Gisela Catanzaro

La emergencia de fenómenos políticos como los representados por Trump en Estados Unidos, Marine Le Pen en Francia y Temer en Brasil -por mencionar sólo algunos entre los que habría que incluir el golpe de Estado a Lugo en Paraguay- viene generando desde hace ya varios años una suerte de “malestar en la nominación” que hace síntoma en la multiplicación de y simultanea insatisfacción con las categorías invocadas para nombrarlos. “Neopopulismos”, “neofacismos”, “post-democracias” o “dictaduras” -entre otros- parecerían decir demasiado o bien demasiado poco sobre las configuraciones y estrategias de nuevas derechas a nivel mundial, y cuya conceptualización importa gravemente tanto a una teoría abocada a la comprensión de lo social como a toda práctica política que se oriente a su transformación. Es sobre todo algo del orden de la politicidad específica del mundo contemporáneo lo que parecería resistirse a la conceptualización: si los énfasis exclusivos en la asociación del neoliberalismo y su generalizada “racionalidad de mercado” con la “desafección política” amenazan perderla de vista -dejando en las sombras o inexplicadas diversas politizaciones y formaciones de nuevos partidos que han venido tenido lugar en los último años-, la apelación confiada a nombres tradicionales de la política tales como liberalismo, facismo o populismo corre el riesgo de la abstracción que significaría conformarse con subsumir simplemente lo actual en lo ya pensado.   

En sintonía con ese malestar categorial que recorre el mundo, luego de las últimas elecciones de medio término en Argentina -y como ya había sucedido después de las presidenciales de 2015- se suscitó una suerte de debate, no restringido a ámbitos académicos, respecto de la caracterización del macrismo como fuerza política. Esquematizando un poco las posiciones en disputa, se podría decir que lo que estaba en cuestión era si el fenómeno político que representa debe ser interpretado poniendo el énfasis en lo novedoso de la constitución de una derecha “democrática” en el país, o si, por el contrario, dicha supuesta novedad democrática puede y debe ser interpretada como parte de la imagen de sí que esta fuerza política quiere proyectar, pero que dista de sostener en los hechos. En el segundo caso, una perspectiva que se quisiera consistentemente crítica ¿no debería intentar tomar distancia de la imagen para evitar perder de vista, tras las supuestas novedades, las continuidades existentes entre las políticas implementadas por el nuevo gobierno y el neoliberalismo impulsado por Menem en los años noventa o por Martínez de Hoz durante la última dictadura cívico-militar?

La pregunta no sólo no es ociosa sino que resulta particularmente relevante en un presente proclive a dejar proliferar únicamente descripciones etnográficas y análisis “estratégicos” afectados por un unilateral enamoramiento con los novedosos fenómenos bajo estudio. El privilegio absoluto de la inmanencia que en la micrología social a veces amenaza dejar fuera de foco toda representación de la diversidad de proporciones en juego (entre un estilo de indumentaria y la promulgación de una ley; entre un hábito de consumo y una medida de política económica, por ejemplo), lleva por momentos a la analítica del “juego político” a reducir la política a un problema de demiurgos absolutos, cuyas alquimias pueden ser serena, profesional y ecuánimemente evaluadas de acuerdo a su eficacia para “la construcción” e independientemente de todo contenido de la política en cuestión. Al desaparecer del horizonte analítico esos contenidos -sin embargo- cualquier interpelación parece igualmente posible, omitiéndose así no sólo el carácter desnivelado de lo social y las determinaciones ideológicas específicas que pesan sobre (y limitan) todo intento de “construcción”, sino también el particularismo de esa misma presunción de equidistancia, o de “simetría”, como la llama Étiene Balibar[1].

En semejante contexto interpretativo dominante, la pregunta por cómo debería situarse una perspectiva crítica si es que esta pudiera llegar a constituirse resulta, entonces, todo menos ociosa. En sus más elaboradas formulaciones el problema que plantea no deja de remitirnos a lo que podríamos llamar el doble estatuto paradojal de una crítica materialista: por un lado, en relación con su posibilidad histórica de emergencia; por el otro, en su relación con la política.[2] Pero precisamente porque la disputa en torno a los lenguajes de la crítica constituye uno de los signos de su vitalidad, es preciso decir también que los términos del debate entre quienes enfatizan “lo novedoso de la derecha democrática” y aquellos que advierten sobre la “continuidad de la derecha” tienen algo engañoso. Algo sobre lo cual sería preciso reflexionar en lugar de conformarnos con el mero hecho de que haya disputa. Y esto en favor de la comprensión del proceso social en que estamos inmersos, es decir, en favor -también- de una mejor práctica política que, aunque no depende únicamente de ella, ciertamente requiere de la más precisa lectura de la coyuntura que seamos capaces de producir.

Resulta engañoso -por una parte- hablar de derecha democrática aludiendo exclusivamente al modo de acceso al poder, o al estilo discursivo de los gobernantes, como si en nuestra historia nacional nunca hubieran estado en discusión los límites de una identificación de la democracia con un mero régimen político o con una definición exclusivamente procedimental. En relación a la comprensión de la democracia como un proceso tensionado, conflictivo e inestable de democratización y desdemocratización[3], esa reducción del significado de democracia, a la que es sumamente propensa una politología institucionalista y que se opera diariamente a la hora de administrar adjetivos calificativos a las fuerzas sociopolíticas actualmente dominantes, no puede ser naturalizada. Problematizar esa naturalización reductiva del sentido de la democracia en lugar de multiplicar sus emergencias en los diagnósticos que hacemos de las nuevas fuerzas, es parte de un ejercicio interpretativo. Es hoy, a la vez, una práctica de resistencia frente a una definición nuevamente dominante y restrictiva de la democracia que deja afuera de su concepto no sólo los masivos hechos de represión a los que hoy nos someten las fuerzas de seguridad bajo dirección gubernamental, sino también el problema de los derechos, de las condiciones materiales de existencia y la dimensión conflictual que mantiene a un “orden democrático” constitutivamente abierto a su transformación.

Pero esto no obsta para que discutamos si no perdemos capacidad analítica -y así, también política- cuando, asumiendo lo inaceptable de esas concesiones reductivas respecto al sentido de lo “democrático”, aceptamos caracterizar a la fuerza política actualmente gobernante en el país como anti-política -por oposición al conflictivismo kirchnerista-, como tecnocrática -en continuidad lisa y llana con el neoliberalismo anterior- o como meramente excluyente, estigmatizadora y represiva. A partir sobre todo del primero y el último de estos rasgos -y dejando de lado por el momento el problema de la relación entre el neoliberalismo actual y el neoliberalismo tecnocrático de los años noventa- se suele configurar una imagen del gobierno actual como el artífice de una operación de saqueo que se sustentaría en los “poderes fácticos”, con especial énfasis en la aplicación de la violencia física. Ciertamente no se trata de relativizar la necesidad de poner en evidencia y criticar la cada vez más nítida dimensión coercitiva del proyecto gubernamental, que alcanzó umbrales insospechados de violencia con los operativos de represión desplegados contra la protesta social en el centro de la ciudad de Buenos Aires y particularmente frente al Congreso Nacional durante el mes en curso. Pero sí se trata de preguntar en qué marco es necesario interpretarlos. ¿Debemos entender esa violencia y esa mostración exacerbada del arsenal y poderío de los aparatos represivos del Estado sencillamente como una expresión del ser “anti-político” o “post-hegemónico” de un proyecto económico que requiere de la coerción física para poder implementarse?  Esto dista de ser evidente porque tal vez esa interpretación exclusivamente instrumental de la represión como medio de realización de otra cosa (la economía) esté obstruyendo la comprensión del papel central -y no meramente instrumental- que el castigo y su propagación en infinitas imágenes podrían desempeñar en un “proyecto político refundacional” que parecería sintonizar muy bien con lo que, a nivel mundial, parece constituir una nueva inflexión punitiva del capitalismo neoliberal.

Si hay algo de engañoso en el término “anti-política” aplicado a la caracterización de la nueva fuerza política dominante en Argentina, sin duda no es porque carezca de “un momento de verdad”. Por cuanto “modernamente” comprendemos la política como una conflictividad que sin embargo excede a una mera continuación de la guerra y de la venganza por otros medios, el macrismo es anti-político tanto allí donde su ordenancismo lo conduce a interpretar el conflicto en términos higienistas -es decir, como una patología transitoria y erradicable aún bajo condiciones sociales de explotación-, como allí donde cede a la tentación de prescindir de las mediaciones y se entrega a la venganza y la violencia directas. Pero lo engañoso del término anti-política surge donde -por el modo en que es invocado- ese mote ayuda a fomentar la confianza en la necesidad -más tardía o temprana- de que “caiga por su propio peso” un régimen estructurado sobre la exclusión y la represión. Surge, también, donde el apego al diagnóstico de la des-politización o la desafección política induce a descartar de plano la posibilidad de que el macrismo represente una cierta politización de la sociedad que da cauce y potencia prejuicios y temores sociales preexistentes, que ahora “cuajan” en su llamado a “reponer el orden” y encuentran -así- modos de expresarse públicamente. Y finalmente lo engañoso del término anti-política surge de su eximisión a que pensemos los modos específicos de producción de sentido sobre el presente, el futuro y el pasado que están teniendo lugar en nuestro país hoy. En todas estas dimensiones la designación “anti-política” tiene algo de lo que Benjamin llamaba “pereza del pensamiento”, una pereza que nos quita lucidez para indagar en términos sociales qué tipo de politizaciones -y no sólo des-politizaciones- son posibles en el neoliberalismo actual, y de qué modo o modos esas politizaciones trabajan con las incertidumbres, inseguridades y vulnerabilidades generadas por el capitalismo contemporáneo. En otros términos, la idea del macrismo como anti-política es engañosa no sólo porque tiende a ofrecernos garantías respecto del futuro (en tanto genera confianza en su derrumbe ineluctable) y exculpaciones respecto de la sociedad a la que pertenecemos (que aparentemente no tendría mucho que ver en términos expresivos con lo que ahora “habla” desde las instituciones de gobierno), sino también porque no nos ayuda a pensar cuál podría ser la naturaleza del ofrecimiento que este nuevo proyecto hegemónico, esta “refundación”, o esta “revolución cultural” está haciéndole a la sociedad.

Luego de dos crisis internacionales del capitalismo neoliberal -11S y 2008-, ese ofrecimiento, que se articula con toda una economía libidinal a nivel del sujeto, ya no puede ser la promesa de integrarnos a un capitalismo global multiculturalista, sin fronteras y sin fricción. Así, por una parte, la nueva fuerza gobernante da aliento a un movimiento, no hacia el globo, sino hacia la interioridad y la domesticidad, un “giro afectivo” que, a diferencia de la racionalidad tecnocrática de la era de “los Chicago boys”, ya no opone razón y pasión, ni enfatiza la racionalidad de los números abstractos sostenidos por expertos lejos de la comprensión de las audiencias, sino que pretende hablarle a cada uno de su cotidianidad, de su familia, de sus sentimientos. Los problemas estructurales de la sociedad, la desigualdad, la pobreza, la creciente inequidad planetaria que ha traído una globalización consumada y vaciada de horizontes en un “globo” que ya no se muestra “por alcanzar”, son reductibles así, en el plano de la política doméstica, a la voluntad,  la confianza y el entusiasmo de cada uno con un supuestamente inmediato “interés vital” que nos reuniría a “todos” en la ilimitada comunidad de los emprendedores. Entonces se establece una preeminencia de afectos y emociones por sobre discursos, razones y argumentos en un movimiento anti-intelectualista que no sólo se constituye en la denostación de ciertos sujetos -los “intelectuales” o “enfermos de criticismo”, como los llamó Alejandro Rozitchner[4]- e instituciones -las universidades- , sino que básicamente plantea la transparencia del “interés de cada uno” y la consiguiente superfluidad de toda reflexión individual y colectiva sobre el estado del mundo y sobre las necesidades, deseos e intereses de los individuos atrapados ineluctablemente en él.

Pero, por otra parte, al mismo tiempo que persiste en plantear cínicamente al “estar cerca” como clave de resolución de los conflictos, desde que asumió el poder del Estado el macrismo no ha cesado de multiplicar los vallados, poblados de fuerzas de seguridad cuyos cascos, escudos y armas en perfecta formación advierten sobre algo más que un mero recurso circunstancial; advierten sobre el carácter punitivo, en sentido represivo pero también ideológicamente “productivo”, de su nuevo neoliberalismo emocional. Brevemente: esas imágenes anuncian que seremos castigados pero también “redimidos” de un pasado pecaminoso contra el que es preciso operar sin indulgencias; anuncian que fuimos culpables, pero también nos acogen en la comunidad de los castigadores que somos. Nos ofrecen, en síntesis, la imagen de un mundo al que podremos pertenecer para purgar, y sobre todo hacerles purgar a otros, los pecados cometidos.

Los rasgos punitivos del macrismo, que -insistiremos enseguida sobre ello- de ningún modo pueden ser identificados sencillamente con una función instrumental o meramente exterior porque producen -e interpretan- subjetividad, distan de constituir una rara avis o una anomalía dentro del “espíritu del neoliberalismo”. Como plantea William Davies para el caso de Europa, es más bien ese neoliberalismo el que ha mutado. Si, amén de las continuidades en política económica, resulta problemático atribuir las intervenciones guberna­mentales de 2016 en el viejo continente a la misma racionalidad o a la teleología dominantes que inspiraron las de 2001 o 1985, es porque el neoliberalismo se ha transformado entre aquella época en que todavía debía mostrarse como alternativa al socialismo -constituyéndose como un “neoliberalismo combativo” desde 1979 a 1989-, y aquella otra época dorada -o “normativa”- de la globalización multicultural -1989-2008-, hasta su actual configuración “punitiva”, iniciada en 2008 y caracterizada por la liberación del odio y la violencia sobre miembros de la pro­pia población en los límites del Estado nación. El neoliberalismo punitivo opera -dice Davies- con unos valores de castigo fuertemente moralizado, genera una interiorización de la moralidad financiera que produce la sensación de que merecemos sufrir por supuestas irracionalidades cometidas en el pasado.[5] Este punitivismo, que incluso cuesta seguir llamando neoliberal resulta así la contrapartida necesaria de un capitalismo en el cual la fantasía ideológica de la globalización dejó de estar disponible -con el atentado a las torres gemelas y, luego, con la implosión del sistema financiero en 2008- y que carece de cualquier otro horizonte dorado para ofrecer. Un capitalismo que podríamos llamar “post-utópico” en el sentido de que -a nivel mundial- está vaciado de un telos prometido como trascendencia de este presente. Pero que -lejos de toda presunta post-ideología- articula moral represiva y promesas de violencia física en potentes interpelaciones ideológicas que nos llaman a sacrificarnos pero también a ejercer activamente el control y el castigo sobre los demás.

En el escenario local, y a diferencia del neoliberalismo de los años noventa, el proyecto neoliberal refundacional de “Cambiemos” tiene en la figura del castigo -y no en la utopía del globo, o en la expertise técnica de los economistas de Chicago- un elemento central. Pero el castigo es aquí central no única ni principalmente debido a su función coercitiva -entendida como la serie de operaciones de represión mediante la violencia física desplegadas por el gobierno de Mauricio Macri-, sino como ideología. El castigo es central en la imagen positiva que el proyecto macrista proyecta de sí mismo. Y, parafraseando a Althusser en sus discusiones del ’68[6], habría que decir que es preciso, hoy y aquí, que la potencia ideológica del castigo no sea invisibilizada por las muy reales evidencias de la violencia física directa desplegada en la Argentina por los aparatos represivos del Estado (aunados al poder judicial). No debe serlo porque mientras esta última aniquila sujetos –aniquilándose tendencialmente a sí misma-, la ideología los produce: produce sujetos culpables, cuya ansia de castigo resulta a su vez insaciable, y así se vuelve tendencialmente eterna. Se trataría de un apocalipsis incluso si no hay apocalipsis o incluso si la procesión interminable de tanques de la gendarmería cesara.

La figura del castigo es central en el discurso profético de Elisa Carrió, donde queda claro el tono “post-crítico” de esta nueva inflexión del neoliberalismo que dice que “el momento del juicio ya ha pasado” y ahora sólo nos queda el momento de la expiación de la culpa a través de merecidos tormentos. Pero esa figura del castigo adquiere asimismo una -tanto más insidiosa- tonalidad “piadosa” en la prosa de la gobernadora de la provincia de Buenos Aires. En el discurso de Vidal la hora del calvario no es menos inexorable pero, a diferencia de Carrió, como si fuera con su último aliento y animosas palmaditas en la espalda, la “frágil” gobernadora nos invita -en actitud pastoral- a enfrentarlo castamente, y a reconocernos como pecadores a los que fortalecerá la -por ello necesariamente bienvenida- purificación. Aquí el castigo difiere de un disparo por la espalda -como el que acabó con la vida de Rafael Nahuel- o de una orden de detención -como la que hoy mantiene en prisión a un gran número de opositores políticos (aparatos represivo y judicial); es también más que un bramido amedrentador (amenazas de las y los “profetas” difundidas/creadas por los medios de comunicación para garantizar el disciplinamiento profiláctico de la población). Aquí el castigo  revela toda su potencia ideológica integradora porque nos ofrece, a nosotros, a todos nosotros, nada más y nada menos que una participación en la sacrificada comunidad de los pecadores que hoy pagan, con gozo redentor, la culpa por haber participado en una alocada escena de “despilfarro orgiástico” que  (todos lo sospechamos en el fondo, dice este discurso, por más corrompidas que estén nuestras almas) “tenía que terminar”.[7] La vicepresidenta de la nación insistió sobre este tópico a fines de noviembre: llevamos 34 años de desorden. Es al trasluz de esa imagen de un caos flamígero que el presente puede resplandecer como una hora de salvación en la que somos finalmente arrancados de la pendiente de la perdición iniciada en el ‘83 y a la que nos arrojó definitivamente el “aquelarre” de los últimos doce años.

No se trata de exabruptos de trasnochadas sino de un consistente ejercicio de lucha hegemónica por el cual somos interpelados como miembros de una nueva comunidad que, otra vez, está “saliendo del infierno”. Resulta fundamental no perder de vista esta doble función ideológica positiva, políticamente productiva: el castigo que -de acuerdo a la “refundación” en curso- merece hoy la sociedad argentina, nos une, en su peculiar llamado-sin-utopía, como culpables y castigadores.[8] Pero además, a aquellos que puedan reconocerse como parte de esa comunidad de los pecadores devenidos heraldos de la denuncia se les volverá vivenciable retroactivamente la crisis -sin´2001 y sin hiperinflación del ’89- en la que habríamos estado inmersos, crisis (en este caso moral) que justifica la presente austeridad de los castos.

En efecto, en este nuevo avatar de una derecha más “neo” que “liberal”, el castigo no sólo golpea al cuerpo, también generaliza la culpa; pero además brinda a la población la experiencia “irrefutable” de “la crisis anterior” que todo proyecto refundacional requiere. De eso hablan las imágenes del calvario de De Vido, de Boudou, de Milagro Salas, y de tantas/os otras/os. La fuerza aleccionadora de esas imágenes depende de la espada, pero sobre todo de las supuestamente inviolentas  “evidencias” de un pasado infernal. Estas evidencias son requeridas tanto o más que el monopolio de los aparatos represivos del Estado por parte del nuevo proyecto hegemónico de una derecha que se ha mostrado muy hábil para canalizar políticamente un autoritarismo social preexistente. Ese que volvió a “encenderse” con la “insoportable” experiencia de un discurso crítico de la inequidad estructural que, tal vez por un momento, amenazó con dejar expuesto lo improbable de la salvación individual y lo superfluo de tantos esfuerzos subjetivos a la adaptación frente a los insaciables requerimientos del capitalismo mundialmente vigente.       

 



[1]                      “La simetría, ya sea ésta la de los ‘adversarios’, o la de las instancias del espacio político (la sociedad, el Estado), contiene en sí misma un peligro mortal de neutralización de la política […] Esto se ha visto con claridad en la historia del socialismo contemporáneo, que comienza con el esfuerzo del movimiento obrero […] por salir de su posición ‘subalterna’ y superar la exclusión (se trate de la exclusión de los derechos sociales elementales o de la representación política), para acabar en la simetría del combate ‘clase contra clase’, y sobre todo entre los ‘Estados burgueses’ y los ‘Estados proletarios’, constituidos en ‘campos’ simétricos a escala internacional. Una buena parte del interés que algunos teóricos contemporáneos muestran por Maquiavelo cuando reivindican la ‘democracia radical’ proviene evidentemente de los instrumentos conceptuales y simbólicos que él provee para pensar un ‘devenir democrático’ en el cual la simetría es diferida en forma indefinida”. Balibar, E.: Ciudadanía, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2013, p. 165.

[2]                       ¿Podemos descontar la existencia de un criticismo para todas las épocas? Y de existir, ese “criticismo” ¿favorece o difiere indefinidamente el “pasaje a la acción”? En el primer sentido la existencia de la crítica es “paradójica” porque no puede considerarse simplemente garantizada. Si no es concebida sólo como un pensamiento sobre un cierto estado del mundo, sino como uno emergente de ese mismo estado de crisis a propósito del cual se reflexiona, la existencia de la crítica en todo tiempo y lugar deja de ser evidente. Ella no podrá darse como algo independiente de la historia, pero entonces tampoco podrá tener garantizada su inmunidad frente a una crisis que, tal vez, consista precisamente en jaquear esa misma posibilidad de reflexión. Así, porque es una crítica situada y suscitada, la crítica materialista está acosada por la paradoja en lo que respecta a su emergencia y signada por una rareza que convendría no aplanar. A diferencia de un tipo de pensamiento que conservara su trascendencia y permaneciera intacto frente a la crisis del presente, en tanto afectada ella misma por ese estado en que procura intervenir críticamente, este otro modo del pensamiento no puede darse en ningún caso como algo garantizado sino como una interrogación y una producción que “habrá tenido lugar” allí donde se hayan podido producir desplazamientos y nuevas demarcaciones en un territorio ocupado. Todo lo cual indica que no alcanza con declarase crítico. El criticismo tendrá que probar cada vez, en cada debate, que puede existir. Pero a esto se suma la segunda paradoja de la crítica materialista, que viene asociada a su relación con la política. Porque si bien esa crítica está -como quería Marx- orientada a la transformación del estado de cosas  y no sólo a la comprensión de los motivos del presente para perseverar en el ser, ella no puede limitarse a declarar sin más la nulidad de aquellos debates interpretativos sobre las categorías adecuadas para caracterizarlo en nombre de problemas que tendrían una mayor urgencia y acciones que “no podrían esperar”. Tal inmediatismo representaría un gesto anti-intelectualista que, apelando a las premuras de la práctica política, condenaría a la acción colectiva a constituirse en una práctica ciega, tan vacía de pensamiento como un puro mecanismo, que ella no es. Por eso, en los debates sobre los modos más precisos para pensar la época y en las incomodidades frente a los nombres disponibles, lo que llamamos “materialismo” no lee ni una mera circunstancia para la aplicación de un saber ya disponible, ni pura dilación, déficit o situación a superar lo más rápido posible, sino una ocasión a propiciar y de la que depende en gran medida la no identificación final de la política con el mero pragmatismo.

[3]                      Al que recientemente se ha vuelto a referir Diego Tatian: “Por democratización proponemos entender un incremento de derechos en los sectores populares que habían estado despojados de ellos por las relaciones de dominación de las que normalmente son objeto: la conquista de derechos civiles y políticos, cuyo desarrollo democrático prospera en una conquista siempre provisoria de derechos sociales, los que a su vez se extienden en derechos económicos que complementan o realizan las libertades civiles –sin las que no existe democracia– con la justicia social y la igualdad real –sin las que tampoco existe democracia en sentido pleno, sino solo democracia como máscara y administración del privilegio. Proceso de “des-democratización” –de ninguna manera dictadura– llamaría al actual estado de situación en la Argentina y otros países de la región (como Brasil), que despoja de derechos y excluye nuevamente a los que no tienen parte”. Tatián, D.: “Des-Democracia”. Disponible en http://www.agenciapacourondo.com.ar/relampagos/des-democracia-por-diego-tatian.

[4]                      Alejandro Rozitchner, Entrevista publicada por el diario La Nación disponible en http://www.lanacion.com.ar/1968830-alejandro-rozitchner-el-pensamiento-critico-es-un-valor-negativo.

[5]                      En el caso europeo que Davies analiza se trataría de las “irracionalidades económicas” del crecimiento ani­mado por el crédito y la consiguiente generación de deuda. Tal vez para el caso de América Latina en general, y Argentina en particular, habría que referir esa supuesta irracionalidad pasada que ahora debemos purgar con dolor menos a la generación de deuda (anómalamente baja durante la última década en relación a la historia de estos países) que a la pretensión inclusiva y de fortalecimiento del mercado interno sostenida por los gobiernos progresistas en la región y que incluyó la implementación de políticas redistributivas en forma de programas y planes sociales. Davies, W.: “El nuevo neoliberalismo”, New Left Review 101, September-October, 2016.

[6]                      Ver, en particular, Althusser, L.: Sur la reproduction. París, Presses Universitaires de France, 2011.

[7]                      Al respecto resultan sumamente sugerentes tanto el planteo de Andrés Tzeiman como el prólogo de Martín Cortés en Radiografía política del macrismo, Buenos Aires, Caterva, 2017.

[8]                      Comunidad del castigo a los culpables del “desorden” que -en una suerte de premonitoria expresión de deseo- un conjunto de personas interrogadas en un grupo focal realizado en la ciudad de Buenos Aires en enero de 2015* llegaron a imaginar, incluso, como encarnaciones de la “justicia social”. Al ser interrogadas sobre el sentido de este término contestaron, luego de dudar unos instantes sobre la significación de una idea aparentemente poco familiar, “justicia de la sociedad”, y luego, aludiendo a los “linchamientos” o hechos de “justicia por mano propia”: “la justicia que hace la gente cuando la justicia no funciona.” Los linchamientos serían actos de justicia social consumados por la comunidad de los castigadores que se depura de los elementos culpables. En el mismo conjunto de grupos focales surgió otra expresión altamente significativa para este tema en el contexto de un intento de caracterización del kirchnerismo: éste sería un caso de “autoritarismo anárquico”. Aunque difícilmente inteligible en términos lógicos, la caracterización ilustra bien la función ideológicamente positiva que puede adquirir el -entonces esperado- castigo: dirigido contra la supuesta “anarquía” del “descontrol kirchnerista” el castigo, que restituye el orden a como dé lugar, tiene el mérito adicional de no pagar el costo político de su autoritarismo puesto que aparece él mismo “liberándonos” de una autoridad despótica e irracional.

                *Los grupos focales referidos fueron realizados en el marco de la investigación PIP CONICET “Problemas de la democracia argentina en el período de la post-convertibilidad. Transformaciones socio-económicas y reconfiguraciones ideológicas”.

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