Por Facundo Nahuel Martín1

 

Introducción: sólo las exageraciones son verdaderas

Podemos pensar la ciencia ficción como el ejercicio sistemático de la exageración como método. No se trata simplemente de imaginar mundos posibles cualesquiera, sino de llevar a la hipérbole una o varias tendencias que ya están en curso en nuestra propia realidad, para imaginarnos cómo se transformaría el conjunto de nuestras vidas si esas tendencias desatadas llegaran a realizarse. En la ciencia ficción vale lo que dijo Adorno sobre el psicoanálisis: que sólo las exageraciones son verdaderas. El ejercicio de la exageración interpreta el presente más de lo que predice el futuro. No importa tanto si las proyecciones imaginadas se cumplen en tiempo y forma. Importa cuánto de nuestra propia existencia llegamos a entender mejor a partir de una exageración sistemática sobre lo que ya está en acto.

Las figuras delx transhumanx han poblado siempre a la ciencia ficción. Por una parte, nos preguntamos cada vez más por la posibilidad de que las máquinas que creamos lleguen a superarnos en inteligencia o a desarrollar una sensibilidad propia. Por la otra, lxs humanxs parecemos volvernos cada vez más parecidxs a las máquinas de las que dependemos, integrando prótesis en nuestras vidas y modificando nuestros cuerpos por medios técnicos. Elx cyborg representa la posibilidad de que las personas comencemos a mutar por diversos medios técnicos y pasemos a constituir híbridos mitad máquina, individuxs técnicamente modificadxs de diversos tipos, que desafíen las fronteras entre lo natural y lo artificial y pongan en cuestión los límites del concepto mismo de humanidad.

¿Qué dicen las interrogaciones cyborg de nuestro propio presente? ¿Qué tendencias en curso anuncian lo transhumano? Existen probablemente dos ámbitos donde el proceso social cala en los cuerpos poniendo en cuestión los límites de lo humano de manera más clara: el deporte y el género. Sin embargo, si se ha escrito mucho sobre el trastocamiento del género desde miradas que cuestionan a la propia categoría de humanidad, el deporte se ha pensado menos en esta clave. En este artículo voy a aportar algunos ejemplos del ámbito del deporte donde las fronteras entre la corporalidad natural y la fabricada, entre humanx y máquina, entre lo que aparece como naturalmente dado y lo que es un producto social técnico, se vuelven borrosas. La modificación protésica y hormonal de los cuerpos deportistas nos enfrenta hoy a preguntas de difícil respuesta donde la frontera de lo que juzgamos humano se pone en cuestión. La sospecha de que las categorías rígidas que separan lo natural de lo artificial y lo humano de lo no-humano se vuelven borrosas no nos aguarda en un futuro lejano: ya camina entre nosotrxs. La ciencia ficción, poblada de cyborgs y seres posthumanxs, a lo mejor, nos habla hiperbólicamente del proceso en curso en nuestras propias vidas.

Las piernas no son tan importantes para correr

En los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008 hubo algunas controversias en torno a la participación de Oscar Pistorius en las carreras de velocidad. El corredor (que años más tarde sería condenado por el femicidio de su novia) fue amputado en las dos piernas cuando era un bebé, por haber nacido sin peroné. Corriendo con dos prótesis de fibra de Carbono, Pistorius alcanzó los récords mundiales en los 100, 400 y 600 metros llanos para atletas con doble amputación de las piernas. Cuando intentó clasificar para las Olimpíadas, en un principio se le negó la participación: según la IAAF (International Asociation of Athletics Federations), sus prótesis representaban una ventaja injusta contra otrxs competidores. Según el reporte científico en el que se basó esta asociación, la compresión de las prótesis al contacto con el suelo acumula (para luego liberar) una cantidad de energía que es absorbida por el cuerpo de lxs atletas sin prótesis. El rebote de la prótesis daría lugar a una ventaja injusta. Sin embargo, Pistorius apeló la decisión de la IAAF ante un tribunal de arbitraje, que contrató a un nuevo equipo de científicxs para nuevas pruebas. Según este segundo grupo de investigadorxs, el modo de correr del atleta es “fisiológicamente similar pero mecánicamente diferente” al de lxs corredorxs no amputadxs. Por ejemplo, al ser más livianas, las prótesis podrían devolverse a la posición original más rápidamente después de cada zancada, entre otras importantes diferencias físicas. Sin embargo, el tribunal de arbitraje decidió que Pistorius no correría con ventajas injustas frente a lxs demás debido a que utiliza las mismas fuentes energéticas que ellxs (el metabolismo humano, etc.). Lxs árbitrxs decidieron poner el límite entre lo humano normal y lo humano aumentado en los procesos fisiológicos que permiten al cuerpo delx atleta moverse y no en las condiciones físicas y anatómicas (que en este caso son protésicas). En otras palabras: no se permitiría a lxs corredorxs ponerse corazones o pulmones mecánicos, pero sí piernas de fibra de carbono. Al parecer, las piernas no son tan importantes para correr.

Oscar Pistorius

 

Esteroides anabólicos y “hacer trampa”

Extrañamente, las prótesis mecánicas fueron excepcionalmente permitidas en una competencia de carreras, pero ciertas hormonas sintéticas (o sustancias homólogas) están prohibidas de manera estricta en casi todos los deportes. Ahora bien, ¿no puede elx cyborg crearse por la vía de las hormonas antes que por los implantes mecánicos? ¿Un cuerpo necesita incorporar piezas mecánicas para volverse cyborg? ¿O basta con que mute de modo científicamente controlado?

Los esteroides anabólicos androgénicos son sustancias químicas que favorecen, entre otras cosas, el desarrollo de la masa muscular, afectando positivamente el rendimiento en varios deportes relacionados con la fuerza y la velocidad. Se los llama anabólicos porque favorecen la biosíntesis molecular (la creación de tejidos) y esteroides por algunos rasgos de su composición química (de sus características androgénicas hablaré más abajo). Descubiertos en Alemania a fines de los años 30, los esteroides anabólicos están prohibidos en la mayoría de los deportes, especialmente desde fines de los 60. La mayoría de las federaciones deportivas consideran que usar anabólicos es hacer trampa y que lxs atletas deberían competir “naturalmente”, esto es, sin aumentar sus cuerpos mediante este tipo de sustancias.

Existen, sin embargo, algunas actividades físicas organizadas donde el uso de esteroides anabólicos androgénicos no es perseguido. No es claro que el fisicoculturismo sea un deporte, ya que no enfrenta a las personas en una competencia de rendimiento. En cambio, lxs culturistas compiten puramente por la forma de sus cuerpos, lo que impone criterios que serían irrelevantes para lxs atletas (por ejemplo, la simetría de los músculos pectorales es importante en el fisicoculturismo). En cualquier caso, esta actividad física nos da una pauta de cómo el entrenamiento, la dieta y la suplementación deportiva inciden en la transformación del cuerpo humano.

Mr. Olympia es probablemente la competencia de fisicoculturismo más importante del mundo. Formalmente, existe una importante lista de sustancias cuyo uso está prohibido en estos eventos. Sin embargo, la IFBB (International Federation of Bodybuilding and Fitness) no suele testear efectivamente a lxs bodybuilders. Desde 1965, los participantes de Mr. Olympia sólo fueron sometidos a pruebas de dopaje exhaustivas en un único año: 1990. Ese mismo año, el Congreso de Estados Unidos promulgó la Steroids Act, mediante la cual el consumo, la tenencia y la comercialización de esteroirdes pasaron a considerarse como crímenes del mismo nivel que el tráfico de cocaína o heroína en el país del norte. Con todo, para la IFBB, el intento por adaptarse a las nuevas y más conservadoras normas estadounidenses no prosperó. De los 20 hombres que se subieron al escenario compitiendo por el título de Mr. Olympia en 1990, 5 serían pronto descalificados por las pruebas de doping. Y, peor aun, para los ojos de jueces y expertxs, todos los culturistas de ese año se vieron más pequeños y menos desarrollados que en eventos anteriores. Después del traumático asunto, la IFBB nunca legalizó formalmente el uso de anabólicos esteroides, pero tampoco volvió a controlarlo efectivamente. En un ámbito donde siempre más grande es mejor, mantener una vigilancia estricta sobre el uso de drogas anabolizantes iría en detrimento de los objetivos perseguidos por la competencia como tal.

Basta simplemente leer la relación entre peso corporal y estatura de lxs fisicoculturistas modernxs para entender en qué medida sus cuerpos son, de una manera que la humanidad no conoció hasta ahora, socialmente producidos. Ronnie Coleman, ganador de Mr. Olympia durante 8 años consecutivos, llegó a acumular 136 kilogramos de masa corporal magra con una estatura de 1,80 metros (cuando no está compitiendo, y se permite engordar, suele pesar hasta 145 kg). Lxs fisicoculturistas alcanzan masas corporales magras humanamente imposibles sin los aportes artificiales y sintéticos de la ciencia y la técnica interviniendo el cuerpo. Nuevamente: esx híbridx que se instala en las fronteras de lo humano no tiene necesariamente una mitad mecánica. Las hormonas y sus homólogos sintéticos bastan para producir cuerpos que es necesario considerar tan cyborg como los implantados por prótesis mecánicas.

El fisicoculturista Rolley Winklaar

Ahora bien, ¿qué pasa en los deportes donde sí hay controles de doping? El ciclista Lance Armstrong ganó el Tour de France siete veces consecutivas y obtuvo una medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de 2000. Entre 2012 y 2013, tras una serie de denuncias por dopaje que fueron probadas en diversas instancias judiciales, el ciclista fue despojado de todos sus títulos deportivos, se le exigió que devolviera la medalla olímpica y se le prohibió de por vida volver a competir en instancias profesionales. Al parecer, el mejor del mundo era un tramposo. Sin embargo, logró esquivar los controles durante casi dos décadas de competencias. Esto nos hace sospechar no sólo que todo el mundo hace trampa y el doping es generalizado en los deportes contemporáneos, sino también que los controles profundizan la brecha entre lxs atletas que disponen de recursos (entre otras cosas, para tapar sus prácticas de dopaje) y aquéllxs que no.

Pero podemos ir todavía un poco más lejos. La barrera que separa a lxs atletas que consumen drogas para mejorar el rendimiento de aquéllos que no lo hacen es también bastante borrosa. Digamos que unx sujetx normal consume unos 0,8 g. diarios de proteína por kg. de masa corporal. Es decir que una persona de 70 kg. debería consumir unos 56 g. de proteína por día. Normalmente, unx levantadorx de pesas profesional duplica o triplica esa ingesta. Y lo hace en un programa rigurosa y precisamente prescripto por un equipo técnico que incluye entrenadorxs, médicxs, técnicxs que se actualizan constantemente sobre las novedades en el mundo de la preparación y la nutrición deportiva. Algo no tan diferente de lo que hacen lxs fisicoculturistas buscando las mejores formas de suplementar sus dietas con anabólicos esteroides. Otro tanto podríamos decir de la planificación de las rutinas de entrenamiento, los tiempos de descanso y los métodos de levantamiento. Parece que el deporte, en las esferas más altas de la competición, siempre consiste en producir social y científicamente los cuerpos de lxs atletas, cuyas capacidades son producto del saber científico (y también deportivo) acumulado por la sociedad.

 

Dopaje y género

Hasta la fecha no ha sido posible sintetizar anabólicos esteroides no androgénicos. Todos los anabólicos fabricados hoy generan también cierto desarrollo de caracteres masculinos secundarios (vello facial, cambios en el tono de voz, etc.). Por eso se habla de esteroides anabólico-androgénicos. La razón para esta asociación es que los anabólicos son en su mayoría análogos biológicos de la testosterona, hormona que los varones cis suelen poseer en mayores cantidades y que es responsable tanto por el mayor desarrollo de la masa muscular como por la generación de los mencionados caracteres masculinos.

La República Democrática Alemana fue conocida por incurrir de modo sistemático, compulsivo e inconsulto en prácticas de dopaje sobre sus atletas en el marco del llamado Plan Estatal 14,25. Este programa centralizaba la investigación, el desarrollo y el suministro de drogas que mejoraran la performance deportiva, velando también por mantener todo el asunto lo más invisible que se pudiera frente a los controles de doping más estrictos de la década del 70. Existen, incluso, sospechas serias sobre el empleo de agentxs de la KGB que se hacían pasar por juecxs para hacer aprobar los tests a ciertxs deportistas. Muchxs atletas de Alemania Oriental fueron víctimas del dopaje estatal coercitivo. Entre ellxs se cuenta Andreas Krieger (nacido Heidi Krieger en 1966), ex lanzador de bala. Desde los 16 años de edad, cuando competía en la división de mujeres, le fueron administradas cantidades significativas de testosterona para mejorar su performance atlética. A raíz de este masivo dopaje desarrolló rasgos masculinos visibles de manera irreversible. Ya retirado, en 1997 Krieger decidió someterse a una operación de reasignación de género y vivir el resto de su vida como un hombre trans. Años más tarde declaró que se sentía contento de ser un hombre y que siempre había tenido cierto deseo de convertirse en un varón, pero que la administración compulsiva de sustancias androgénicas le impidió descubrir esto por sí mismo. Hoy está casado con la ex-nadadora Utte Krause, que también fue víctima del plan 14,25, y ambos militan en una organización de víctimas del dopaje compulsivo en la ex-RDA.

Andreas Krieger en los años 80

La historia de Andreas Krieger es, sin duda, horrorosa por el elemento compulsivo y coactivo con que el atleta fue inducido a la reasignación de género. En otros contextos donde media la decisión libre de las personas, entendemos que el acceso a hormonas y otras sustancias para alterar la expresión de género es una conquista de la autonomía sobre los cuerpos y de la libertad para decidir el propio género. Esto nos pone, de vuelta, frente a delimitaciones normativas novedosas. Si los esteroides anabólicos están prohibidos en muchos países y se los persigue duramente en la mayoría de los deportes, en un contexto diferente consideramos que la administración de hormonas y sustancias similares es un derecho básico ligado a la posibilidad de alterar nuestros cuerpos conforme nuestra auto-percepción y deseos.

 

Deporte trans

La participación de atletas transgénero en diferentes deportes ha generado controversias importantes porque parece que nos enfrenta a un conflicto normativo entre criterios con pretensiones de validez igualmente legítimas, esto es, a un dilema moral. De una parte, entendemos que es justo tratar a las personas transgénero conforme su género autopercibido y no según el género asignado al nacer. Tratar a las personas con las categorías de género que ellxs consideren adecuadas para sí mismxs constituye una forma básica y fundamental de respeto a la autonomía e integridad individuales. De otra parte, los comités deportivos se preocupan por la igualdad de condiciones y tratan de evitar que algunxs competidorxs gocen de ventajas injustas por sobre otrxs. Esto presenta problemas, generalmente, para la clasificación de mujeres transgénero que fueron asignadas como hombres al nacer. Existen varios factores tanto genéticos como ambientales que provocan diferencias difíciles de revertir entre los desempeños atléticos de sujetxs asignados como hombres y como mujeres (aceptemos por un momento esas categorías, que enseguida vamos a mostrar que son también problemáticas). En términos hormonales, la mayor secreción de testosterona de la mayoría de los varones cis genera una disposición mayor al desarrollo muscular, lo que conlleva una serie de ventajas en varios deportes, particularmente en los relacionados con la fuerza y la velocidad. Estas ventajas, además, muchas veces se han plasmado en el cuerpo en etapas tempranas de desarrollo y son por eso difíciles de revertir. Desde el punto de vista social y cultural, todavía hoy (aunque esta brecha ha tendido a reducirse) las familias estimulan en los varones una temprana iniciación deportiva. En la sociedad patriarcal, los varones suelen contar –llegada la adultez– con un mayor “capital deportivo” acumulado desde la niñez. Todo esto, para algunas federaciones deportivas, genera una serie de ventajas injustas a favor de las mujeres trans que fueron socializadas como varones durante años y deciden competir con otras mujeres a cierta edad.

Las consideraciones de arriba, sumadas al conservadurismo de las pautas culturales, muchas veces condujeron a la exclusión de las personas trans de varios deportes. En 1975 la tenista Reneé Richards, que se había sometido recientemente a una operación de reasignación de género, fue invitada a participar a un torneo preparatorio del US Open. Esto generó un pequeño escándalo en el deporte, una queja formal de las asociaciones de tenis femenino y el retiro de la competencia de 25 de las 33 atletas inscriptas. Posteriormente exigieron a Richards que realizara una prueba para identificar sus cromosomas sexuales, que ella se negó a hacer, lo que llevó a su descalificación. Richards demandó a las asociaciones de tenis por violación de sus derechos civiles y la justicia de dio la razón, habilitándola para competir como “legalmente mujer”. En 1977 logró entrar en el US Open, para ser derrotada en la primera ronda.

Ahora bien, la exclusión de atletas transgénero se mantiene también, muchas veces, en casos donde la reasignación de género no implica ninguna ventaja para elx atleta, lo que da cuenta más de la persistencia de pautas culturales conservadoras que de criterios de justicia. En 2017 y 2018, el luchador trans Mack Beggs fue obligado a competir en la división de mujeres (en la que se impuso ampliamente), a pesar de su vocación y activismo expresos por participar en la división masculina. Sin embargo, mientras que la transición Male to Female podría implicar algunas ventajas difíciles de contrarrestar en un deporte como la lucha olímpica, por el contrario, la transición F to M no implica ninguna ventaja fisiológica o anatómica para el atleta trans sino, probablemente, todo lo contrario. Nuevamente, el caso no se explica sino por el conservadurismo cultural de las federaciones deportivas que rigen la lucha olímpica.

Mack Beggs

Hoy, el Comité Olímpico Internacional intenta conciliar los dos criterios normativos mencionados arriba, tratando de respetar la autonomía de las personas trans en un marco que no genere diferencias injustas en la competición. Sin embargo, las maneras de plasmar esto presentan situaciones complejas y ambiguas por doquier, que se reflejan en las sucesivas modificaciones de la normativa. En 2003 se aceptó formalmente la participación de mujeres trans en las categorías femeninas de los deportes olímpicos, a condición de que las atletas tuvieran legalmente estatus de mujeres, se hubieran sometido a una gonadectomía (extirpación de los testítculos) y encarado una terapia hormonal por un período de tiempo considerable. Desde 2015 las autoridades entendieron que las dos primeras condiciones exigidas eran violatorias de los derechos humanos (en varios países no es legal la reasignación de género, por lo que exigirla excluía a muchas personas, y forzar a las atletas a extraerse los testículos para participar en una competencia deportiva parecía “un poco” violento sobre sus cuerpos). Hoy rige un criterio menos restrictivo: basta que las atletas trans no cambien su asignación de género durante cuatro años y demuestren niveles de testosterona bajos (debajo de 10 nanomoles por litro de sangre) durante un año completo antes de la competencia, para que puedan participar en las divisiones femeninas. A los atletas trans varones, en cambio, no se les exigen pruebas específicas ya que se considera que han cedido, y no ganado, ventajas competitivas con la reasignación de género.

 

¿Dos sexos naturales bien diferenciados?

Ahora bien, ¿hay en la naturaleza dos sexos claramente diferenciados? ¿Todas las personas venimos de fábrica con un paquete biológico masculino o femenino, con independencia de que las pautas culturales y/o nuestras decisiones libres nos lleven a reformular, reasignar o rechazar esa asignación de género original? Simplemente, ése no es el caso: el binarimo masculino/femenino es más una construcción cultural que un duro hecho de la biología. De vuelta, algunas historias deportivas dan testimonio de esto.

María José Martínez Patiño es una ex atleta española especializada en carreras de vallas. En el año 1986, mientras se encontraba en Japón por una competencia, tuvo que tomar un test de cromosomas para certificar su condición de mujer. El test fue una sorpresa para ella y su equipo: tenía los cromosomas sexuales propios de un varón cis (XY). Cuando su historia se filtró, Martínez Patiño fue expulsada del equipo español de atletismo, despojada de sus títulos, le fue retirada su beca y hasta fue abandonada por su prometido. Estudios posteriores confirmaron que era una mujer intersex, con testículos internos y que no poseía ovarios. Sin embargo, también acabó por demostrarse que era insensible a la testosterona. Si bien tenía niveles de testosterona más altos que los de una mujer cis promedio, la hormona en su sangre no estaba disponible para ser utilizada por su cuerpo. Las personas con síndrome de insensibilidad androgénica, como ella, se expresan como mujeres y suelen ser asignadas socialmente como tales, ya que no desarrollan características masculinas incluso si poseen testículos, debido a que su cuerpo no “aprovecha” biológicamente las hormonas andrógenas. Al cabo de algunos años y tras apelar a la justicia, las autoridades deportivas revisaron su situación y le permitieron volver a competir. Martínez Patiño no logró clasificar por un estrecho margen para las Olimpíadas de 1992, retirándose un tiempo después.

Existen varias otras historias de personas intersex en los deportes que suelen poner en problemas a los criterios binarios de categorización de lxs atletas. En tiempos más recientes, la ya mencionada IAAF (órgano que regula el atletismo) obligó a Caster Semenya (sudafricana especialista en la carrera de 800 metros llanos que ganó la medalla de oro en las Olimpíadas de 2016) a someterse a un tratamiento para disminuir sus niveles de testosterona en sangre. Semenya es una mujer  hiperadrogénica, lo que significa que su cuerpo produce espontáneamente más testosterona que los de otras mujeres. Curiosamente, si los anabólicos esteroides están prohibidos en la mayoría de los deportes, sin embargo las autoridades olímpicas consideran legítimo obligar a una persona que produce “naturalmente” más testosterona de la “normal” consumir sustancias sintéticas no tan diferentes (pero de efecto contrario) a las empleadas por lxs fisicoculturistas. Parece que el deporte confronta cuerpos humanos naturales, a menos que la naturaleza se equivoque. En esos casos, sería legítimo para las autoridades “desnaturalizar hormonalmente” a una persona para garantizar que compita en paridad de condiciones con lxs demás.

Martínez Patiño en los 80

La naturaleza no reconoce en todos los casos dos sexos absolutamente diferenciados y delimitados de manera binaria. No puede establecerse un único criterio universalmente aplicable para separar qué es en todos los casos masculino y femenino. Ni los cromosomas, ni los genitales, ni los niveles de hormonas en la sangre delimitan con claridad un sexo biológico. Es posible poseer cromosomas XY y no tener un pene. Es posible tener gónadas femeninas y producir altas cantidades de testosterona, etc. Eso que llamamos varones y mujeres tiene más que ver con las formas como procesamos culturalmente cierta correlación entre el fenotipo y la expresión social del género que con la “pura biología”.

 

El deporte en los límites de lo humano

La recolección de historias de más arriba nos pone ante una serie de preguntas difíciles sobre la naturaleza humana y el género que se presentan en el deporte contemporáneo. Los terrenos resbaladizos donde se suspenden las fronteras entre los géneros, entre lo natural y lo artificial, entre humanx y máquina, no son mera ciencia ficción. O, mejor, la ciencia ficción no es otra cosa que la exageración imaginaria y sistemática de nuestra propia vida actual y no sólo futura.

Los ejemplos de arriba se podrían ampliar masivamente y encontraríamos innumerables problemas análogos a los mencionados. La frontera entre atletas “naturales” y “dopadxs”, con prótesis y sin prótesis, trans y cis, varones y mujeres no parece clara, y se vuelve menos clara a medida que la intervención científicamente orientada de los cuerpos humanos se profundiza. Unx deportista de alto rendimiento es cualquier cosa a excepción de unx sujetx natural que, con una combinación de trabajo duro y talento, compite con otrxs para probar sus capacidades como individux. Las competencias de alto rendimiento testean tanto a lxs individxs que participan en ellas como a lxs técnicxs, médicxs y especialistas que lxs fabricaron. Esto incluye decisiones técnicas sobre la dieta y el entrenamiento que alcanzan niveles de precisión y elaboración sólo posibles gracias al empleo sistemático de conocimientos médicos, así como a la difusión de métodos de entrenamiento y técnicas deportivas a nivel mundial. Lxs deportistas de hoy son, al igual que lxs fisicoculturistas dopadxs o lxs corredorxs con prótesis, individuxs cuyos cuerpos fueron modificados socialmente por el concurso de conocimientos técnicos y científicos. Y esto ocurre con o sin dopaje o prótesis: la administración de drogas anabolizantes  o de piezas mecánicas sólo profundiza un proceso en curso en todos los deportes, de todas maneras. El cuerpo delx deportista siempre ya fue fabricado o modificado por el saber socialmente acumulado en torno a la competición.

Obviamente, en la modificiación científica y tecnológica de los cuerpos intervien criterios de mercado que profundizan diferencias enormes (y muchas veces injustas) entre lxs atletas. Lxs deportistas con acceso a más recursos, sea porque provienen del centro global o porque compiten en deportes más rentables, acceden a lxs mejorxs técnicos, médicxs y entrenadorxs. Esto les permite rediseñar sus cuerpos disponiendo del conocimiento social acumulado en un momento dado, mientras que otrxs atletas deben conformarse con acceder de manera muy parcial a ese conocimiento. En un mundo capitalista, la difusión "universal" de saberes y técnicas no es nunca verdaderamente universal ni libremente accesible, sino que está cortada por desigualdades injustas en términos de clase, raza, género y posición geográfica.

En todos los casos citados traté de reconstruir cómo las autoridades encontraron escenarios ambiguos, esquivos y borrosos que las llevaron a vacilar y cambiar varias veces de posición a la hora de delimitar la frontera que separa lo permitido de lo prohibido. La diferencia entre unx atleta que hace trampa con prótesis o suplementos y unx que compite en condiciones igualitarias, al igual que la diferencia entre atletas femeninxs y masculinxs, parece cada vez un poco arbitraria, contestable o por lo menos perfectible. No sólo se trata, como dice cierto sentido común, de que el deporte vaya siempre adelante en una carrera del progreso que va moviendo los límites de lo posible batiendo récord tras récord. Se trata de algo más complejo y es que el proceso en curso pone en cuestión los límites de lo que es o no unx humanx no modificadx. Probablemente, con el tiempo resulte más simple dejar de pensar que existen cuerpos “naturales” en el deporte y podamos comenzar a elaborar criterios de justicia asumiendo que el cuerpo de lxs deportistas ya es un cuerpo artificial y protésico, fabricado socialmente a partir de la ciencia, la técnica y los aprendizajes específicos de cada deporte. A continuación voy a citar tres modelos teóricos que iluminan estas transformaciones del cuerpo deportista en las que se anuncia elx cyborg de diferentes maneras.

 

El modelo biodrag

Los feminismos se han adelantado a pensar el significado político delx cyborg, con su potencial desnaturalizador de todo lo heredado. No otra cosa subyace a las elaboraciones de Donna Haraway y Paul Preciado. Este último estudia especialmente la constitución biodrag de las identidades de género modernas. El género, al menos en la sociedad capitalista, ha sido siempre una producción social donde intervienen dimensiones protésicas y hormonales.

La teoría queer nos ha inducido a pensar que el género no es un dato biológico sino un efecto de los códigos lingüísticos y sociales que lo producen. Los géneros se crean en las prácticas ritualizadas de repetición o citación de códigos sociales compartidos o impuestos. Los roles de género se desempeñan o el género es algo que unx hace, como se desempeñan un rol, una función social o un papel en una obra teatral. Preciado agrega que no existen cuerpos naturales originariamente completos y bien formados, que luego serían intervenidos con prótesis y tecnologías. En cambio, los cuerpos generizados modernos son fabricados en parte gracias a intervenciones sobre ellos donde las prótesis y hormonas cumplen un rol.

Preciado se detiene a pensar el significado social de las prótesis y hormonas. No sólo hacemos prótesis para reemplazar órganos originales faltantes, sino que alteramos la constitución misma de lo que se pretende natural u original a partir de la intervención protésica de los cuerpos.

La prótesis no reemplaza solamente a un órgano ausente; es también la modificación y el desarrollo de un órgano vivo con la ayuda de un suplemento tecnológico. Como prótesis del oído, el teléfono permite a dos interlocutores distantes intercambiar una comunicación. La televisión es una prótesis del ojo (…) (Preciado, p. 132).

Las tecnologías desplegadas en el capitalismo alteran la composición de nuestros órganos creando retrospectivamente la carencia de las prótesis que los suplementan. La técnica moderna “inventa” cada vez las discapacidades que viene a suplementar. “Cada nueva tecnología recrea nuestra naturaleza como discapacitada con respecto a una nueva actividad que requiere ser suplida tecnológicamente” (Preciado, p. 133). El cuerpo, incluso el cuerpo “completo” y “sano”, siempre-ya ha sido atravesado por tecnologías cuya racionalidad es protésica.

El modelo biodrag de Preciado comprende al sexo, el género y el cuerpo como resultados de tecnologías donde las performances sociales se cruzan con las intervenciones protésicas y hormonales. Recuperando los casos de arriba, podemos pensar que en todx atleta se anuncia ya elx cyborg, que existe en una zona híbrida entre elx humanx y la máquina. En el deporte, como en el género, parece cada vez más difícil trazar fronteras que delimiten lo natural de lo artificial, lo normal y lo intervenido técnicamente. El truco burlón delx cyborg, después de todo, parece ser devolvernos la mirada y poner en cuestión los límites que aseguran nuestra propia identidad como humanxs pretendidamente bien constituidxs.

 

El modelo delx individux social

Marx pensó la sociedad capitalista a partir del carácter contradictorio de las formas de socialización de las personas. El capitalismo genera a la vez la radical interdependencia y la mayor independencia de lxs individxs. El elemento de independencia individual es más conocido: el pasaje al capitalismo vino acompañado, en varios ámbitos, de un retroceso de las relaciones de dominación personal a favor de un nexo social impersonal, anónimo y abstracto. Las sociedades precapitalistas son, en su mayoría, sociedades abiertas (Postone, 1993) donde las relaciones entre las personas aparecen como lo que son, como relaciones de dominación directa entre individuxs o grupos. En cambio, en el capitalismo las personas aparecen por doquier como independientes y autónomas. Aparentemente, nadie está sujetx a nadie, al menos dentro del ámbito formal de la economía de mercado (la situación de las mujeres en el hogar, como la de las poblaciones racializadas en las periferias desmiente parcialmente esto, pero no voy a ocuparme de esta cuestión acá). En la economía oficial de la producción de valor lxs individuxs se vinculan contractualmente sobre la base de su independencia personal recíproca.

Sin embargo, la sociedad capitalista genera una interdependencia social enorme, también inédita históricamente. Si miramos a las sociedades precapitalistas (aunque con algunas excepciones, claro) encontramos que allí prima por doquier la producción para la autosubsistencia o el autoconsumo. El intercambio existe en muchas partes, pero no rige la producción como tal. Eso condiciona una gran independencia económica de las unidades productivas. Una aldea medieval o un ayllu incaico pueden ser formas sociales poderosamente autónomas, que producen casi todo lo que consumen. Por el contrario, el capitalismo instaura por doquier la producción de mercancías, que son fabricadas para ser intercambiadas en el mercado. Lxs productorxs, entonces, deben obtener lo que consumen a partir del intercambio con otrxs, que se difunde, multiplica y especializa al extremo.

Este segundo aspecto de la sociedad capitalista, la generación de interdependencias materiales cada vez más acentuadas, implica que las necesidades y capacidades de las personas tienden a volverse socialmente producidas en un sentido nuevo. Podemos pensar que las necesidades y capacidades humanas siempre fueron un producto social (¿cómo podrían no serlo?), pero en el capitalismo todo ese proceso se vuelve social en el sentido de que pasa a depender de la interacción general a nivel mundial. En tiempos donde no se producía para el intercambio, distancias geográficas relativamente modestas podían implicar diferencias grandes en asuntos como los métodos de producción agrícolas, los modos socialmente establecidos de fabricar cosas o los patrones de consumo. En el capitalismo todo esto se socializa y universaliza de manera acelerada y general. Una fábrica de autos en los suburbios de Buenos Aires produce, entonces, con máquinas importadas, controladas por un software producido en Japón, etc. En las grandes ciudades, las personas desarrollamos procesos novedosos de hibridación cultural por los cuales nuestras necesidades de consumo se vuelven socialmente generadas, pero ya no por nuestra cultura particular sino por el mercado mundial. Esto es particularmente visible en la cocina donde, por ejemplo, se vuelve normal encontrar sushi o comida italiana en cualquier ciudad del mundo.

En el capitalismo, entonces, la creación de necesidades y capacidades humanas por el proceso social adquiere una escala mundial y lleva a niveles de interdependencia mucho mayores a los de las sociedades previas. Éste es a la vez un proceso de universalización de los procesos productivos y hábitos de consumo, que se vuelven más globales, y un proceso de diferenciación o pluralización de esos hábitos y métodos, porque las personas desarrollan capaciades y necesidades nuevas y más heterogéneas en cada lugar.

Marx llama a las nuevas personas creadas por el proceso social del capital “individuxs sociales”. El capitalismo, dentro de una dinámica de dominación, pone la universalidad real delx individux. Para estx sujetx social, sus necesidades y capacidades, su consumo y sus fuerzas productivas, son producto de un proceso de intercambio general que tiende a abolir todas las formas unilaterales y determinadas de reproducción de la existencia colectiva y movilizar todas las maneras tradicionales de tratar con el valor de uso.

Marx comprendió bien el potencial emancipatorio y las posibilidades postcapitalistas de la lógica de socialización contradictoria abierta por el capital. Básicamente, el proceso de hibridación, pluralización y universalización de las capacidades y necesidades humanas en el capitalismo se da de forma alienada, esto es, se somete a los imperativos ciegos de la acumulación y no a un proceso de deliberación democrática y consciente. Marx propone, entonces, que es posible desplegar el proceso de universalización multilateral abierto por la socialización capitalista, pero llevándolo más allá de ella. Esto significaría la reapropiación por parte de las personas de las potencias dinámicas y transformadoras desatadas por el capital. Esta perspectiva nos lleva a pensar que el proceso creativo, disolvente, liberador y terrible de la modernidad es el único con el potencial para superar al capitalismo.

A lo mejor podemos pensar a lxs atletas modernxs como ejemplos paradigmáticxs de eso que Marx llama individuxs socialxs. En efecto, sus capacidades deportivas fueron creadas por potencias sociales generales mediadas científica y tecnológicamente. Con o sin hormonas, con o sin prótesis, los cuerpos de lxs deportistas son producidos por procesos sociales colectivos de escala mundial. En esos cuerpos, como en las máquinas del siglo XIX estudiadas por Marx (podríamos hablar acá de un modelo maquínico), se plasman los saberes colectivos acumulados por la sociedad al nivel del globo. Unx atleta es más unx individux social que un cuerpo humano natural que entrenó duro.

Ahora bien, como pensador del siglo XIX, Marx imaginó alx individux social en una clave humanista. Lx concibió como unx sujetx que encierra en sí la multiplicidad de formas y potencialidades de lo humano porque ha sido producido por la multilateral socialización del capital (y que encierra las capacidades para trascenderla). No llegó a preguntarse si sería posible ir más allá de lo humano en el movimiento de la modernidad que aúna la universalización y la multilateralización de las capacidades sociales.

 

El modelo xenofeminista

Desde hace algunos años, un disperso conjunto de pensadorxs vienen sosteniendo que es preciso dejar de resistir al capital para, en cambio, empezar a pensar en cómo impugnarlo históricamente de modo global. Estxs críticxs y activistas se preguntan qué fuerzas sociales potencialmente liberadoras han sido desatadas por el propio capital, entendiendo que el capitalismo se caracteriza por poner en marcha potencialidades históricas cuya realización lo superaría. Este modo de pensar, que se autodenominó aceleracionismo (Srniceck y Williams, 2013), no tardó en ser reapropiado desde el feminismo. En 2015 el colectivo Laboria Cuboniks produjo el Manifiesto Xenofeminista, que aboga por un transhumanismo materialista, abolicionista del género y antinaturalista. Lxs xenofeministas buscan aprovechar el potencial emancipatorio de la alienación, pero con esto no se refieren a la alienación que es producto del fetichismo de la mercancía sino al potencial de la técnica para desnaturalizar el género y lo humano como tal.

El xenofeminismo no cree que la tecnología sea políticamente neutral. Tampoco que propulse por sí misma el progreso. Sin embargo, la tecnología moderna posee un enorme potencial emancipador que es constantemente limitado, desaprovechado o dirigido a los peores fines bajo los imperativos del capital. “El potencial emancipatorio real de la tecnología sigue sin cumplirse” (Cuboniks, p. 2).

El colectivo Cuboniks, que vindica la síntesis de feminismo y racionalismo, propone la modificación sintética del género y otras categorías dizque naturales como horizonte emancipatorio.

“Abolir el género" es una manera de enunciar la ambición de construir una sociedad donde las características ensambladas actualmente bajo la rúbrica del género ya no construyan una red para la asimétrica operación del poder. "Abolir la raza" se expande en una fórmula similar –que la lucha debe continuar hasta que las características racializadas ya no sean causa de discriminación más de lo que lo es el color de ojos. En última instancia, cada abolicionismo emancipatorio debe inclinarse hacia el horizonte de la abolición de clase, dado a que es en el capitalismo donde encontramos la opresión en su forma transparente y desnaturalizada” (Cuboniks, p. 6, traducción enmendada).

Este proyecto de triple abolición (del género, la clase y la raza como codificaciones de dominación) conduce, también, a un transhumanismo consciente: “Nuestro lote está con la tecnociencia, donde nada es tan sagrado que no puede ser reingeniado y transformado para ensanchar la apertura de nuestra libertad, extendiéndose al género y lo humano” (Cuboniks, p. 7). Ni las divisiones de género, ni la propia naturaleza humana, resisten a las posibilidades de intervención sobre los cuerpos, donde las modificaciones protésicas u hormonales son sólo los ejemplos más salientes de la dinámica general de la modernidad sobre el cuerpo. Según estxs aceleracionistas, las hormonas sintéticas y sus homólogos encierran un gran potencial para desnaturalizar cualquier normatividad impostada de antemano.

El manifiesto cierra con un llamado ético y político antinaturalista: “Si la naturaleza es injusta, ¡cambiemos la naturaleza!” (Cuboniks, p. 11). La falacia naturalista en filosofía consiste en deslizarse desde el ser hasta el deber ser de modo ilegítimo. El naturalismo extrapola que, puesto que las cosas son así, deberían seguir siendo así. Contra todo concepto normativo fijo de la naturaleza, el xenofeminismo piensa los cuerpos como objetos y sujetos legítimos de intervención protésica y tecnológica, mecánica y hormonal. Considera que sólo recuperando ese potencial alienante de la tecnología moderna, ese potencial para transformarlo todo incluyendo nuestras identidades, es posible construir un proyecto emancipatorio a la altura de nuestro tiempo.

El modelo xenofeminista nos permite pensar los cuerpos intervenidos de lxs deportistas. Contra las miradas naturalistas que intentan restringir las competencias a cierta idea de normalidad corporal desmentida por doquier, este modo de pensar nos dice que tal vez la modificación hormonal y protésica de los cuerpos abre, más de lo que cierra, las posibilidades de las personas. A lo mejor lo interesante del deporte moderno es que hace competir a cuerpos socialmente producidos que son, de muy diversas maneras, tan cyborg como los cuerpos fantásticos de la ciencia ficción.

 

Conclusiones

A partir de una colección de situaciones en el deporte donde las fronteras de lo humano parecen seriamente puestas en cuestión, arriba recuperé tres modelos teóricos (el biodrag de Preciado, el maquínico de Marx y el xenofeminista de Cuboniks) que permiten entender las transformaciones de los cuerpos deportistas en una clave no humanista, donde zozobran algunas de nuestras categorías morales y sociales, como las que separan a unx atleta natural de unx aumentadx, a un varón de una mujer, etc.

Los filósofos Marshall Berman y Bolívar Echeverría, de diferentes maneras, sostuvieron que la modernidad es vivenciada por las personas como un proceso ambiguo y dual. Pienso que este carácter equívoco de la modernidad puede separarse en dos aspectos. Por un lado, hay una contradicción entre modernidad y capitalismo. La modernidad como proceso de disolución de los lazos tradicionales de dominación personal y estructuración de un vínculo social abstracto que produce nuevas formas de multilateralidad social, puede separarse en potencia del capitalismo como economía orientada al plusvalor y fundada en la explotación. La modernidad se presenta ambigua en su forma capitalista (que también es racista y hetero-patriarcal) porque todas sus conquistas liberadoras vienen mezcladas con la dominación. Sin embargo, es posible pensar una modernidad más allá del capital. Esta modernidad emancipatoria proseguiría el movimiento de disolución, abstracción y reconstitución del nexo social en curso, pero liberándose de las compulsiones opresivas de la acumulación y la explotación.

Existe, con todo, otra ambigüedad más profunda en la experiencia de la modernidad. Una que podemos imaginar que persistiría más allá del capitalismo. Esta experiencia se relaciona con la mezcla de pavor y esperanza que nos provoca el cuestionamiento de las barreras que definen nuestra identidad heredada y construida. En ese proceso liberador y terrible anidan imaginarios cyborg, inteligencias artificiales indistinguibles de las humanas, perspectivas de abolición del género y elucubraciones transhumanas. En todos estos movimientos se mezclan en nosotrxs el miedo y el asco con la expectativa de que, tal vez, la alteración radical de nuestras identidades pueda conducirnos a nuevas y más emancipadas formas de habitar el mundo.

Al final de Neuromante, la novela de William Gibson emblemática del género cyberpunk, el protagonista Case opta por habilitar la fusión entre la inteligencia artificial Wintermute y su par Neuromante, dando lugar a un ser nuevo, completamente sintético, cuya naturaleza y potencialidades en el cyberespacio son imposibles de predecir pero que sin duda será incontrolable por lxs humanxs. Case toma una decisión a favor de la alienación radical, una decisión por dar lugar a la llegada de algo radicalmente otro, no manejable, no predecible y frente a lo que no habrá ya reaseguros.

-Danos el maldito código -dijo-. Si no lo haces, ¿qué cambiará? ¿Qué mierda cambiará para ti? Terminarás como el viejo. ¡Lo echarás todo abajo para construir de nuevo! Volverás a levantar los muros, cada vez más cerrados... No tengo la menor idea de lo que pasaría si Wintermute llegase a ganar, ¡pero eso cambiaría algo!- (Gibson, p. 162).

Neuromante de William Gibson

El marxismo, la teoría queer y el feminismo, de diferentes maneras, piensan como el hacker Case y nos proponen una crítica social cuyo horizonte último permanece en estado de incógnita. Un proyecto emancipador tal que, si llegase a ganar, no tenemos la menor idea de lo que pasaría. Pero al menos cambiaría algo. A lo mejor, ese horizonte de transformación arrastraría a las clases sociales, al género, y a la humanidad como tales en su vórtice liberador y terrible. A lo mejor, esx futurx cyborg post-género, que no podemos clasificar como humanx pero tampoco como excluido de lo humano, imposible de prever y de juzgar, ya camina entre nosotrxs. A lo mejor, las únicas libertades que valen la pena son un poco las que nos dan pavor.

 

Notas

1 Este artículo no hubiera sido posible sin un gran número de conversaciones, extendidas en el tiempo, con varias personas y grupos. Agradezco especialmente a Juan Mattio y Pedro Perucca de la Revista Sonámbula por sus talleres sobre ciencia ficción, a Gabriela Mitidieri y mis compañerxs de Quimeras por infinitas discusiones y militancias desde las disidencias sexuales, a Alejo Iamele y Diego Piedrabuena por años de charlas, entrenamientos y aprendizajes sobre el deporte, a Rodrigo Navarro por la ilustración del artículo y por una larga amistad de ciencia ficción compartida, a Emilio Guzmán por infinitas charlas filosóficas sobre la técnica, el marxismo y todo lo demás.

Bibliografía

Berman, Marshall (1982) All that is Solid Melts Into Air: Experience of Mdernity. Verso: Nueva York

Echeverría, Bolívar (2011) Crítica de la Modernidad Capitalista. Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia: La Paz.

Cuboniks, Laboria (2015) Manifiesto xenofeminista, internet: http://www.laboriacuboniks.net/es/index.html  

Gibson, William (s/d) Neuromante, intenet: http://kamita.com/misc/gibson/Neuromante.pdf 

 

Haraway, Donna (1984) Manifiesto Ciborg, Internet: https://xenero.webs.uvigo.es/profesorado/beatriz_suarez/ciborg.pdf

Marx, Karl (1971), Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, Tomo 1, Méjico: Siglo XXI.

----------- (1972), Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, Tomo 2, Méjico: Siglo XXI.

----------- (1975), El Capital, Tomo I, Buenos Aires: Siglo XXI.

Preciado, Paul B. (2002), Manifiesto Contrasexual, Madrid: Editorial Ópera Prima.

Postone, Moishe (1993) Time, Labor and Social Domination. A reinterpretation of Marx’s Crítical Theory, Cambridge University Press: Cambridge.

Srnicek, Nick y Williams, Alex (2013), Accelerate Manifesto for an Accelerationist Politics, Intenet: http://criticallegalthinking.com/2013/05/14/accelerate-manifesto-for-an-accelerationist-politics/ 

Fuentes de las imágenes:

Imagen 1: Cienradios

Imagen 2: DeviantArt

Imagen 3: Wikipedia

Imagen 4: self.com

Imagen 5: Blog 20 Minutos

Imagen 6: Amazon.es

 

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