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Por Helen Hester

(Traducción de Toni Navarro)

 

 

 

Texto publicado originalmente en Alembic. Editoras: Sarah Jury, Helen Kaplinsky y Lucy A. Sames. Primera edición de 200 ejemplares impresos con motivo del programa público Alembic en Res. Londres 2018. Publicado por Res. usando el ISBN público 978-1-908452-70-2 http://beingres.org/product/alembic/

 

Introducción

 Este ensayo busca examinar críticamente algunas de las estrategias (críticas, políticas y estéticas) implementadas por una generación previa de pensadoras feministas, y entender qué elementos de este activismo pueden ser efectivamente resignificados para hoy. Más específicamente, especula sobre qué puede ofrecer el ciberfeminismo de los años 90 -un “amplio abanico de teorías, debates y prácticas sobre la relación entre género y cultura digital” (Daniels, 2009: 102)- a los proyectos políticos emancipatorios del siglo XXI. Puesto que hay una pluralidad de desafíos genéricos específicamente asociados a “vivir en condiciones de virtualidad” (Hayles, 1999: 18) -desde el acoso sexual en las redes sociales a la privacidad y la protección de imágenes en línea- aún hay mucho que aprender del compromiso con el pensamiento ciberfeminista premilenial. Sin embargo, no sólo las condiciones tecnomateriales han cambiado considerablemente en los últimos veinte años, sino que las bases teóricas de algunas tentativas ciberfeministas parecen necesitar urgentemente una actualización. En lo que sigue, trataré de reconocer y desarrollar algunas importantes genealogías activistas, mientras apunto hacia algunas posibles vías para expandir y revisar este elemento de nuestra historia feminista.

 En su artículo de 2011 Revisitando el ciberfeminismo, la crítica Susanna Paasonen señala un interés decreciente en las iniciativas ciberfeministas dentro de las prácticas contemporáneas del arte digital. Al atribuir la “pérdida de interés por el ciberfeminismo” a los cambios en el ambiente discursivo (2011: 346), señala que el término ‘ciber’ ha adquirido una connotación tecnoutópica que no encaja con la mundanidad y el aumento de la domesticación de gran parte de la esfera digital. Como prefijo, sostiene, ‘ciber’ ya no resulta lo suficientemente actual, y por lo tanto es poco probable que funcione para capturar y movilizar la imaginación política. Sin embargo, no se puede negar el impacto transformador de las tecnologías digitales en las culturas contemporáneas, así como en nuestras sociedades y nuestras experiencias vividas, y, como tal, es crucial que las feministas de hoy encuentren nuevas formas de interrogar la digitalidad en su relación con el género y la sexualidad. Necesitamos articular un feminismo adaptado a un mundo "invadido por mediaciones tecnológicas, que entrelazan nuestras vidas diarias de manera abstracta, virtual y compleja" (Laboria Cuboniks, 2015: n.p.). Volver a entrar en los debates sobre el ciberfeminismo y explorar nuevas direcciones para sus ideas creativas y críticas –un proceso que ya es cada vez más evidente dentro de los círculos artísticos, teóricos y activistas por igual– puede ser una forma de lograrlo.

Nuestra discusión comienza con el trabajo de la filósofa Sadie Plant, cuyos escritos se consideran ilustrativos de varias tendencias estéticas y políticas dentro del ciberfeminismo. Sin embargo, la última parte de este ensayo se refiere principalmente a uno de los textos clave incluidos en el archivo de Kathy Rae Huffman: las actas recopiladas de la Primera Internacional Ciberfeminista y las 100 antítesis del ciberfeminismo ahí contenidas. Las preguntas que me animan aquí son las siguientes: ¿Qué significa ser ciberfeminista hoy? ¿Cómo podemos articular una visión rigurosa, sustancial y enfática del ciberfeminismo sin ser excluyentes o restringir posibles momentos de diferencia y contestación? En resumen, ¿qué es el ciberfeminismo 2.0 y cómo podemos construirlo? Si bien no espero responder a preguntas tan decisivas dentro del espacio limitado del que aquí dispongo, al menos espero que lo que sigue indique tanto mi deuda personal con la práctica ciberfeminista, como mis esperanzas de que –al interrogar los límites de su encarnación del siglo XX– podamos ser capaces de entrar en un proceso colectivo de revisión de sus compromisos.

 

 

Captura de pantalla de Old Boys Network, 1997. ‘100 Anti-Theses of Cyberfeminism.’ disponible en http://www.obn.org/cfundef/100antitheses.html

 

Nuestro nombre es cero, porque somos mútliples

El ciberfeminismo premilenial muestra con frecuencia un interés en las redes y en lo numeroso, lo permeable y lo plural. En su libro Ceros y unos: mujeres digitales y la nueva tecnocultura, por ejemplo, Sadie Plant analiza el desarrollo de la máquina de escribir y la computadora, vinculando estas tecnologías con las mujeres en tanto que usuarias y con una noción más amplia de feminización, entendida en términos de complejidad, conectividad y multiplicidad disruptiva. Plant afirma que:

 

Si la escritura había sido manual y masculina, la máquina de escribir era huella digital: rápida, táctil, digital y femenina. [...] El texto ya no dependía de la mano y el ojo, sino que estaba guiado por el contacto y la pulsación de las teclas, una cuestión de sensibilidad al tacto. Una actividad que antes se había concentrado en un estrecho nexo de órganos coordinados (mano y ojo) y un solo instrumento, la pluma, ahora se procesaba a través de una maquinaria digital compuesta de dedos, llaves, martillos, platos, carros, palancas, engranajes y ruedas. (1997: 118)

La máquina de escribir, entonces –estrechamente vinculada con el acceso al lugar de trabajo para un grupo reducido (blanco, cis, no discapacitado)– se lee como una tecnología feminizada. Perturba y desordena al "uno" falocéntrico con una multiplicidad de elementos que definitivamente no son uno – que son, de hecho, más afines a la legión femenina del cero.

Las intersecciones potencialmente problemáticas de esta investigación con elementos del psicoanálisis son obvias, y han sido muy comentadas por la crítica feminista. Como señala Diana McCarty en su reseña del libro en The First Cyberfeminist International reader, Plant “adopta las nociones de pensadores como Freud e Irigaray, y los remezcla. ¿Las mujeres son diferentes? Por supuesto. ¿Es todo una cuestión de genitales? ¿Por qué no?” [1] (1998: 79). Desde mi perspectiva, sin embargo, las limitaciones realmente sustanciales del texto se encuentran en otra parte. Además de lo que algunos han visto como un problema de esencialismo, Ceros y unos es capaz de agrupar múltiples tendencias juntas y hacer saltos asociativos entre fenómenos. Nos movemos de relatos psicoanalíticos sobre trenzado y tejido al vínculo entre automatización y participación de la fuerza laboral femenina, y de ahí al cyberpunk y la ciencia ficción. Nos deslizamos entre la cultura de club de los 90, las explicaciones de la feminidad como tecnología disruptiva y la historia del desarrollo del motor analítico. Esta insistente difuminación de los límites entre conceptos me parece que restringe sustancialmente gran parte de la capacidad de diagnóstico y la utilidad política del texto.

 Esto no supone de ninguna manera negar el poder afectivo del texto; el análisis de las condiciones tecnomateriales de Plant es sugerente, inspirador y rico en alusiones. Su amarre de silicio y carbono, cuerpos y código binario, sin duda la convierte en una lectura estimulante, y la calidad rapsódica de su prosa genera una sensación vivificante de sabiduría recibida siendo arrancada [2]. Sin embargo, es precisamente esta estrategia textual la que permite que la idea de multiplicidad (como se manifiesta en el tacto distribuido de la mecanógrafa) sea teorizada como un significante de un potencial político radical en relación al género y no como, digamos, la cualidad de una sustituible y explotable empleada-operadora. En este sentido, Ceros y unos es más una provocación imaginaria que una intervención dentro del panorama político extra-textual. Ejemplifica lo que Alberto Toscano ha descrito como política de la ilusión "la persuasión de que los impotentes pueden prevalecer sobre los poderosos sin concentrar y organizar sus fuerzas" (2011: n.p.). Tal actitud se caracteriza por la aceptación del mito de que "en medio de una guerra social inmensamente asimétrica, los enjambres amorfos de una multiplicidad descoordinada de alguna manera tendrían una ventaja frente a la infraestructura de poder esclerótica" (Toscano, 2011: n.p.). Podría decirse que este enfoque bastante optimista de la digitalidad y la conectividad es característico no solo del trabajo de Plant, sino también de las líneas dominantes del ciberfeminismo premilenial en general.

 

Herética y antitética: la política ciberfeminista

Cierta preocupación temática por la difusión capilar a través de redes tentaculares descentralizadas se articula o refleja notablemente en la forma adoptada por muchas intervenciones activistas durante la segunda mitad de los años noventa. En otras palabras, el interés en la distribución y proliferación digital parece reflejarse en los tipos de práctica artística y de acción concreta que surgieron durante este período. Paasonen comenta, por ejemplo, que "la política ciberfeminista se ha difundido y practicado a nivel micro en redes, talleres de tecnología para mujeres y otros tipos de intervenciones críticas" (2010: 72). De hecho, como Julianne Pierce señaló en su momento con aprobación,

 

la versión actualizada del ciberfeminismo trata más sobre redes, webgrrrls, chicas geek, FACES, OBN, publicación en línea, perspectivas de carrera, listas de servidores y conferencias internacionales. Se trata de Hybrid Workspace y las 100 antítesis, se trata de obtener subvenciones y fondos para encontrar y crear empleo. Se trata de instruir y crear oportunidades, ganar dinero, hacer negocios y tratos. (1998: 10)

 Aquí, la preocupación conceptual del ciberfeminismo por la descentralización se combina con (y se expresa por medio de) una aparente inclinación hacia la micropolítica dispersa.

Al menos desde la época de la Primera Internacional Ciberfeminista en 1997, este enfoque se ha manifestado como un rechazo a definir el ciberfeminismo o a establecer objetivos concretos. En palabras de Pierce, “quizás deberíamos abandonar el ‘ciberfeminismo’. Ya no existe un solo ciberfeminismo, sino que hay muchos ciberfeminismos - en la medida en que crece, muta y se adapta al creciente número de tribus digitales” (1998: 10). Cornelia Sollfrank, mientras tanto, señala que las asistentes a los talleres de la Internacional “no pudieron ponerse de acuerdo en la definición del ciberfeminismo, pero decidieron no definir el término. La estrategia de mantener el término lo más abierto posible fue consensuada” (1998: 1). Esto refleja una tendencia más amplia dentro del movimiento para favorecer enfoques altamente hospitalarios a la diferencia y alentar a las participantes a “articular sus propias agendas y políticas personales” en lugar de imponer perspectivas desde arriba (Paasonen, 2010: 73).

 Se podría decir que esto representa no solo una expresión del compromiso ciberfeminista con la proliferación, la multiplicidad y la distribución, sino también un intento de involucrarse con los cambios percibidos dentro de las políticas radicales de la era. Sollfrank ubica explícitamente las intervenciones críticas de la Primera Internacional Ciberfeminista como una extensión de los cambios de paradigma dentro del panorama feminista más amplio. Comenta que el "movimiento masivo de mujeres de los años pasados se ha fragmentado en una desconcertante variedad de feminismoS [sic]. Identificarse como mujer ya no es suficiente para servir de vínculo conector productivo" (1998: 1). En respuesta a la ruptura de los viejos protocolos de solidaridad, el ciberfeminismo premilenial necesitaba "encontrar nuevas estrategias para la acción política" (1998: 1), y muchas activistas, comprensiblemente, se opusieron a los peligros de constituir un nuevo sujeto político en este contexto sobre todo por los riesgos que este proceso de constitución y su establecimiento de fronteras potencialmente excluyentes podrían implicar.

 Como resultado, algunas ciberfeministas llegaron a favorecer la desidentificación como enfoque para la construcción del movimiento. Quizás el ejemplo más famoso de esta tendencia sean las 100 antítesis del ciberfeminismo de Old Boys Network. Como su nombre indica, las antítesis buscan proporcionar una definición negativa del ciberfeminismo, cartografiando esta posición a través de una serie de rechazos lúdicos y performativos y no a través de una afirmación identitaria general. Así, nos encontramos con una serie de rechazos como "el ciberfeminismo no es una fragancia", "el ciberfeminismo no es un error 101" y "el ciberfeminismo no trata de juguetes aburridos para niños aburridos" (1997: n.p.). Si bien el sitio web de la OBN archiva las antítesis en forma de lista numerada, en The First Cyberfeminist International reader aparecen en forma diagrama. Aquí, las palabras o frases con carga negativa (acompañadas del signo ‘menos/-’) se distribuyen alrededor de la palabra "CIBERFEMINISMO" (que a su vez está rodeada por un conjunto de signos ‘más/+’ que flotan libremente). En sintonía con las preocupaciones conceptuales del movimiento, las antítesis se representan de manera dispersa y no jerárquica (Old Boys Network, 1998: 89).

 

 

Segmento de Sollfrank, Cornelia & Old Boys Network ed. 1998. First Cyberfeminist International. Hamburg: obn

 

 Hay mucho que elogiar en el gesto de caracterización negativa de la OBN. Es memorable, ingenioso y tiene un gran impacto retórico. Quizás lo más importante es que promueve la libertad frente a los actos restrictivos y potencialmente divisivos de etiquetado y definición, creando una imagen del movimiento de la cual pocxs se sentirán sustancialmente alejadxs o excluidxs. Este es un gesto importante en el intento de construir un feminismo que no se base en la "mujer" como un significante directamente unificador. Sin embargo, este gesto también corre el riesgo de generar un ciberfeminismo sin un sentido de dirección y sin un propósito colectivo una posición en la que (desde mi punto de vista, al menos) parece imposible trabajar cooperativamente para efectuar un cambio o ampliar las capacidades en vistas a la acción transformadora. Esto quizás se refleja en la aseveración más bien individualista de la OBN según la cual "tan pronto como desarrolles un enfoque personal del ciberfeminismo, ya eres ciberfeminista" (FAQ: n.d.). Tales afirmaciones han llevado a críticxs del siglo veintiuno como Judy Wajcman a describir el ciberfeminismo como "posfeminista" por su énfasis en los "valores neoliberales de elección individual y asociación voluntaria" y su elusión de "programas de cambio social y político". '(2004: 76). Si bien la desidentificación se podría haber visto como una táctica valiosa hace 20 años, ahora podemos ser más capaces de localizar y apreciar tanto su utilidad política como el carácter exacto de sus limitaciones.

Aunque el soslayamiento de una identidad autodeclarada por parte de la OBN evita la alienación directa de cualquier potencial aliadx, también termina ofreciendo tan solo oportunidades limitadas para coordinar la acción colectiva más allá de la escala más mínima. Facilita un sentido de inclusión y de agencia individual, pero los problemas estructurales más amplios corren el riesgo de ser pasados ​​por alto o descuidados. Mientras una nueva generación de activistas debe lidiar con las demandas de operar en condiciones de complejidad socioeconómica, este tipo de respuesta desidentificadora puede seguir pareciendo atractiva, pero también me parece insuficiente e implica ceder demasiado. El ciberfeminismo posmoderno respondía a presiones y tendencias dentro de los dinámicos paisajes políticos del fin del milenio, involucrándose en los desarrollos en el medio tecnopolítico más amplio. A medida que ese medio siga cambiando y evolucionando, inevitablemente se requerirán nuevas tácticas.

Conclusión: ciberfeminismo Xenomorfo

Hemos visto que la Old Boys Network evitó la autoidentificación, conjurando así los peligros de diversos aspectos de su práctica que coinciden con un movimiento predefinido. En el "lío de la mediación, entre los polos de la visibilidad (privilegio y derechos), y la invisibilidad (para escapar de la limitante incorporación gramatical y hegemónica)" (Tsang, 2005: 9), el ciberfeminismo optó por seguir siendo esquivo. Esto creó barreras a la hora de pensar más allá del individuo para hacer demandas colectivas, y de ese modo (a través de la difusión y posterior influencia del texto) operó moldeando y restringiendo los horizontes de posibilidad del ciberfeminismo [3]. Por este motivo, he usado gran parte de este ensayo para discutir la utilidad contemporánea de la metodología detrás de las 100 antítesis. De hecho, ahora que nos acercamos al vigésimo aniversario de la Primera Internacional Ciberfeminista, puede ser un buen momento para reflexionar sobre si la estrategia de desidentificación política debe abandonarse por completo o si, en cambio, puede actualizarse y volverse apropiada para el día de hoy.

Vale la pena señalar que mientras la OBN y sus pares ciberfeministas estaban navegando por el interregno entre el feminismo de la segunda ola y la emergencia de la tercera ola, los sujetos feministas de hoy están procesando un conjunto bastante diferente de consecuencias [4]. En lugar de tamizar las cenizas del movimiento masivo de mujeres, estamos llegando a un acuerdo con los legados fragmentarios del posmodernismo. La forma específica de feminismo que muchxs de nosotrxs heredamos, influida por el activismo cibernético de los años 90, entre otras cosas, fue quizás demasiado modesta en sus ambiciones, temerosa de afirmarse por miedo a la alienación, el desempoderamiento o la exclusión. Como tal, gran parte de su afán de cambio emancipatorio a gran escala parecía haberse disipado. Por supuesto, la precaución respetuosa que caracterizó algunos elementos de esas posiciones precedentes es admirable, y de ninguna manera querría infravalorar la importancia de los cambios que ayudaron a impulsar. Sin embargo, debemos preguntarnos si se pueden combinar con posturas más enfáticas. Siguiendo la formulación de James Pei-Mun Tsang, articulada en diálogo con las perspectivas ciberfeministas, debemos emitir "un voto para llegar a algún lugar, para progresar (un ideal anticuado), para especificar lo que tenemos en común, en lugar de escondernos en el reino de lo negativo imposible". (2005: 16).

Las 100 antítesis se niegan a establecer directamente qué es o qué podría ser el ciberfeminismo, sino que se basan en un enfoque (a menudo inteligente y seductor) de definición negativa. Un movimiento más audaz, aunque algo más arriesgado, para la práctica feminista contemporánea tecnológicamente alfabetizada y políticamente informada podría ser ir más allá de las definiciones negativas en favor de una afirmación más enfática (y potencialmente contenciosa) de la identidad colectiva. Ahora que un conjunto de imaginarios y tácticas feministas orientadas al futuro se está acercando a la obsolescencia ahora que estamos, en cierto sentido, después del futuro ciberfeminista es hora de considerar y generar alternativas. Lxs activistas contemporáneos en la intersección del género y lo digital harían bien en declarar en lugar de objetar, en asumir riesgos calculados mientras evitan la imprudencia absoluta y en sintetizar nuestras voces con las antítesis. En otras palabras, es hora de revisar la utilidad de hacer afirmaciones, articular normas y movilizar enunciados categóricos, con pleno conocimiento de los peligros que esto implica y sin dejar de apreciar la gran sensibilidad de las iniciativas feministas premilenarias sobre las que estamos contruyendo.

Un mecanismo específico mediante el cual podríamos asumir la tarea de reanimar el ciberfeminismo para el siglo XXI podría ser un compromiso directo y revisionario con el proyecto original de OBN. Tal compromiso podría tomar como punto de partida el desarrollo de una serie de afirmaciones positivas sobre cómo podría ser cualquier sucesor del ciberfeminismo, y reconfigurar las 100 antítesis del ciberfeminismo como n hipótesis del post-ciberfeminismo una extensa serie de definiciones positivas a la par que especulativas describiendo cómo se vería esta posición en la coyuntura histórica actual. Relativamente cortas y potentes, como las formulaciones originales de OBN, podrían actuar como un punto de partida para una exploración crítica más profunda, la experimentación estética y la intervención política, mientras se espera que estimulen la proliferación de tesis revisadas y refinadas. Citando a Faith Wilding, de la organización ciberfeminista subRosa, tal enfoque reconoce que:

 

La (auto)definición puede ser una propiedad emergente que surge de la práctica y cambia con los movimientos del deseo y la acción. La definición puede ser fluida y afirmativa: una declaración de estrategias, acciones y objetivos. Puede crear una solidaridad crucial en la casa de la diferencia –solidaridad, en lugar de unidad o consenso–; solidaridad que es la base de una acción política efectiva. (1998: n.p.)

En resumen, el modelo de n hipótesis podría ofrecer "una arquitectura mutable que, como el software de código abierto, permanezca disponible para su modificación y mejora perpetuas siguiendo el impulso navegacional” del razonamiento colectivo sobre políticas de género (Laboria Cuboniks, 2015: n.p.).

¿Por qué sugerir un número ilimitado de hipótesis aquí? ¿No deshace esto nuestro compromiso con las afirmaciones enfáticas justo en el momento en que parece que insistimos en ello? En parte, esto supone reconocer que OBN y otras ciberfeministas llevaban razón al señalar los peligros de la autodefinición. Articular las identidades está ciertamente cargado de riesgos. Como indica Tsang, sería desaconsejable "rechazar la función declarativa, pero debemos trabajar de manera productiva con el hecho de que se descompone continuamente" (2005: 16). Al hablar de n hipótesis, reconocemos la inevitabilidad de esta ruptura: la incapacidad de una declaración única para capturar nuestras intenciones, por ejemplo, o el probable fracaso de cualquier articulación dada para concretar una voluntad política colectiva de la manera que esperamos. Apuntamos a la necesidad estratégica de articular (y por lo tanto generar) una identidad política sin excluir de antemano lo que esa identidad podría significar. La naturaleza iterativa y abierta de las n hipótesis (que recuerda tanto a la performatividad de género como a los enfoques butlerianos sobre la construcción de hegemonía) destaca su disponibilidad para el cambio y nuestra apreciación del hecho de que cualquier proyecto político emancipador debe revisar incesantemente sus compromisos.

 En el caso de las n hipótesis, el mecanismo de iteración (facilitado por la ausencia de un punto final predeterminado) está diseñado para permitir la divergencia, la refutación y la innovación, pero también para proporcionar un espacio crucial para la certificación en el que la identidad puede ser articulada y movilizada para fines políticos, teóricos y creativos. En otras palabras, vuelve a trabajar el proyecto clásico de OBN, alejándose de la política de la desidentificación en favor de un intento de afirmar la personalidad distintiva de cualquier sucesor del ciberfeminismo. Al mismo tiempo, también reconoce las dimensiones problemáticas y potencialmente excluyentes de cualquier intento de este tipo, trabajando para mitigarlas a través de la provisionalidad y la contingencia. Pero, ¿por dónde empezar? En el espíritu asertivo de este ensayo, permitidme ofrecer una definición provisional propia; una que está inevitablemente influida por las circunstancias en las que opera y por mis propios conocimientos situados. Puede que sea la primera de las n hipótesis del post-ciberfeminismo pero, a pesar de ser una propuesta inaugural, de ninguna manera debe considerarse primaria. Esta hipótesis evita el estatuto de original, responde a la llamada de las antítesis y espera e invita a la revisión.

 Hipótesis: El xenofeminismo es una forma de posthumanismo tecnomaterialista, antinaturalista y abolicionista de género, que se basa en las ideas del ciberfeminismo. Su futuro no está tripulado [5].

 

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[1] Esta acusación puede verse parcialmente socavada por el consistente encuadre de Plant de la mujer/la feminidad/el feminismo en términos de simulación o virtualidad (muchas gracias a Amy Ireland por llamar mi atención sobre este punto). Esto también se refleja en los comentarios del colectivo ciberfeminista australiano VNS Matrix. Al hablar del provocativo eslogan del grupo 'El clítoris es una línea directa a la matriz', su integrante Virginia Barratt comenta que 'esto fue leído por muchxs como esencialista, pero [...] estábamos hablando del clítoris como una tecnología' (2017, correspondencia personal, 30 de Junio).

 [2] ¿Qué es lo que Sadie planta y qué es lo que recolecta?

 [3] Esta acción a escala relativamente pequeña transitó entonces a algo más grande, pero solo para ejercer un efecto escalofriante sobre la posibilidad de tales tránsitos en proyectos ciberfeministas posteriores.

 [4] O, si esto sugiere una transición demasiado precisa, al menos están lidiando con un momento específico en las aguas perpetuamente entrecortadas del cambio de prioridades en las políticas de género, sus perspectivas y sus compromisos.

 [5] Virginia Barratt y Petra Kendall me recordaron este eslogan (tomado de un póster de VNS Matrix de 1994); Kendall tituló su reciente curso sobre políticas de género orientadas al futuro del siguiente modo: "El futuro no está tripulado: Tecnologías para los feminismos corruptos". No obstante, al discutir los orígenes de esta frase con el grupo ciberfeminista australiano, se hizo evidente que su aparición fue el resultado de una especie de polinización intelectual. El eslogan del cartel era en sí mismo una revisión de una línea en un artículo de Sadie Plant del año anterior: "Ya no es el vacío, la brecha o la ausencia, los velos son ahora cibernéticos; una interfaz despegando en sus propios futuros no tripulados "(1993: 11). Me gustaría extender mi sincero agradecimiento por esta información a Virginia Barratt y Amy Ireland. Les dedico este ensayo.

Obras citadas

Daniels, Jessie, 2009. ‘Rethinking Cyberfeminism(s): Race, Gender, and Embodiment.’ WSQ: Women’s Studies Quarterly 37: 1&2, 101-124

Hayles, N. Katherine, 1999. How we Became Posthuman: Virtual Bodies in Cybernetics, Literature, and Informatics. Chicago: University of Chicago Press.

Laboria Cuboniks, 2015. ‘Xenofeminism: A Politics for Alienation.’ Disponible en: http://laboriacuboniks.net/qx8bq.txt

McCarty, Diana, 1998. ‘What is Sadie Planting?’ First Cyberfeminist International. Hamburg: Old Boys Network, 79

Old Boys Network, 1997. ‘100 Anti-Theses of Cyberfeminism.’ Old Boys Network. Disponible en: http://www.obn.org/cfundef/100antitheses.html

, n.d. ‘FAQ.’ Old Boys Network. Accessed 8 March 2017. Disponible en: http://www.obn.org/faq/fs_faq.html

Paasonen, Susanna, 2010. ‘From Cybernation to Feminization: Firestone and Cyberfeminism.’ Further Adventures of the Dialectic of Sex. Ed. Mandy Merck and Stella Sandford. New York: Palgrave, 61-84—, 2011. ‘Revisiting Cyberfeminism.’ Communications 3, 335-352

Pierce, Julianne, 1998. ‘info heavy cyber babe.’ First Cyberfeminist International. Hamburg: Old Boys Network, 1-2

Plant, Sadie, 1993. ‘The Future Looms.’ Broad Sheet, 22: 3, 7-11

, 1997. Zeros + Ones: Digital Women and the New Technoculture. London: Fourth Estate

Sollfrank, Cornelia, 1998. ‘Editorial.’ First Cyberfeminist International. Hamburg: Old Boys Network, 1-2

Toscano, Alberto, 2011. ‘The Prejudice Against Prometheus.’ STIR. Disponible en: https://stirtoaction.wordpress.com/2011/08/15/the-prejudice-against-prometheus/

Tsang, James Pei-Mun, 2005. ‘Vocalization in an Ethical Matrix.’ Yes Species. Chicago: Sabrosa Books, 8-25

Wajcman, Judy, 2004. TechnoFeminism. Cambridge: Polity Press

Wilding, Faith, 1998. ‘Where is Feminism in Cyberfeminism?’ Old Boys Network. Disponible en: http://www.obn.org/reading_room/writings/html/where.html

 

Helen Hester es profesora de Medios y Comunicación en la Universidad de West London. Sus líneas de investigación incluyen tecnologías digitales, políticas reproductivas y el futuro del trabajo. Además, es integrante del colectivo feminista internacional Laboria Cuboniks. Entre sus libros se incluyen Beyond explicit: Pornography and the displacement of sex (SUNY Press, 2014), Fat Sex: New Directions in Theory and Activism (Routledge, 2015) y Xenofeminism (Polity Press, 2018).

 

 

 

 

 

 

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