesariamente como algo diferente y hasta cierto punto externo al poder popular como tal. No hay organización política posible “compuesta” de poder popular establecido en el tiempo, cristalizado e institucionalizado. Crear poder popular es una tarea militante y no una definición orgánica. Una tarea como podría ser: construir sindicalismo combativo, disputar en la arena institucional, militar en los barrios humildes, etc. Puede ser la tarea principal, la que define estratégica y programáticamente a una organización, pero la creación de poder popular es una actividad política de la organización y no su corazón orgánico.

Entendemos el poder popular como el conjunto de instancias en las que la clase trabajadora y los sectores populares se apropian de un trozo de la realidad para gestionarlo, organizarlo y dinamizarlo conforme sus propios intereses inmediatos e históricos. En estas instancias de organización la clase se da a sí misma sus instituciones, pelea por sus intereses, construye su propia ideología y se vuelve protagonista de su propia historia. El poder popular también se asocia a la participación directa en la toma de decisiones y los mecanismos asamblearios (aunque también puedan incluir formas de delegación varias).

Una organización política puede, en un momento dado, apostar todas sus fuerzas a construir poder popular, pero ella misma no debería tratar de “ser” el poder popular. Una organización política nunca es el pueblo ni la clase expresándose espontáneamente, sino una corriente diferenciada que disputa (o disputa y confluye) con otras en torno a la dirección del conjunto. Una organización política es una realidad artificial que no brota espontáneamente de la vida de la clase trabajadora sino que está separada de ella. La artificialidad de la organización política se debe a varias razones, como que la expresión espontánea de los sectores subalternos en sus luchas cotidianas tiende a limitarse a las cuestiones reivindicativas inmediatas pero difícilmente alcanza discusiones estrictamente políticas sobre el sentido y destino de la vida social en conjunto, el acceso al poder o la estrategia para el cambio social. Las luchas cotidianas tienen significación e importancia políticas, pero no reemplazan el nivel de la discusión y la elaboración política propiamente dicha, no redundan inmediatamente en la apertura de un horizonte socialista ni clarifican por sí un proyecto global de sociedad. De la dinámica cotidiana de la vida del pueblo, incluso de la proliferación de luchas sectoriales, no surge un proyecto político articulador. La articulación política supera la mera suma de luchas particulares integrándolas en un proyecto que las incluye pero que las excede y que no se deriva de ellas mecánicamente ni por adición. Es por eso que la política (comprendida como el nivel de la orientación global y estratégica del conflicto de clases) no está contenida en la lucha social, a la que en cambio debe sintetizar y rearticular en un proyecto hegemónico. Luego, no es desde la vida cotidiana del pueblo, ni siquiera desde la coordinación de luchas locales o sectoriales, que surge un proyecto político. El nivel político excede la lucha social y necesita formatos organizativos, modos de pensar la política y formas de construcción especiales, artificiales e independientes. Incluso la coordinación de luchas sociales sectoriales se queda por detrás de la articulación propiamente política, que siempre supone un grado de artificialidad y exterioridad relativas ante las luchas particulares.

Además, no hay una unidad dada de antemano de los intereses y proyectos políticos de largo plazo de los sectores populares sino una pluralidad de estrategias y orientaciones en conflicto, cuya articulación y disputa se define en el plano político. Cuando la clase se expresa políticamente lo hace en una pluralidad de tendencias, corrientes, partidos y fracciones. O, mejor dicho: los sectores populares, cuando hacen política, se expresan a través de distintas corrientes con propuestas, programas y estrategias diferenciadas. Esas corrientes se disputan la dirección de la clase en su conjunto vertebrando a distintas porciones del pueblo en un proceso de lucha hegemónica. La lucha por la dirección del conjunto del pueblo se da constantemente entre fracciones de la izquierda anticapitalista (y también contra las direcciones burguesas, obviamente) porque no todas las corrientes tienen el mismo programa ni la misma estrategia y porque la estrategia política no brota ni se explicita espontáneamente a partir de la vida cotidiana de los sectores populares.

Obviamente, hay estallidos sociales y procesos de masas donde el espontaneísmo de la clase excede toda representación. Esos procesos también pueden lograr institucionalizaciones relativas (una asamblea en el barrio todas las semanas es una institución que puede surgir espontáneamente de la vida de la clase, en ciertos contextos). Ahora bien, una organización política, con un programa y una estrategia propios y diferenciados, no surge espontáneamente de la vida de las masas. La organización política es una entidad artificial y relativamente estable que se da una orientación más allá de los ciclos de flujo y reflujo del espontaneísmo popular y que tiene una línea política propia para ofrecer al conjunto de la clase sin obligación de plebiscitarla constantemente y reservándose el derecho a conservarla en períodos en los que es minoría.

Podemos decir que, en términos estrictamente políticos, las clases subalternas se convierten en sujeto a través de su representación. Los sectores populares devienen sujeto político cuando asumen un proyecto global de sociedad y se dinamizan mancomunadamente para obtenerlo. Para eso es necesaria una representación o dirección política, que sintetice ese proyecto y reduzca una pluralidad de voluntades a criterios de acción comunes. El sujeto político, si bien surge a partir de condiciones sociales, no precede a su representación sino que se constituye en el acto de representarse.

Lo anterior arroja, evidentemente, el problema del pluralismo político. La representación política de la clase es plural: hay múltiples tendencias que se disputan la dirección de los sectores subalternos. La política, al menos desde la izquierda, es en buena medida el juego entre diversas corrientes en conflicto por la conducción de los sectores subalternos, esto es, el conflicto para proponer o imponer una línea de acción, un programa, una estrategia y una táctica, en conflicto y/o confluencia con otros.

No es posible ni deseable que los sectores populares se den a sí mismo, en algún momento, una auto-organización completa en órganos de carácter consejista (o de poder popular) políticamente neutros y no contaminados por corrientes partidarias de tipo ideológico y político. No va a existir nunca el “soviet universal de todos los soviets” como órgano de autoemancipación de los de abajo que torne prescindible la lucha entre corrientes o partidos. Los sectores populares, cuando se organizan y movilizan, lo hacen a través de órganos de participación directa, pero también encolumnados en una multiplicidad de corrientes y partidos, que expresan programas distintos y se disputan la conducción del conjunto. Los partidos son necesarios por dos razones: porque no existe una “voluntad general” indivisa de todo el pueblo y porque el plano específicamente político de los proyectos de vida colectiva, las clarificaciones estratégicas y los programas de largo aliento no brota inmediatamente de la espontaneidad popular. Los sectores subalternos, en cambio, se expresan políticamente en una multiplicidad de organizaciones, que propulsan proyectos colectivos diferentes y que disputan entre sí para representar al conjunto. La política emancipatoria debe compenetrarse con la vida cotidiana, la espontaneidad y la auto-actividad de las clases populares, pero no puede prescindir de esos constructos artificiales (no espontáneos) que son las organizaciones y corrientes partidarias.

Negar la necesidad de los partidos no lleva a una política emancipatoria sino que encierra un imaginario totalitario sobre el sentido del socialismo, incluso si ese imaginario se construye “desde abajo”. El anti-partidismo supone que existe una voluntad general indivisa y originaria del pueblo o de la clase, que las representaciones vendrían a distorsionar, parasitar y usurpar. Una vez que entendemos que la clase no es espontáneamente una, sino que tiene una representación inherentemente conflictiva y plural, es preciso aceptar que los partidos (las fracciones ideológica y programáticamente diferenciadas que se disputan la dirección política del conjunto) son indispensables, no sólo en términos de eficacia sino también de democracia. Una política sin partidos sería una política sin programa ni estrategia, atravesada por el peligroso sueño del pueblo-uno. Las más de las veces, ese sueño generó desastres totalitarios en nombre de las utopías emancipatorias.

Historia de un error: usos del movimientismo popular

No haber clarificado lo anterior condujo, en la mayoría de los movimientos populares y las organizaciones político-sociales “intermedias” heredadas de la resistencia al neoliberalismo, a querer hacer política desde (y no hacia) el trabajo de base. A la vez, de ahí surgieron otros problemas, como reducir todo debate político a los términos de cierto pragmatismo de la militancia de base despreciando el la discusión estratégica. Estas orgánicas heredadas fueron construidas por pequeños núcleos militantes, generalmente bien insertos socialmente en el territorio, que fueron generando acuerdos desde la práctica cotidiana muchas veces con insuficientes discusiones estratégicas y clarificaciones programáticas. Las articulaciones creadas desde la práctica, sin claridad ideológica y política, confunden planos diferentes de la lucha y la organización. Se trata de orgánicas nacidas al calor de una fuerte crisis de la izquierda como tal, que se adaptaron a un contexto de despolitización masiva y “fin de las ideologías” en los años 90. Ese error en el origen impidió a las coordinadoras intermedias (político-sociales) construir organizaciones políticas plenamente reconocidas como tales para, en cambio, armar proyectos lábiles desde cierto pragmatismo, con pilares débiles y escasa claridad en el largo plazo. Esto ha conducido a dos problemas principales: el basismo y la generación de nuevas formas de burocratización.

Escuché alguna vez que el basismo es el refugio de los y las cuadros formados pobremente. Miguel Mazzeo habla del “corporativismo” de la militancia de base territorial como una dificultad que surge en la nueva izquierda. Esta dificultad consiste en despreciar, ignorar o no comprender la política más allá de las, a veces más estrechas, tareas de la construcción de base cotidiana. Conduce, entre otras cosas, a limitar la proyección política a lo debatible y pensable desde el trajín de la construcción diaria. El o la militante de base que no hace el esfuerzo de formarse y construirse como un cuadro político completo, se legitima en cambio desde el diario “poner el cuerpo”, menospreciando la necesidad de discutir política más allá de la lógica pragmática con la que se construye en lo cotidiano o proyectando esa lógica sobre terrenos en los que es poco productivo hacerlo. Como dice Mazzeo: “La idealización de lo territorial y de su composición de clase, puede asumir formatos elitistas (por lo general encubiertos y ladinos) puede gestar referentes egoístas, micro-caudillismos y micro-cacicazgos” (2014: 75).

El ocultamiento o la denegación del carácter artificial de la organización política llevan a crear caudillismos de pequeños núcleos dirigentes que, en virtud de su inserción local, “mueven su base” y legitiman con eso la política que realizan sin un control organizativo superior. Estas prácticas se legitiman en los supuestos procedimientos de democracia de base donde en realidad la “base” social suele permanecer despolitizada y son siempre unos pocos o unas pocas (y generalmente los/las mismos/as) compañeros y compañeras, que “llevan” la discusión política, tanto oficiando como organizadores/as de las asambleas de base, como de delegados/as mandatados a las instancias superiores de decisión. Estos compañeros y compañeras, para colmo, también tienden a garantizar las relaciones políticas con otros grupos, lo que los constituye en militantes políticos al modo tradicional, sólo que no asumidos como tales y pretendidamente legitimados desde el “poder popular”.

A veces, la construcción por mandatos de base se vuelve encubridora de un nuevo elitismo: el  elitismo de pequeños núcleos políticos que se insertaron en frentes de masas, movilizaron una suma de compañeros y ganaron su confianza (todo eso en sí mismo es correcto), pero que utilizan a su base para legitimar una política que sólo esos núcleos pueden elaborar y proyectar, de modo caudillista más que democrático-federativo. En la forma-partido, el o la militante político/a, que se insertó en un frente de masas tiene un doble control: el control de sus compañeras y compañeros de base en el espacio de militancia social y el control de la organización política en cuanto a la proyección estratégica. La pretensión de construir puramente desde abajo suprime este segundo control. Entonces, compañeros/as que se ganaron la confianza de la base a partir de cuestiones reivindicativas o sectoriales, usan esa confianza para elaborar proyectos políticos que la base generalmente no discute. Faltando el partido como organización de cuadros que los/las controle, esas compañeras y compañeros devienen caudillos legitimados en el trabajo de base, que dirigen en forma personalista a “su” base social. Una democracia de mini-caudillos/as (“referentes”) insertos/as en espacios de base tiene poco de “prefiguración del socialismo” y en cambio conduce a formas de “burocratización de nuevo tipo” de la organización.

Asimismo, los núcleos políticos de base tienden a despreciar la ideología y la política como cosas abstractas, supuestamente preocupaciones exclusivas de intelectuales y estudiantes, lo que constituye un método para eximirse de dar debates que (porque requieren una formación y preparación de cuadros de la que carecen) no están en condiciones de dar. El basismo (“los/las compañeros/as no discuten esas cosas”) refuerza el liderazgo personalista de cuadros poco formados que no acaban de reconocerse como tales, en lugar de fomentar una democratización genuina, que debería venir acompañada de una politización superior de los compañeros de base y no de un achatamiento de los debates a los términos pragmáticos de la construcción cotidiana.

Lo anterior lleva también al vicio del internismo: se sobrevaloran los procesos internos de toma de decisiones, cuando a la clase trabajadora de conjunto la vida interna de la organización le importa poco. Pretender que una fracción ideológica se comporte internamente con los procedimientos de delegación escalonada propios de una federación de cooperativas o un sindicato anti-burocrático es paralizante. Una organización política debe ser ejecutiva, dinámica y ante todo capaz de interpelar y organizar a la clase en su conjunto, apostando a la democracia pero no perdiéndose en internismos. La construcción de mandatos desde abajo muchas veces lleva a cabildeos constantes que no reflejan la vida democrática del pueblo, sino únicamente las fiebres del micro-clima militante. Un militante anticapitalista debe aprender a preocuparse menos por los debates internos de su organización y más por la posibilidad de dirigirse al pueblo de conjunto.

Algunas de estas cuestiones provienen del ciclo de resistencia al neoliberalismo y de la forma en que nuestro espacio político encaró la militancia en el sector territorial. En tanto “nuevo movimiento social” producto de la desocupación masiva que inició el menemismo, el movimiento territorial no tenía organizaciones reivindicativas propias, como son los sindicatos, gremios o centros de estudiantes para otros sectores de la sociedad. Esto llevó a que cada corriente política organizara su “propio” movimiento de base y luego explorara vías de coordinación con los otros en los planes de lucha. En lugar de intervenir todas las corrientes político-gremiales en el seno de un sindicato de conjunto, como tal cosa no existía, lo que hubo fue una fusión entre las organizaciones políticas que se insertaban en este frente social y la masa de desocupados y familias pauperizadas que necesitaban de los subsidios estatales para sobrevivir. Posiblemente sea en el movimiento territorial donde se procesó y elaboró, en estado práctico, esta fusión entre la organización política y el frente de masas que venimos analizando críticamente.

El movimiento territorial argentino, la organización de desocupados más grande del mundo, fue y es uno de los factores de radicalización social y política fundamentales de la lucha de clases local. Sus esfuerzos constituyen uno de los aportes fundamentales a la organización del pueblo pobre, a la unidad de los trabajadores desocupados con los ocupados y a la construcción de una identidad clasista dentro de las clases populares. El problema no está en nada de esto, donde el esfuerzo militante de compañeras y compañeros sentó las bases de un movimiento combativo duradero que debemos defender y desarrollar, más aún ante la actual ofensiva macrista. El problema radica en las conclusiones de largo plazo sobre la cultura política y las formas organizativas que cierta forma de intervenir en el movimiento territorial produjo sobre el espacio de la denominada “izquierda independiente”. Este movimiento no logró hasta el momento consolidar una organización de tipo gremial o sectorial autónoma y diferenciada de las corrientes políticas (aunque se dio avances en ese sentido, como son con sus diferencias la AGTCAP o la CTEP). Ello condujo a violentar la autonomía del movimiento social y la relativa exterioridad de la organización política, y de allí han surgido la mayoría de las dificultades que venimos explicitando.

Discutir las formas de centralización

El problema en discusión es la forma de centralización que debe darse una organización política. La centralización es la forma cómo una organización reduce su pluralidad interna a la unidad, logrando que la diversidad de posiciones que normalmente existe en el seno de un colectivo humano democrático resuelva criterios comunes de intervención. Esto supone evidentemente que existan procedimientos de toma de decisiones vinculantes incluso para los sectores que quedan en minoría en un debate dado. Las organizaciones intermedias (aun si admiten núcleos políticos o tendencias internas, esto no resuelve en sí mismo el problema) se caracterizan por la centralización sectorial, mientras que un partido de cuadros reconocido como tal completamente apelaría a la representación estrictamente política. La centralización sectorial implica que se toman las decisiones políticas de la organización a partir de instancias de base y mediante procedimientos escalonados, donde cada sector lleva su mandato a la instancia de dirección. Este formato  reproduce precisamente los caudillismos de “referentes” sectoriales. La representación estrictamente política, en cambio, no parte de ámbitos de base sino que se construye desde la militancia politizada, que comparte principios programáticos e ideológicos, con independencia de su inserción en diferentes frentes de masa sectoriales. La centralización sectorial tiende (incluso si admite cierta pluralidad de tendencia ideológica) a fomentar la confusión entre la construcción de poder popular como tarea política y como sustancia de la organización en cuanto tal. Este formato intermedio tiende como tal a producir los liderazgos caudillistas, las obstrucciones basistas y los destiempos del internismo organizativo que venimos señalando.

Puesto sintéticamente: los pequeños agrupamientos militantes que campean en las orgánicas político-sociales intermedias heredadas de la resistencia al neoliberalismo se parecen a lo que, en buena jerga leninista, llamaríamos cuadros político partidarios insertos en frentes de masas determinados. Sólo que operan con una lógica inversa: no se piensan como los encargados de difundir, convidar y compartir la política de la organización política en un frente dado, sino como los mandatados para expresar la espontaneidad popular construida desde abajo. Sin embargo, esto no se condice con la realidad política y organizativa. La elaboración política, en cambio, es conducida por los núcleos militantes, que permanecen siempre más ideologizados y politizados (aun cuando, en otro nivel, sean políticamente pobres). La plebiscitación asamblearia (o por mecanismos delegativos escalonados) de la toma de decisiones oculta así los procesos de dirección política. La dirección política por núcleos artificiales no es en sí misma burocrática ni anti-democrática, pero puede conducir a formas de burocratización cuando no se la asume o se la desdibuja en la idea de una “política desde abajo”. Reconocer que los núcleos militantes insertos en el trabajo de base son una realidad artificial, que no brota de la espontaneidad popular y que se define políticamente, evitaría estas nuevas formas de burocratización. Tal cosa nos demanda, sin embargo, abrazar la concepción del partido político como corriente o fracción ideológica y política, frente a las formas social-movimientistas o político-sociales intermedias actuales.

Una variante del tipo de forma organizativa que venimos analizando críticamente es la que no se propuso una fusión completa entre lo político y lo social, permitiendo la intervención de “tendencias  políticas” (organizaciones con mayor grado de homogeneidad ideológica/estratégica) en el seno de agrupaciones de base (como son las agrupaciones estudiantiles, sindicales, territoriales, etc.) La idea madre era que, siendo que la agrupación de base se constituye y delimita conforme a los acuerdos para intervenir en un sector o territorio particular, ésta permiten la presencia y la convivencia de diferentes núcleos y proyectos políticos en su interior. Hasta aquí, consideramos esta metodología organizativa como un progreso respecto a la cultura política predominante en la izquierda, que permitiría desandar la lógica de subordinación lineal de las organizaciones de base a las organizaciones partidarias, despojándolas de autonomía, vida propia y siendo funcional a un fraccionalismo permanente no sólo en el terreno político-partidario sino, por extensión, también en el plano de la lucha de clases. La “grandeza interna” de esta propuesta es que permite darle al movimiento social la autonomía que le corresponde.

Esta dinámica cambia, hasta el punto de invertir su naturaleza, cuando se propone que sean esas mismas agrupaciones de base, conformadas con acuerdos acordes a su territorio, las que se conviertan en el medio para la construcción de una herramienta organizativa que intervenga en el terreno político y subordine a los núcleos políticos como tendencias a su interior. Seamos claros: las formas para el desarrollo organizativo son diversas, no hay métodos privilegiados y “errores” circunstanciales pueden ser la vía para “aciertos” de largo plazo. Pero creemos, tras más de una década de trayectoria de este tipo de organizaciones, que la ignorancia sobre los límites y las dificultades de esta metodología hizo que no pudiera madurarse hacia un instrumento político superior. Actualmente, el intento de homogeneizar lógicas heterogéneas (la de una agrupación de base que interviene en un frente sectorial y la de una organización política que interviene en el plano político) nos encuentra, desde hace mucho tiempo, buscando la “cuadratura del círculo”. Se trata de una nueva uniformación de lo político y lo social, como en la vieja izquierda, pero ahora con un énfasis “desde abajo”.

Hacia un partido de cuadros para la nueva izquierda

La construcción de poder popular en los territorios, lugares de trabajo, etc. debe seguir siendo una directriz estratégica de la izquierda. Pero es preciso discutir la idea de que se puede generar una organización política desde núcleos insertos en los territorios u otros ámbitos de construcción de base. Lo más sano, a la luz de la experiencia, es entender las cosas al revés: definamos la construcción de poder popular como una tarea militante concebida desde una relativa exterioridad organizativa, basada en la autonomía recíproca entre movimientos sociales y organización política. El modo más genuino (más honesto y por lo tanto más prefigurativo del socialismo) de construir es reconocer que los militantes políticos no son un producto espontáneo de la vida de la clase y que la construcción de poder popular es una vía de inserción popular de la organización política, pero no es su sustancia. La autonomía de los movimientos sociales supone también la exterioridad relativa de los partidos políticos. Fusionar ambas cosas lleva a nuevas formas de burocratización, más difíciles de reconocer y por lo tanto más perniciosas. La inserción de los cuadros en un frente de masas no tiene por qué acarrear prácticas de sustitución del sujeto social, siempre y cuando se realice con una cultura política sana, desde el respeto de los tiempos y la maduración política de los compañeros. Lo inadmisible es que los militantes políticos quieran disfrazar su condición de tales, fingiendo legitimarse en un pretendido espontaneísmo popular que no es tal. Eso produce tanto un achatamiento de la política como un fenómeno burocrático de nuevo tipo. Una buena lógica de partido genera menos vicios burocráticos que la lógica del movimientismo popular y otros formatos intermedios, que a veces conducen a caudillismos ladinos y deshonestos.

Para entender lo anterior basta con que pensemos en los compañeros partidarios que militan en el ámbito sindical. La externalidad de la organización política es muy clara en el sindicalismo. Un militante de un partido político inserto en una dependencia del Estado, una fábrica o una escuela tiene dos organizaciones diferentes: la organización de pertenencia política y el sindicato (o la comisión interna, o la asamblea con los demás trabajadores) como organización de base. Y nadie podría afirmar que esta separación lo convierte en una vanguardia sustitucionista o en un burócrata. Todo depende de la manera cómo el compañero o la compañera se inserta en su espacio de base: si se inserta simplemente a “bajar” la línea del partido, o se inserta a realizar un proceso más cuidadoso de las decisiones y tiempos de otros compañeros. En principio, una organización antiburocrática propulsa esto último. Pero eso no implica que el compañero o la compañera fusione su asamblea de base con la organización política, ni mucho menos que después se pretenda, en el interior de la organización política, como representante político de sus compañeros en el sindicato (con los que, por ejemplo, no plebiscita en asamblea cosas como las alianzas electorales de su organización política).

Pueden extraerse tres conclusiones a partir de lo anterior. 1) El poder popular (el protagonismo de los de abajo, la auto-actividad de las masas o auto-organización de la clase) no es incompatible con la existencia de organizaciones políticas de vanguardia, esto es, agrupamientos artificiales no surgidos de la vida espontánea del pueblo. 2) La organización política no puede componerse de retazos de poder popular, sino que debe darse como tarea crear poder popular, asumiendo con franqueza su relativa artificialidad y exterioridad con respecto al conjunto del pueblo. 3) La conciencia de esa exterioridad es un antídoto contra el burocratismo, frente a las prácticas caudillistas que ocultan la artificalidad de la organización política.

Lo anterior, finalmente, no implica que las organizaciones partidarias deban tener una vida interna antidemocrática. No discutimos los procedimientos de toma de decisiones, sino la relación entre la organización política y el conjunto de la clase. Hay que entender definitivamente que una organización representa a una fracción artificial y políticamente diferenciada del pueblo, no al pueblo como tal. Esa organización puede tener, en su vida interna, procedimientos más burocratizados o procedimientos más democráticos de toma de decisiones. Somos partidarios de esto último pero eso no obsta para que la organización política permanezca como una realidad artificial, direccionada desde un programa común y relativamente separada de la clase. De igual modo, esa organización puede resolver su relación con el movimiento de masas de maneras más o menos felices: puede ser una escuela de burócratas y aparatistas, que van a imponer su línea despreciando el desarrollo subjetivo del conjunto de los compañeros; o puede ser una organización con prácticas de conducción más sanas y mayor ductilidad para la escucha y la espera de los tiempos del conjunto. Lo que no es admisible es que no se reconozca del todo la condición de una organización política y se la intente fusionar con el movimiento de masas.

Todo esto conduce a la necesidad de volver a Lenin, pero con argumentos nuevos. La política es por definición una actividad artificial porque está hasta cierto punto separadas de la espontaneidad de los sectores subalternos. Lo central de este “leninismo libertario” por usar la expresión de Bensaïd, es que es deshonesto, contraproducente desde el punto de vista de la prefiguración del socialismo, esconder el carácter artificial de las organizaciones políticas. Tomar conciencia de este carácter inevitablemente artificial de la política, nos prepara mejor para enfrentar desviaciones burocráticas. Citamos a modo de conclusión:

Para nosotros las relaciones entre movimientos sociales independientes de los partidos y Estados, y organizaciones políticas, quedan más claras. Son las cuestiones de democracia sindical y también democracia en el seno de los partidos. De aquí en adelante consideramos el pluralismo político como un principio, conclusión a la que Trotsky mismo en verdad no llegó más que en La Revolución Traicionada. Más en general, la cultura democrática progresó y se apoderó de los nuevos medios de comunicación que permiten, en particular, romper el monopolio de los aparatos centralizados -políticos o sindicales- sobre la información. La diversidad de los movimientos sociales y el impacto del feminismo sobre el conjunto de la sociedad y la cultura juegan a nuestro favor. Eso no significa que no siga habiendo una tensión inevitable entre las lógicas de poder y las exigencias de la autoemancipación, entre lo colectivo y el individuo, entre la norma mayoritaria y el derecho de las minorías, entre el socialismo por la base y un grado necesario de centralización y síntesis. Es decir, la hipótesis de un “leninismo libertario” sigue siendo un desafío de nuestro tiempo. (http://www.democraciasocialista.org/?p=2562).

Aceptar esa artificalidad de la política es también aceptar la democracia y la pluralidad ideológica del movimiento popular. El proyecto político de largo aliento (y no sólo el modo democrático de construcción) diferencia nuestro trabajo de base del que pueden hacer otros actores, como la iglesia o los partidos patronales. Una organización política se coagula en torno a un programa común, que no es una “camiseta” ideológica abstracta sino una comprensión compartida (y revisable) del momento histórico y las tareas a encarar. La política de la izquierda es el proceso por el cual diferentes partidos u organizaciones políticas se disputan la conducción de la clase en su conjunto a partir de sus programas e ideologías.

El carácter libertario de este leninismo remite a la necesidad de que 1) la organización política posea una vida interna democrática (con control colectivo de la dirección) y 2) la disputa hegemónica por la conducción del conjunto se practique del modo lo más democrático, respetuoso y colectivo posible. Pero es inconducente atacar la “ forma-partido” como tal, y la experiencia nos enseña que las organizaciones “de nuevo tipo” o intermedias entre lo político y lo social, no garantizan una vida política más democrática. Contra las dificultades del ciclo político heredado en la izquierda argentina, proponemos una reivindicación libertaria de la forma-partido.

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Sobre Revista Intersecciones

Revista INTERSECCIONES es una publicación colaborativa porque se nutre de aportes y reflexiones diversas, de disciplinas y proveniencias heterogéneas con un horizonte común: aportar en la búsqueda de intersección entre todxs aquellxs que hoy pensamos que no hay recetas preconcebidas y que el camino hacia la superación de las múltiples opresiones está por construirse.