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por Cinzia Arruzza

 

El pasado 23 de octubre en Glasgow miles de trabajadoras del sector de la limpieza participaron en la manifestación sindical de PSI, Unison y GMB Union por la igualdad salarial, en la que guardaron un minuto de silencio en recuerdo de las trabajadoras que fallecieron antes de poder ver el día en el que su trabajo fuese valorado y considerado igualmente digno que el de sus compañeros varones.

Este gesto expresaba la conciencia de una larga historia repleta de humillaciones grandes y pequeñas, del trabajo invisible, no reconocido o infrarremunerado, de las injusticias y mezquindades; expresaba también la magnitud del desafío lanzado por la huelga de las mujeres. Igualdad salarial: un objetivo razonable, casi banal, difícil todavía de lograr hasta tal punto que el Foro Económico Mundial ha calculado que, con los datos y las tendencias actuales, harán faltan al menos 217 años para acabar con la brecha salarial entre hombres y mujeres a nivel mundial. Admitiendo que el mundo sea habitable dentro de 217 años.

Una semana después de la huelga y de los piquetes en Glasgow, miles de trabajadoras y de trabajadores de Google, de Tokio a Nueva York, abandonaron sus puestos de trabajo en protesta por las revelaciones publicadas por el New York Times acerca de los casos de acoso sexual convenientemente silenciados y perpetrados por ejecutivos del gigante tecnológico. Google y otros gigantes de la economía digital como Facebook tienen desde hace años la pátina de un cierto capitalismo progresista, que explota sí, pero sin hacer discriminaciones entre hombres y mujeres, trans y cis, gays y heteros, pagando incluso a sus empleadas los costes de congelación de óvulos y las técnicas de reproducción asistindas.

La protesta no se ha limitado a la denuncia de los casos de acoso sexual en el trabajo sino que se ha articulado en torno a una serie de reivindicaciones entre las que destacaban la reclamación de protección y de derechos sindicales. Como ha escrito Moira Donegan en The Guardian, la protesta “ha señalado con admirable lucidez la interdependencia entre las desigualdades de género y de clase apuntando las posibilidades de sindicación de los empleados del sector digital”.

Estas dos huelgas, las últimas de una larga serie protagonizadas por mujeres desde la huelga internacional del 8 de marzo a las de las trabajadoras del sector hotelero y de la enseñanza en Estados Unidos, nos sitúan ante un aparente dilema. ¿De qué estamos hablando cuando lo hacemos de las huelgas de las mujeres? ¿Lucha de clases o nueva ola feminista?

 

La tercera ola feminista

Después de dos años de movilizaciones a nivel internacional, dos huelgas trasnacionales el 8 de marzo, la reciente expansión del movimiento en Chile –ola de ocupaciones y de huelgas contra el acoso y la violencia sexual en institutos y universidades de todo el país– y en Brasil –donde el hashtag #EleNao, promovido por algunas mujeres famosas en respuesta al ascenso electoral de Jair Bolsonaro, ha desencadenando un proceso de movilización feminista con varias manifestaciones masivas–, ha llegado el momento de constatar que nos encontramos ante una nueva ola del movimiento feminista.

Una ola que contiene en su interior articulaciones políticas y bases geográficas diferentes, algunas divergentes, pero que considerada en su conjunto ha situado en el centro del debate político y cultural, en los países en los que se ha desplegado, cuestiones como la violencia de género, la brecha salarial, los derechos reproductivos y el trabajo de reproducción de las mujeres así como las libertades sexuales.

Profundizar sobre el carácter disruptivo de este movimiento requiere una aclaración previa. Esta ola actual no es la cuarta ni la quinta sino que es la tercera ola que llega tras cuarenta años del final de la segunda. En las décadas precedentes ha habido una tendencia a etiquetar como ola feminista a corrientes de pensamiento que se han desarrollado en las universidades y en sus entornos. Estas corrientes intelectuales han realizado avances importantes en el campo de la teoría feminista que no estaban conectados con procesos de movilización social y política de masas parangonables al movimiento feminista de los años sesenta y setenta.

Por tanto, si con el término ola se quiere designar el proceso de subjetivación social y política producido a través del desarrollo de un movimiento de masas, el término casa mal con la referencia a las corrientes intelectuales o a los puntos de inflexión en el debate. Por otro lado, los desarrollos del pensamiento feminista etiquetados como ola hacen referencia, en el mejor de los casos, a la periodización del debate feminista anglo-americano: utilizando la categoría de ola se termina cayendo en la universalización de una particularidad geográfica que debería ser re-provincializada.

Obviamente esto no supone que la evolución del debate teórico en los años precedentes no haya tenido impacto en las reflexiones y en las consignas del movimiento actual. Al contrario, el transfeminismo y el antiesencialismo del movimiento deben mucho a las teorías queer y trans; su internacionalismo y su antirracismo están fuertemente influenciados por las reflexiones sobre la interseccionalidad y la relación entre capitalismo y racialización. Sin embargo, la noción de la proliferación de olas sugiere un continuum histórico de la movilización feminista entre la segunda ola y el presente que subestima la naturaleza de acontecimiento del movimiento feminista actual y, por tanto, de su potencial disruptivo político y social.

Mientras que la segunda ola feminista de los años sesenta y setenta tenía como centros propulsores un núcleo de países occidentales del capitalismo avanzado, la actual ola feminista nace en la periferia –de Argentina a Polonia– , se extiende rápidamente a nivel global y asume una dimensión de masas en una serie de países especialmente golpeados por la crisis y las políticas de austeridad (Italia, España, Brasil, Chile). El uso de las tecnologías digitales y de las redes sociales ha contribuido decisivamente al carácter inmediatamente transnacional del movimiento, favoreciendo la coordinación de las acciones de lucha y la circulación de documentos, ideas, consignas, análisis e información, así como una dinámica de extensión de la movilización y de profundización continua en la reflexión teórica.

Sin embargo, la huelga es el elemento que constituye la novedad más relevante de la nueva ola. Ha situado en el centro del debate el trabajo de las mujeres, su rol en el ámbito de la reproducción social y la relación entre la producción mercantil y la reproducción, convirtiéndose en el motor principal de un proceso de subjetivación a través del cual está emergiendo una nueva subjetividad feminista anticapitalista, fuertemente criticada por el feminismo liberal, que también está presente en la nueva ola: basta pensar en la Marcha de las Mujeres de Estados Unidos convertida en un apéndice progresista del Partido Demócrata o en las declinaciones carcelarias del #metoo.

La magnitud potencial del proceso de subjetivación feminista actual emerge claramente cuando se toma en consideración la diferencia fundamental entre esta ola y las anteriores. En términos muy esquemáticos, la primera ola feminista –últimas décadas del siglo XIX y primeras del siglo XX– tuvo lugar dentro del proceso de nacimiento y consolidación del movimiento obrero: del nacimiento de la socialdemocracia alemana a la formación de los sindicatos y partidos socialdemócratas y comunistas en toda Europa y en Estados Unidos. En el marco de este proceso histórico de politización de masas y de la irrupción de la clase obrera en la escena política, la primera ola feminista revindicó la realización plena de la promesa universalista de la igualdad de derechos y de capacidades, común tanto al liberalismo democrático como al socialismo.

La segunda ola tuvo lugar dentro de otro proceso de subjetivación de clase: la aparición de la nueva izquierda en los países del capitalismo avanzado y de las luchas anticoloniales y de liberación nacional. Dentro de este proceso, la segunda ola se apropió del concepto de diferencia, prestado del nacionalismo negro, para denunciar el sexismo dentro del movimiento y para expresar una visión de parte tantas veces silenciada.

El contexto de la tercera ola feminista es radicalmente distinto toda vez que el movimiento no es la expresión de una parcialidad ni de un punto de vista dentro del proceso más amplio de subjetivación de clase. La explosión del movimiento feminista fue precedida por otras movilizaciones internacionales, el ciclo de luchas internacional del 2011-2013 (Occupy, Indignados, Plaza Taksim) con el que comparte algunos elementos. Como estos movimientos precedentes, el movimiento feminista ha nacido también al margen e independientemente de los partidos y de las organizaciones de la izquierda tradicional (o de lo que queda de las mismas).

Y, como en 2011-2013, una de sus características es la rapidez con la que desde reivindicaciones específicas y parciales –la denuncia del feminicidio y de los ataques al derecho al aborto– se ha pasado a un cuestionamiento general del sistema (del modo de producción capitalista y de las instituciones del Estado). Sin embargo, al carácter antisistémico de las movilizaciones de 2011-2013 no le corresponde una capacidad de sedimentación organizativa o de identificación de formas de luchas a la altura de la radicalidad de los análisis y de las aspiraciones. Desde este punto de vista, el movimiento feminista ha nacido de las cenizas del ciclo de luchas precedente, heredando algunas de sus características y, al mismo tiempo, dando un paso adelante crucial: la asunción y la reinvención de la huelga como forma de lucha principal y compartida a nivel internacional. Lejos de expresar una visión parcial o específica a través de las huelgas de las mujeres el movimiento feminista se está revelando, cada vez más y en esta fase concreta, como el proceso de subjetivación de clase.

 

El misterio de la clase

La tradición marxista está atravesada por una paradoja. Por un lado, para el marxismo la noción de lucha de clases constituye un instrumento heurístico fundamental para la interpretación de la naturaleza del capitalismo, de los procesos históricos capitalistas y constituye su horizonte político-programático. Por otro, la cuestión de a qué se refiere exactamente el término clase es quizás la cuestión más controvertida y ambigua en el debate marxista y en los propios escritos de Marx. En Marx, el término clase designa unas veces un ente metafísico y otras un momento en una filosofía de la historia que fluye en la negación de la negación. Otras veces, indica y define a la clase obrera industrial sobre la base de criterios objetivos, sociológicos o económicos, y no histórico-políticos.

En Miseria de la Filosofía Marx distingue entre clase en sí y clase para sí pero la distinción no resulta del todo clara y es meramente indiciaria. En fin, en sus escritos políticos parece que un grupo social no puede ser considerado como clase si no lucha políticamente como una clase, en relación antagónica con otra1. Estas ambigüedades han tenido un peso considerable en el debate marxista posterior dando lugar a teorías divergentes. Esquematizando, se pueden distinguir tres aproximaciones principales: objetivista o sociológica, metafísica (donde clase es una categoría abstracta que indica el sujeto de una historia progresiva) y política.

Para comprender en qué medida el movimiento feminista debe ser entendido como proceso de subjetivación de clase resulta necesario hacer referencia a esta última aproximación. Para E.P. Thompson, clase es una categoría histórica antes que teórica, una categoría que debe articularse a partir de la observación empírica de los comportamientos individuales y colectivos concretos que, en el transcurso del tiempo, expresan un carácter de clase y crean instituciones de clase (sindicatos, partidos, asociaciones, etc.) (Thompson, 1978, pp. 133-165).

Por tanto, la noción de clase es dinámica y hace referencia a un proceso histórico antes que expresar la esencia de un ente estático. En otros términos, la noción de clase entendida como categoría histórica no se reduce a la categorización sociológica de grupos sociales sobre la base de criterios clasificatorios o cuantitativos. Por ejemplo, la definición de la clase trabajadora como conjunto de asalariados o de aquellos que, empleados o no, no tienen otro recurso que la venta de su propia fuerza de trabajo. Se trata de una definición vaga, abstracta e incompleta por no decir falsa y que tomada como definición completa conduce a malentendidos y a errores políticos y analíticos de consecuencias relevantes (McNally, 2015, pp. 131-146)2. Para E.P. Thompson la clase no es un punto de partida sino el de llegada en un proceso de formación. A pesar de lo paradójico que pueda parecer, la clase es el producto de la lucha de clases y no su presupuesto (Thompson, 1978, pp. 147-149).

Daniel Bensaïd tiene una posición parecida a la de Thompson, en su obra Marx intempestivo:

“Mientras que la sociología positivista pretende tratar los hechos sociales como cosas, Marx los aborda siempre como relación. No define de una vez por todas su objeto a través de criterios o de atributos. Sigue la lógica de sus determinaciones múltiples. No define una clase. Captura las relaciones de conflicto entre las clases. No fotografía un hecho social etiquetándolo como clase. Contempla la relación de clase en su dinámica conflictiva. Una clase aislada no es un objeto teórico, es un absurdo" (Bensaïd, 2007: 152).

 

Si la clase es el producto histórico y dinámico de la lucha de clases, lo que falta por aclarar es la relación entre este proceso de subjetivación o de formación a través de la lucha y la posición ocupada por grupos sociales determinados dentro de las relaciones de producción capitalistas. Según Ellen Meiksins Wood, las relaciones sociales de producción estructuran la sociedad colocando a los individuos en “situaciones de clase” cuya naturaleza está determinada por factores objetivos (Meiksins Wood, 1982: 45-75).

En el caso de la situación de la clase trabajadora hay que referirse a la expropiación y a la separación de los medios de producción (proletarización), a la extorsión del plusvalor a través del trabajo asalariado, así como a las modalidades históricamente específicas de los procesos productivos, la división de trabajo, etc. Estar colocado en una situación de clase no determina automáticamente la pertenencia a la misma. De hecho, las relaciones de clase no se presentan como la experiencia vivida en forma inmediata. Por ejemplo, como señala Meiksins Wood, el trabajo de fábrica no une a los obreros en tanto que clase, los une dentro de una unidad productiva determinada: los obreros hacen la experiencia directa de la realidad de la explotación dentro de un centro de trabajo determinado y no sobre las relaciones de clase en general. Su situación objetiva dentro de las relaciones de producción crea las condiciones de posibilidad para que los trabajadores concentrados en una unidad productiva hagan la experiencia de una unidad superior, por ejemplo con otros trabajadores de unidades productivas del mismo territorio o nación o incluso a nivel internacional.

Esta unidad superior no constituye una imagen fidedigna de la estructuración y de la división de la sociedad creada por las relaciones de producción. Más bien es el producto de un proceso histórico contingente y variable, al que Meiksins Wood denomina “formación de clase”. Para que los individuos colocados en situaciones de clase se constituyan en clase es necesario que luchen como una clase, esto es, que hagan la experiencia de antagonismo con otras clases. En síntesis, una clase no es una cosa o un ente estático sino una relación social y al mismo tiempo un agregado político y social que se constituye a través de procesos históricos contingentes y específicos.

Las consecuencias políticas de esta aproximación teórica son enormes. Si la clase es el resultado dinámico, variable y contingente de un proceso histórico de autoconstitución a través de la lucha, uno de los peores errores políticos que se pueden cometer es el de imponer a la historia modelos abstractos preparados para determinar qué luchas de clases cuentan y cuáles no. El peligro es el regodeo nostálgico en las formas y las experiencias del pasado (o de la mera imaginación) antes que reconocer los procesos de subjetivación de clase que está teniendo lugar delante de nuestros ojos.

 

La nueva clase: feminista, antirracista e internacionalista

La lógica de los “movimientos paralelos” que señala Lise Vogel (2013: 139) ha caracterizado la mayor parte de las teorizaciones y las estrategias políticas en la historia del movimiento obrero: por un lado, la lucha de clases, por otro el movimiento feminista, el ecologista, el antirracista, por las libertades sexuales, etc. En el mejor de los casos, dentro de este planteamiento, la cuestión era como articular estos movimientos; en el peor, se ha acusado a los movimientos sectoriales de dividir la unidad de la clase, de expresar tendencias liberales o de distraer la atención de la cuestión verdaderamente central: la explotación. Frecuentemente se ha procedido a jerarquizarlas en base a un presunto orden de importancia.

La nueva ola feminista ofrece la oportunidad de superar el impasse de este planteamiento al difuminar los límites (reales e imaginarios) entre movimiento de clase y movimiento feminista. Volviendo a los ejemplos de Glasgow y de Google, la dificultad de responder a la pregunta inicial –¿lucha de clases o lucha feminista?– reside en el hecho de que la pregunta es fundamentalmente incorrecta. Estas huelgas, como la transnacional del 8 de marzo y, en particular, las huelgas en Argentina y España, son lucha de clases feminista.

El movimiento feminista se está configurando como un proceso de formación de una subjetividad de clase con características específicas: directamente antineoliberal, internacionalista, antirracista, obviamente feminista y tendencialmente anticapitalista, con tensiones en relación a las instituciones tradicionales de la izquierda y con sus prácticas. Y, si se considera el movimiento en su conjunto, es precisamente este aspecto el que representa su mayor novedad y el que encarna las potencialidades más interesantes.

Cuando se habla de sus potencialidades es necesario también hacerlo del riesgo de fracaso, de las condiciones necesarias, del trabajo a desarrollar y de las estrategias a seguir para que esta potencia se realice. Para ello, el movimiento necesita reflexionar sobre sí mismo y pensar estratégicamente al mismo nivel en el que se ha colocado con su propia práctica: una contestación antisistémica a nivel global.

Entre las cuestiones centrales que el movimiento feminista deberá discutir y afrontar en el próximo período están la consolidación de las formas de lucha compartidas tales como la huelga, la sedimentación organizativa a nivel nacional e internacional y la universalización del movimiento feminista mediante su extensión transversal (por usar el término de Verónica Gago) a toda la sociedad.

 

Cinzia Arruzza es profesora universitaria e impulsora del Paro Internacional de Mujeres en Estados Unidos. Es autora de Las Sin Parte: Matrimonios y Divorcios entre feminismo y marxismo y coautora de Dos siglos de feminismos

 

Traducción: Carlos Sevilla Alonso

 

Publicado originalmente en Viento Sur:

 https://vientosur.info/spip.php?article14499

 

Referencias

 

Bensaïd, D. (2007) Marx l’intempestivo. Grandezze e miserie di un’avventura critica. Roma: Edizioni Alegre (edición en español, 2013: Marx intempestivo. Buenos Aires : Herramienta).

McNally, D. (2015) “The Dialectic of Unity and Difference in the Constitution of Wage-Labour: On Internal Relations and Working-Class Formation”, Capital & Class, 39, 1.

Meiksins Wood, E. (1982) “The Politics of Theory and the Concept of Class: E. P. Thompson and his Critics”, Studies in Political Economy, 9, 1, pp. 45-75.

Thompson, E. P. (1978) “Eighteenth-Century English Society: Class Struggle Without Class?”, Social History, 3, 2.

Vogel, L. (2013) Marxism and the Oppression of Women, Toward a Unitary Theory. Chicago: Haymarket Books.

1 Una recopilación de pasajes sobre el término clase en los escritos de Marx y las tensiones entre las distintas definiciones se puede encontrar en Bertell Ollman, “Marx’s Use of ‘Class’” en el enlace https://www.nyu.edu/projects/ollman/docs/class.php.

2 A este respecto ver también, D. Camfield (2004-2005) “Re-Orienting Class Analysis: Working Classes as Historical Formations”, Science & Society, 68, 4 pp. 421-446.

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