Por Jorge Costa*

En la víspera del 25 de Abril, la sociedad portuguesa ardía lentamente en las contradicciones acumuladas por medio siglo de dictadura. En el centro de esas contradicciones estaba una guerra, que duraba trece años, por la conservación de las colonias africanas de Angola, Mozambique, Guinea, Cabo Verde y Santo Tomé y Príncipe. Este conflicto condicionaba toda la vida nacional, por el sufrimiento causado por la movilización de doscientos mil hombres, una décima parte de la población activa (un coste humano equivalente al doble de la guerra de Vietnam), por la ola de emigración impulsada por el hambre y por la guerra, por la inviable solución militar, la única concebida por el régimen.

La capacidad del Estado Novo, que organizó las derechas portuguesas en las formas que tomarán a lo largo del siglo, atravesando la Guerra Civil en España, la Segunda Guerra Mundial y los procesos de autodeterminación de los pueblos colonizados, se desgastó por el efecto de la guerra colonial y por la afirmación política de un sector burgués cuyo “desarrollismo” estaba cada vez menos conforme con el régimen de representación corporativa (que integraba los gremios patronales y los “sindicatos” del régimen) y del condicionamiento industrial, que mantenía una férrea tutela sobre todo el sistema productivo. Los propios grupos monopolistas, sin ablandar en ningún momento la extracción colonial, se interesaban desde los años sesenta por los mercados europeos, presionando por reformas que acentuaban las fracturas en el bloque político del régimen.

Desde finales de los años sesenta, Portugal vivió un incremento de las luchas. Las universidades estaban paradas o cerradas, la represión se cernió sobre centenares de estudiantes de enseñanza secundaria. Se asentaron formas de organización sindical independiente de las que saldría la Intersindical (más tarde Confederación General de Trabajadores de Portugal, CGTP). Solo en el último medio año de dictadura, hubo cien mil huelguistas en los sectores industrial y servicios. El orden en el Estado Novo se volvió demasiado inestable. Los de “arriba”, así como los de “abajo”, presentían su fin.

La intensificación de la guerra, con el alargamiento de sus frentes, llevó a un incremento del ejército que obliga a la atribución de mandos intermedios a jóvenes movilizados bajo el servicio militar obligatorio, salidos directamente de los medios estudiantiles radicalizados. Esos militares estarán en la preparación del 25 de Abril y en las luchas que le sucederán.

En 1973 se formó el Partido Socialista, en torno a la figura de Mario Soares, que esperaba el final del régimen, decidido a explotar las posibilidades abiertas por sus relaciones con las potencias externas. El Partido Comunista Portugués (PCP), el más alineado con la Unión Soviética en toda Europa Occidental, permaneció como principal referencia de la resistencia clandestina, capaz de aglutinar sectores políticos amplios, incluso en los frentes creados para la participación en las actuaciones electorales de la dictadura. En la última década de la dictadura, el PCP se confrontó con una miríada de formaciones a su izquierda, fruto de la efervescencia estudiantil y capaces de dialogar con la radicalización obrera.

"A pesar de ser “una olla a presión”, como escribe Fernando Rosas, el Portugal de 1973 e inicios de 1974 no vivió una situación preinsurreccional. Sería el golpe militar, en gran medida involuntariamente, el que cambiaría la calidad del protagonismo popular"

A pesar de ser “una olla a presión”, como escribe Fernando Rosas, el Portugal de 1973 e inicios de 1974 no vivió una situación preinsurreccional. Sería el golpe militar, en gran medida involuntariamente, el que cambiaría la calidad del protagonismo popular. Los últimos intentos de reforzar la autoridad del Estado vinieron del interior del régimen, y resultaron en la formación de un campo político de pretensión neocolonial federalista, con fuertes relaciones con las potencias occidentales y con disposición a acometer la integración europea. El general Spínola lideraba esta política, representada en el parlamento de la dictadura por cuadros que fundarían los partidos de la derecha post 25 de Abril: Centro Democrático y Social (CDS) y Partido Socialdemócrata (PSD). El primer ministro, Marcello Caetano, que sustituyó a Oliveira Salazar en 1968 con señales de apertura política, acabó por alinearse con los sectores africanistas y de ultraderecha, marginando al sector “liberalizador”.

Elementos de los mandos intermedios militares, agotados por el esfuerzo de la guerra, organizaron el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), partiendo de unas reivindicaciones iniciales esencialmente corporativas. En las vísperas del golpe, intentaron buscar el apoyo político de la jerarquía y lo recibieron del jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, Costa Gomes, y de su segundo, Antonio Spínola, exgobernador de Guinea.

Año uno

El levantamiento militar del 25 de Abril no encontró resistencia relevante (excepto en la sede de la policía política, que disparó sobre civiles en el centro de Lisboa). El general Spínola recibió el poder de Marcello Caetano, que partió hacia el exilio. En la capital, pocas horas después de la entrada de los tanques en la Baixa, solo circulaban los claveles de la victoria, la primera señal de desobediencia al nuevo poder, que instaba a la población a no salir de sus casas. 

Después de retirar del programa del MFA la autodeterminación de las colonias, Spínola subrayó en su discurso al país que la primera tarea del nuevo poder que presidía era “garantizar la supervivencia de la Nación soberana en su todo pluricontinental”. Sin embargo, las primeras semanas después del 25 de Abril bastaron para hacer fracasar las tentativas de mantener operativa la represión política y de consolidar una dirección burguesa mínimamente estable para el proceso político. El nuevo poder habló a varias voces, dividido entre la Junta de Salvación Nacional (donde Spínola dirigía los restos de la vieja jerarquía militar) y el Consejo de Estado, que incluía a los militares del MFA.

Spínola esbozaba la tentativa de mantener el orden social (represión de la huelga de correos) y de articular rápidamente su base de apoyo (las grandes familias burguesas constituyeron el Movimiento por el Desarrollo de las Empresas y la Sociedad, con la promesa de la creación inmediata de cien mil empleos). Pero al nuevo poder le faltó la coherencia política y la fuerza armada para garantizar que los débiles movimientos de los grupos económicos condujeran a cualquier forma de normalidad.

Esta casi total falta de presencia de la represión y las señales de apoyo de algunos sectores del propio MFA al movimiento de masas abrieron las puertas de la iniciativa popular y desencadenaron la Revolución portuguesa. En las colonias cesaron los combates y se inició la confraternización entre las tropas coloniales y de liberación. En la metrópoli los nuevos espacios de democracia fueron reconocidos a un ritmo siempre más lento que su imposición. Lo mismo ocurrió con la libertad sindical y el derecho a la huelga, el salario mínimo, el horario de trabajo, los festivos o el saneamiento político de las empresas en donde aún quedaban fieles al régimen caído y saboteadores de las transformaciones en curso. Sin fuerza de Estado, cada vez más dependiente de la turbulenta asamblea del MFA, Spínola realiza su acto político final al apelar, en septiembre de 1974, a la “mayoría silenciosa”, una movilización de masas como reacción que falló y que aumentó la confianza popular para el ciclo siguiente. Fueron aislados los elementos de continuidad con la vieja jerarquía y se insertaron las fuerzas armadas en el proceso de lucha de clases. El general del monóculo acabaría por juntarse con Marcello Caetano en Brasil. 

Dos corrientes en choque

La revolución duró diecinueve meses, de abril de 1974 a noviembre de 1975, y dejó marcas duraderas en la democracia portuguesa, como forma constitucional y como modo de ejercicio de libertad política.

Dos corrientes contradictorias chocaron, se cruzaron y se mezclaron en aquellos meses. Una fue la del permanente esfuerzo, concentrado en torno al MFA, de rehabilitar un centro de poder de Estado mínimamente eficiente. A lo largo de casi todo el período revolucionario, las principales fuerzas de izquierda, PCP y PS, integraron esa corriente, procurando influir en la conformación del nuevo poder y una porción de este. En esta búsqueda de respetabilidad institucional, el PCP se empeñó en la desmovilización de huelgas consideradas “salvajes” y aseguró que no haría de la salida de la OTAN una prioridad política; al mismo tiempo, al prever un resultado adverso en las elecciones generales en un país con las características de Portugal, se concentró en la “institucionalización” del MFA en cuanto legitimidad de Estado paralela a la Asamblea Constituyente por elegir. En cuanto al Partido Socialista, preparó las elecciones, esenciales en la reconstitución de un poder que se pudiera imponer a la dinámica popular. Soares concilió las proclamaciones a favor del socialismo (por otra parte compartidas por todo el espectro político) con el eslogan “Europa con nosotros”, que remitía a la integración en el mercado común europeo, de cuyas potencias recibió relevantes apoyos.

La otra corriente es la de la democracia real, el protagonismo popular directo y la autoorganización de las masas, que se enfrentaron a unas necesidades urgentes y a la presión de la crisis (poco después del shock petrolífero de 1973) generando su propia cultura política y estructuras de intervención. Esta corriente sobrepasó ampliamente los márgenes de la autoridad del Estado, en la forma de movimientos de ocupación de casas por la población confinada en barracas, la construcción directa en los barrios y los servicios sociales, escuelas, centros de salud, la constitución de organismos de barrio, de empresa, la autogestión obrera, la fundación de unidades cooperativas de producción en las áreas agrícolas ocupadas. En cada una de estas experiencias se vivieron contradicciones, impasses, conflictos y conquistas de profundo significado y duradero alcance. Fueron el violento despertar de partes importantes de una sociedad atrasada y despolitizada, donde la autoorganización de la clase trabajadora fue prácticamente invisible durante cuatro dé- cadas y que aprendió en días y semanas a realizar la revolución, dirigiéndose desde muy temprano al corazón del sistema: la propiedad, fuese de la tierra, inmobiliaria o industrial.

Este súbito cambio de todas las dimensiones de la vida social fue un gran trauma histórico que la burguesía portuguesa nunca superaría. Su clímax ocurre a partir del 11 de marzo de 1975, fecha de una fracasada intentona militar aún dentro del entorno del general Spínola, a la que sucedió una aceleración del proceso revolucionario. Acusados de sabotaje económico, numerosos dirigentes de los grupos monopolistas conocieron la prisión o el exilio. Fueron aprobados los decretos de la reforma agraria y de nacionalización de la banca (esta última medida, condición de mantenimiento del sistema financiero, fue aprobada hasta con los votos del PSD, de derecha). Con la disolución de varios grupos de extrema derecha, se establecieron en el Estado español redes de agitación y terrorismo anticomunista, apoyadas en sectores de la jerarquía católica portuguesa, que realizaron centenares de atentados contra sedes y activistas del PCP y de la izquierda radical, e incluso algunos asesinatos.

La ruptura en el MFA y la preparación del 25 de noviembre Estas dos corrientes van a coexistir durante un año entero, un año que transforma el país en profundidad. Pero, sobre todo a partir de las elecciones del 25 de abril de 1975, los impasses económico y político de la Revolución portuguesa abrirán una fractura entre dos campos políticos en confrontación.

En estas primeras elecciones, de elevadísima participación, el Partido Socialista fue el más votado (38%). Considerando la votación del área comunista (PCP+MDP: 16,5%) y la izquierda radical (4%), los partidos de derecha (PSD+CDS: 34%) se quedaron a gran distancia. Sin embargo, los alineamientos políticos siguientes serían otros, definidos por la naturaleza del poder tras las elecciones, que durante medio año sería producto de una negociación entre el MFA y los partidos representados en la Asamblea Constituyente y en el Gobierno.

El papel de intermediario del MFA entre la debilitada autoridad del Estado y el movimiento de masas había llegado a su límite. Los choques provocados por la lucha de clases se reflejaron en el movimiento militar: “spinolistas” (derecha), “grupo de los nueve” (PS), “gonçalvistas” (PCP), Comando Operacional del Continente (Copcon, dirigido por Otelo). El “verano caliente” de 1975 se vivió como un enfrentamiento entre dos campos contrapuestos.

Por un lado existe un protagonismo político de sectores sociales movilizados, que llegaron a ensayar formas de “doble poder” (en junio de 1975, por ejemplo, se reunió en Lisboa en el regimiento militar de ingeniería, la primera asamblea popular, reuniendo a más de cincuenta comisiones de habitantes y 26 de trabajadores), acentuándose la crisis jerárquica de las fuerzas armadas, a partir de la formación de los colectivos “Soldados Unidos Vencerán” (SUV) y del propio Copcon. 

Este último cuerpo mantiene un estrecho contacto con las acciones de masas más avanzadas, que tuvieron sus momentos culminantes con las ocupaciones de instalaciones militares y en las manifestaciones convocadas por los SUV el 10 de diciembre en Oporto, donde se reunen mas de cuarenta mil personas, encabezadas por dos mil soldados, y la del 25 de septiembre, con la participación de cerca de cien mil personas, entre las cuales destacaron centenares de militares de uniforme llegados de quince unidades. Al final de la manifestación, decenas de autobuses fueron ocupados para llevar a los manifestantes al presidio de Trafaria, donde liberan a militares presos por pertenecer al SUV. A pesar de su dinámica ascendente, este amplio sector estaba lejos de conseguir generar una dirección política revolucionaria que encontrara formas de alianza social y política mayoritarias y que correspondiera con la expresión autónoma de la iniciativa popular.

Por otra parte, quien sí que se articuló y se unificó es el campo de la reacción, en torno a la bandera de imponer el orden y la autoridad del Estado. Ese, al final, fue el único sector que, como escribió Francisco Louça, “era poder y luchaba por el poder” (Louça, 1984).

El desenlace de esta confrontación llegará el 25 de noviembre, fecha del pronunciamiento militar que agrupa a la derecha política y militar junto con el PS bajo el mando de Eanes (“grupo de los nueve”), el cual llegaría a presidente de la República con esos apoyos. El PCP fue aceptado en la “democracia consensual” a partir de entonces. En sus textos, este partido explicaba claramente su postura en las horas críticas de la revolución portuguesa:

El Comité Central del PCP llama la atención sobre las ilusiones idealistas que llevaron a algunos sectores a ver en las formas de organización popular los futuros órganos de poder del Estado. Llama también la atención sobre la teorización verbal sobre el “poder popular”, que solo crea la ilusión de la existencia de un poder político popular en oposición al poder militar y gubernamental (Avante, 16/12/1917).

Ya derrotado, este sector de “ilusos idealistas” se expresará todavía en las elecciones presidenciales de 1976, reuniendo el 16% de los votos en la candidatura del teniente-coronel Otelo Saraiva de Carvalho, más del doble de los obtenidos por el candidato del PCP, Octavio Pato.

El Estado rehace a la burguesía portuguesa

Los años siguientes al período revolucionario fueron los de la reorganización de las condiciones de producción, sobre el marco de las relaciones de fuerzas provocado por la Revolución y de la concreción en ley de algunas de las “conquistas” del proceso. El viento de Abril soplará aún en el campo de los derechos sociales, con el desarrollo de la Seguridad Social y del Servicio Nacional de Salud, así como avances en el terreno de las libertades y de los derechos de las mujeres. Las nacionalizaciones a lo largo de 1975 conformaron un sector público con más de ochenta empresas y otras ciento cuarenta en las que participaba el Estado, incluyendo el 90% de la banca y la mayor parte de los transportes, comunicaciones y energía, abarcando cerca de una cuarta parte del PIB. La reforma agraria, que en 1975 alcanzó 1,2 millones de hectáreas, y que afectaba a más de cuarenta mil trabajadores (y otros tantos eventuales) duró una década, aunque concentrada en la región de Alentejo, en el sur del país. Solo en 1977 se registró la primera caída de los salarios reales.

A lo largo de una década y media, el sistema económico permanecerá fuertemente intervenido por el Estado, con una clase dominante débil y sin condiciones políticas y financieras para gestionar por sí misma las grandes empresas. El Estado se hizo cargo de la gestión del sistema económico y asumió su papel histórico como incubadora y protector de la burguesía portuguesa. Es bajo la dirección estatal que opera la reconstitución del poder de la burguesía.

El fin de este periodo de transición estuvo marcado por la adhesión a la Comunidad Económica Europea en 1986. A lo largo de los años 80 se reforzó la dependencia externa, el modelo de bajos salarios y de especialización en sectores de mano de obra intensiva y bajo nivel tecnológico. Esta realidad permaneció incluso con la masificación de la universidad y de toda la enseñanza (en 1974, el 40% de la población era analfabeta). El crecimiento económico acelerado producido entre 1974 y 2004 (3,5% al año) se asentó fundamentalmente sobre la movilización de más trabajo, especialmente de mujeres.

La integración europea y las mayorías absolutas de la derecha (gobiernos de Cavaco Silva, PSD) crearon las condiciones para la apertura de un ciclo de privatizaciones, con las necesarias revisiones constitucionales que revirtieron la “irreversibilidad” de las nacionalizaciones. La derecha y después el PS entregaron a las viejas familias capitalistas de la dictadura (Champalimaud, Espírito Santo, Mello) el control de gran parte de la banca, estructura estratégica para el proceso de financiarización de la siguiente fase de las privatizaciones. Es en la banca privatizada donde se va a asentar el fuerte endeudamiento de los viejos y nuevos grupos económicos (Sonae, Amorin, Jerónimo Martíns, construcción civil) que recurrieron a los grandes negocios del momento: las rentas monopolísticas de energía y telecomunicaciones, la gran distribución y el sector inmobiliario.

Es precisamente en el sector inmobiliario y en la construcción en donde se apoyó la demanda interna durante este largo período de compresión salarial. Esta política se vio compensada por las facilidades para el endeudamiento de los hogares desde la banca nacional y privada con la banca europea. Entre 1991 y 2010, el número de viviendas en Portugal crece a un promedio anual de 80.000 nuevas viviendas, el equivalente a una ciudad como Coimbra. Todo este modelo dependía de una fuerte inversión pública, principalmente del gasto en infraestructura y de la especulación, como en el caso de los estadios de fútbol, por ejemplo.

La estrategia neoliberal, impuesta a partir del espacio europeo, fue disminuyendo la capacidad de la economía portuguesa, cada vez más dependiente de capitales extranjeros, más subalterna y endeudada. La capacidad exportadora quedó limitada por las condiciones de adhesión a la moneda única, y la inversión externa se limitaba a cadenas de montaje de reducido valor añadido. La clase dominante buscó su “zona de confort” en una economía vulnerable a las recesiones, que reventó con la crisis financiera de 2008 y la especulación internacional con deuda pública portuguesa.

El resto de la historia es conocido: la intervención externa de 2011 desencadena una contrarrevolución social de proporciones inesperadas y un proceso de transferencia de la riqueza sin precedentes en la historia nacional. Los sectores protegidos de la economía continúan produciendo fortunas crecientes, al mismo tiempo que, considerando los patrones de 2009, el porcentaje de la población que vive bajo el umbral de la pobreza pasa del 18% al 25%. El periodo de la intervención de la Troika es el más intenso en privatizaciones desde la Revolución, entregando al capital extranjero los aeropuertos, el control del sistema energético, un tercio del mercado de seguros, correos… y la lista de privatizaciones previstas para 2014 se extiende a los transportes aéreos, las líneas ferroviarias suburbanas y al tratamiento de residuos urbanos. Los números del desempleo son mal disfrazados por las iniciativas estatales que retiran de las estadísticas a una parte significativa de los desempleados y sobre todo por el éxodo forzoso de más de cien mil portugueses por año. Mientras tanto, de los que mantuvieron el empleo, más de la mitad recibían el salario mínimo (485 euros) o sufren recortes del 23% del salario. Existen en Portugal 5,5 millones de personas capaces de trabajar y 1,2 que están en paro o emigran. Casi un millón trabaja menos de 10 horas por semana. Un millón trabaja más de cuarenta horas por semana.

“Todo lo que es sólido…”

La ruta portuguesa de los últimos cuarenta años nos lleva a la amargura de la “irreversibilidad” de las conquistas populares inscritas en la Constitución de 1976. El gran miedo experimentado por la oligarquía portuguesa en aquel corto período fue el resultado de una transición democrática hecha “en caliente” (a diferencia de la experiencia de la transición española). En ella surgieron, después de las primeras erupciones del pueblo en la iniciativa social y política, en abril y mayo de 1974, los signos de la presencia del “viejo topo”, la revolución socialista, con incursiones en la propiedad privada y en el control del territorio y de las empresas. Pero el Estado nunca perdió el control y fue capaz de reconocer pacientemente victorias parciales y avances históricos, restableciendo el consenso, es decir, el control total de la clase dominante.

Cuando Portugal parece volver por el camino de los años sesenta (tiempos de desnutrición y de guerra, con centenares de miles de portugueses expulsados de su país), la actual tragedia portuguesa es una impugnación de las ilusiones gradualistas de ciertas izquierdas. Quien quiso ver en la crisis prerrevolucionaria de 1974-1975 el principio de un camino de modernización democrática y social del país, como pregonaba la doctrina del PCP en los años sesenta con sus teorías sobre las tareas de la revolución democrática antimonopolista, tienen hoy un triste retrato de lo que es una “democracia avanzada” bajo el poder del capital.

En esos diecinueve meses, totalmente únicos en la historia portuguesa por la dimensión del movimiento popular en el proceso revolucionario, el pueblo conquistó una dignidad como nunca antes y cambió toda la fachada del país.

Para la izquierda que hoy lucha por una mayoría social de ruptura contra el chantaje de los acreedores, que defiende la nacionalización de la banca y de los sectores estratégicos para la autodeterminación económica del país y la ruptura de los mecanismos que comprimen la democracia —los tratados europeos, el militarismo de la OTAN— la experiencia de la crisis prerrevolucionaria de 1974-75 continúa siendo una lección esencial sobre la naturaleza del poder de la burguesía, de su capacidad de supervivencia, adaptación y recomposición.

En esos diecinueve meses, totalmente únicos en la historia portuguesa por la dimensión del movimiento popular en el proceso revolucionario, el pueblo conquistó una dignidad como nunca antes y cambió toda la fachada del país. Por eso mismo, incluso en horas sombrías como estas que los trabajadores atraviesan hoy, las calles de Portugal vuelven a encenderse con la canción que en la madrugada del 25 de Abril dio la señal a los rebeldes para salir de los cuarteles,“Grandola, Vila Morena”, de Jose Afonso.

* Jorge Costa es periodista, miembro de la Comisión Política del Bloco de Esquerda. Es coautor de Dueños de Portugal. Cien años de poder económico y de Los burgueses: quiénes son, cómo viven, cómo mandan (2014) con Francisco Louçã y João Teixeira Lopes.

 

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